Por: Bache3000
Digamos: el jueves por la mañana Estados Unidos bombardeó Venezuela y la política rionegrina no dijo mucho, o dijo casi nada. Ese tipo de nada que es, en realidad, una forma muy argentina de decir algo sin decirlo, de estar sin estar, de opinar callando.
Digamos: que el silencio también es una posición política, que no hablar cuando el país más poderoso del mundo bombardea a un vecino continental es una forma de hablar, de tomar partido, de definirse. Pero que la mayoría de los políticos rionegrinos eligieron ese camino, el del mutismo estratégico, el de esperar a ver qué dice el resto antes de jugarse. Como si Venezuela quedara en otro planeta, como si América Latina no compartiera un continente con la potencia que acaba de reactivar su manual de intervenciones, como si todo esto no nos concerniera.
Pero algunos sí hablaron.
Y en lo que dijeron —y sobre todo en cómo lo dijeron— se puede leer el mapa completo de cómo la política argentina lee este momento. O mejor: cómo no logra leerlo.
Juan Martín, legislador rionegrino, fue el más entusiasta. "La detención de Nicolás Maduro es una gran noticia y el primer paso hacia la recuperación de la democracia en Venezuela", tuiteó. "Hoy más que nunca, apoyamos a un pueblo que no se cansa de luchar por su libertad".
Digamos: que la frase suena bien. Que tiene todo lo que tiene que tener un tuit políticamente correcto en tiempos de bombardeos: democracia, libertad, apoyo al pueblo. Que es el tipo de declaración que no molesta a nadie, que se puede republicar sin problemas, que cumple con el expediente de opinar sin decir demasiado.
Nadie niega que Venezuela era un dictadura. O muy pocos, en veredad. Pero eso no debe tapar ciertos factos.
Que no menciona los bombardeos.
Que no menciona la intervención militar.
Que no menciona que Estados Unidos acaba de invadir un país soberano.
Que habla de "detención" como si Maduro se hubiera entregado voluntariamente en una comisaría, como si esto fuera un procedimiento judicial normal y no el resultado de una operación militar que dejó Caracas bombardeada. Como si las palabras pudieran cambiar la naturaleza de las cosas, como si llamarle "detención" a una invasión la volviera menos invasión.
Miguel Ángel Pichetto eligió otro camino. Fue el primero en tomar posición pública, temprano, cuando todavía no se sabía bien qué había pasado, cuando las imágenes empezaban a circular por las redes y todo el mundo tuiteaba pero nadie sabía qué decir.
"Es necesario comprender el evento como un nuevo orden, que no puede ser analizado con la visión ideológica de los setenta del siglo pasado", escribió en X.
Digamos: que la frase es contundente. Que suena a esas cosas que dicen los políticos cuando quieren clausurar una discusión, cuando quieren marcar que hay un antes y un después, que las viejas reglas ya no sirven. Que Pichetto está diciendo: dejen de pensar esto en términos de imperialismo y antiimperialismo, porque esas categorías ya no explican el mundo.
Y siguió: Argentina está inserta en occidente y en América, tiene que fortalecer alianzas, defender su soberanía. Y después vino lo importante, lo que realmente quería decir: "Hay que defender nuestra producción, nuestra industria y proteger nuestro trabajo. Anteponer el interés nacional y protegerse de la importación indiscriminada aplicando medidas antidumping, especialmente frente a productos chinos".
China.
Ahí está la clave de lectura de Pichetto: esto no es sobre Venezuela, esto es sobre la disputa entre Estados Unidos y China por zonas de influencia y recursos estratégicos. Y Argentina tiene que posicionarse no desde la moral o la ideología, sino desde el interés nacional. Proteger la industria, defender el trabajo, administrar el comercio.
Es el pragmatismo político en estado puro. El mundo cambió, dice Pichetto, y hay que entenderlo así: sin romanticismos, sin consignas viejas, sin categorías que ya no explican nada.
Pedro Pesatti, el vicegobernador, escribió un texto largo, reflexivo, de esos que parecen pensados para ser leídos más que para viralizarse. Empezó diciendo lo que había que decir: "La mayor reserva de petróleo del mundo. Todo lo demás es accesorio".
Ahí está todo.
