Por: Bache3000
La noche del 31 de diciembre, en pleno centro de San Carlos de Bariloche, sobre la calle Beschtedt, se escucharon los disparos. No eran pirotecnia. Eran tiros de escopeta disparados al aire por integrantes del Servicio Penitenciario que festejaban el Año Nuevo desde el techo de la Unidad Penal 3. Mientras las familias brindaban en sus casas, mientras los niños miraban fuegos artificiales, balas reales caían sobre la ciudad. Y todo quedó registrado en un video que un vecino de la zona, seguidor de Bache3000, grabó mientras el hecho sucedía.
Las imágenes no dejan lugar a dudas. Se ven los fogonazos de los disparos en el techo del penal, se escuchan las detonaciones, se distingue perfectamente el momento en que disparan hacia el cielo. No es una suposición, no es un rumor de redes sociales. Es un video que documenta, segundo a segundo, cómo agentes del Estado pusieron en riesgo la vida de toda la población de Bariloche.
La escena no es nueva. Cada fin de año se repite en distintos puntos del país. Y cada año, las consecuencias son las mismas: personas muertas por balas perdidas, familias destrozadas, impunidad absoluta. Porque lo que muchos ignoran es que una bala disparada al aire no se evapora en el cielo. Sube, frena, y vuelve a caer. A veces a kilómetros de distancia. Y cuando cae, lo hace con suficiente velocidad para atravesar un cráneo, para matar a un niño que juega en su patio, para terminar con la vida de alguien que simplemente estaba en el lugar equivocado.
En Argentina hay registros de muertes por esta causa en cada celebración masiva. En Capital Federal, en Rosario, en Córdoba, en el Conurbano. Personas que murieron sin haber sido el objetivo de nadie, víctimas de la irresponsabilidad criminal de quienes festejan disparando al aire. Y en Bariloche, esta noche, fueron policías penitenciarios los que decidieron poner en riesgo a toda la población. Y esta vez, quedó todo filmado.
Lo grave no es solo el acto en sí, sino quiénes lo cometen. No son civiles desinformados. Son agentes del Estado, uniformados, con entrenamiento en el uso de armas de fuego, que conocen perfectamente el riesgo que implica disparar al aire. Son las mismas personas que deberían garantizar la seguridad pública, las que tienen la responsabilidad de custodiar a los detenidos, las que manejan armas reglamentarias pagadas con impuestos de todos los rionegrinos. Y en lugar de cumplir su función, la noche del 31 decidieron convertir el techo de un penal en un campo de tiro festivo.
La Unidad Penal 3 está en pleno casco urbano de Bariloche, rodeada de viviendas, de comercios, de familias. Cada bala disparada al aire desde ese techo cayó en algún punto de la ciudad. Quizás en un patio, quizás en una calle, quizás rozó una ventana. Esta vez no hubo muertos. Pero es solo cuestión de suerte. Porque la física no negocia: lo que sube, baja. Y una bala de escopeta que cae desde cien metros de altura puede matar.