Pesatti no se anduvo con vueltas: Estados Unidos intervino porque Venezuela tiene la mayor reserva de petróleo del planeta y porque no puede permitir que China controle ese recurso estratégico. El régimen de Maduro —"indefendible desde cualquier perspectiva democrática, institucional o social"— fue la coartada perfecta. Le permitió a Trump construir una justificación moral para legitimar decisiones que solo tienen lógica en su disputa con China.
Digamos: que Pesatti coincide con Pichetto en el diagnóstico. Ambos entienden que esto es una disputa geopolítica por recursos, no una cruzada democrática. Pero difieren radicalmente en las conclusiones.
Porque Pesatti fue más allá del pragmatismo. Se atrevió a decir algo que pocos se animan: "Resulta inconcebible que el país más poderoso de la Tierra, con el que compartimos el continente, reactive en pleno siglo XXI la Doctrina Monroe para vincularse con América Latina a través de la guerra".
La Doctrina Monroe: esa política exterior norteamericana del siglo XIX que básicamente decía "América para los americanos" pero que en realidad significaba "América para los estadounidenses". Que justificó décadas de intervenciones militares, golpes de estado, invasiones. Que pensábamos que había quedado en el pasado, en los manuales de historia.
Que volvió.
Y Pesatti escribió también que cuando se vulnera el principio de autodeterminación de los pueblos —aunque sea bajo discursos pretendidamente civilizatorios o humanitarios— lo que se erosiona es la legitimidad misma del sistema internacional. "Y esa erosión, tarde o temprano, termina alcanzándonos a todos, afectando la paz mundial y el diario vivir de cada ciudadano".
Digamos: que acá está la diferencia crucial entre Pichetto y Pesatti. Ambos ven lo mismo: una disputa por petróleo entre potencias. Pero Pichetto dice: así son las cosas, hay que adaptarse. Y Pesatti dice: si normalizamos esto hoy, mañana nos puede pasar a nosotros. Porque Argentina también tiene recursos estratégicos, también tiene posición geográfica valiosa, también puede convertirse en objeto de disputa.
Alejo Ramos Mejía republicó el comunicado del Frente Renovador sin agregar palabra propia. El texto que eligió compartir tiene un título en mayúsculas: "LA DEMOCRACIA NO SE IMPONE POR LA FUERZA". Y desarrolla una posición intermedia, equilibrada, que intenta ocupar un espacio entre el entusiasmo de Juan Martín y la denuncia de Pesatti.
El Frente Renovador rechaza "de manera categórica cualquier invasión o intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela". Pero inmediatamente aclara que el gobierno de Maduro estaba "totalmente agotado", que era "violador de derechos humanos y antidemocrático". Que ninguna irregularidad institucional puede ser utilizada como justificación para una invasión. Que la decisión de Trump constituye "narcoterrorismo" y "unilateralismo" que desconoce los controles institucionales.
Y concluye: "El futuro de Venezuela debe ser decidido por los venezolanos, sin injerencias externas y con plenas garantías democráticas".
Digamos: que es una posición cómoda, políticamente hablando. Te permite condenar a Maduro sin quedar pegado a él, y al mismo tiempo rechazar la intervención norteamericana sin sonar demasiado antiimperialista. Es la vía del medio, la que no incomoda a nadie, la que te deja bien parado en cualquier escenario futuro.
Que Ramos Mejía la republicó sin agregar análisis propio, cumpliendo con el gesto político de tomar posición pero sin exponerse demasiado.
El Partido Justicialista nacional publicó su comunicado de repudio: "Condenamos los bombardeos de Estados Unidos en Venezuela, que constituyen una amenaza para toda la región y violan la Carta de Naciones Unidas". Principios de no intervención, solución pacífica de conflictos, América Latina territorio de paz.
Son las frases de siempre, las que suenan bien para un espectro de público. Ahora bien, no sirve para entender lo que está pasando y por qué.
José Luis Berros y Martín Soria, dirigentes del PJ rionegrino, repostearon el comunicado del Partido Justicialista. Sin agregar nada propio, sin sumar análisis, sin decir qué piensan ellos más allá de la línea partidaria.
Y después: nada.
Nadie más dijo nada.
Pero hay algo que ninguno de estos comunicados logra procesar del todo, algo que queda flotando en el aire sin terminar de articularse: ¿qué significa todo esto para Argentina?