lunes 05 de enero de 2026 - Edición Nº326

Yo no lo voté | 4 ene 2026

POR QUÉ VENEZUELA

Claves de un conflicto: EEUU vs China, y el fin de un mundo que creíamos conocer

A veces uno no sabe bien cuándo empezaron las cosas. Cuándo fue exactamente que el mundo cambió, cuándo dejó de ser el que conocíamos para convertirse en otro. Hay fechas, claro: la invasión a Ucrania por parte de Rusia, el documento de defensa y seguridad nacional que Estados Unidos publicó hace tres semanas. Pero las fechas son solo marcas en el calendario, puntos en una línea. Lo que importa es el momento en que uno entiende —o no entiende— que las reglas cambiaron.


Por: Roberto Díaz

El sábado por la mañana Estados Unidos bombardeó Venezuela. Y lo que pasó después no fue tanto el bombardeo mismo sino la forma en que todos intentamos procesarlo, explicarlo, ubicarlo en alguna categoría que nos resultara familiar. Como si el mundo todavía funcionara con las mismas lógicas de antes.

Pero ya no funciona así.

Digamos que hace tres semanas Estados Unidos publicó un documento que nadie leyó pero que todos deberían haber leído. Un documento que dice, básicamente, que la globalización terminó. Que empezó un nuevo orden internacional. Que el derecho internacional que regía durante la globalización ya no existe.

Suena abstracto, lejano. Pero no lo es.

Porque hay dos formas de entender el derecho. Están los que piensan que el derecho es la construcción legal del status quo: las reglas que rigen el mundo tal como está. Y están los que piensan que el derecho es lo que construye cada orden (de poder) cuando se institucionaliza.

La globalización tenía un derecho. Ese derecho se terminó. Y lo que vino después es esto: un mundo donde cada potencia define sus zonas de influencia por la fuerza, donde las instituciones internacionales son apenas decorado, donde lo que importa es el poder y los recursos estratégicos.

La primera acción de este nuevo orden fue Rusia invadiendo Ucrania. La segunda, Estados Unidos bombardeando Venezuela.

Y la pregunta que nadie sabe responder es: ¿qué sigue?

 

Venezuela tiene la mayor reserva de petróleo del mundo. Eso es lo único que importa. Todo lo demás —la democracia, los derechos humanos, el sufrimiento del pueblo venezolano— es retórica, es la coartada moral que permite justificar lo que ya estaba decidido. Lo mismo pasa al revés: a EEUU no le importa si Maduro es dictador o no. Ha apoyado cosas peores a lo largo de la historia.

Estados Unidos no intervino para salvar a Venezuela de la dictadura de Maduro. Intervino porque no puede permitir que China controle ese petróleo. Porque en este nuevo orden internacional, el que controla los recursos energéticos controla el futuro. Y China lleva años posicionándose en América Latina, comprando deuda, financiando infraestructura, asegurándose acceso a recursos.

Trump decidió que eso se terminaba.

Y lo hizo de la forma más contundente posible: con bombardeos, con invasión militar, con la captura de Maduro. Como diciendo: esta es mi zona de influencia, y el que no lo entienda que se prepare para lo que sigue.

 

Uno podría analizar esto con las categorías del pasado. Hablar de imperialismo, de antiimperialismo, de soberanía nacional, de autodeterminación de los pueblos. Podría citar la Carta de las Naciones Unidas, invocar el derecho internacional, denunciar la violación de las normas que supuestamente rigen las relaciones entre países.

Pero esas categorías ya no explican el mundo.

O mejor: explican el mundo que fue, no el mundo que es.

Porque lo que pasó el sábado no fue una anomalía ni una excepción. Fue la regla. Fue la primera aplicación concreta, en América Latina, de ese documento que Estados Unidos publicó hace tres semanas. Ese documento que dice: la globalización terminó, empieza un nuevo orden, y en ese nuevo orden nosotros definimos qué pasa en nuestro hemisferio.

La Doctrina Monroe volvió. Pero esta vez con bombas, no con palabras.

 

Y Argentina, ¿qué hace con todo esto?

Porque uno puede quedarse discutiendo si está bien o está mal, si esto viola el derecho internacional, si Trump es un criminal de guerra. Puede escribir comunicados de repudio, puede invocar principios, puede gritar que la democracia no se impone por la fuerza.

Todo eso está bien. Todo eso es necesario, incluso.

Pero no cambia nada.

Porque el mundo siguió adelante mientras nosotros discutíamos. El nuevo orden se está escribiendo en tiempo real, y Argentina tiene que decidir dónde se ubica en ese tablero.

No desde la ideología. No desde la moral. Desde el interés nacional. Desde su propio interés.

 

Pensemos en Argentina en este juego geopolítico. Un país con parte de su superficie territorial y marítima usurpada por los ingleses en Malvinas. Con Chile que cada tanto insiste en rediscutir la Patagonia (propuesta hecha, incluso, por el nuevo presidente Kast) —porque cuando la perdieron estaban en guerra con Perú y Bolivia, y esa historia no se olvida, vuelve—. Con presencia estratégica en la Antártida. Con recursos naturales que cualquier potencia quisiera controlar.

Y ahora pensemos en este nuevo orden internacional. Donde las potencias definen sus zonas de influencia por la fuerza. Donde el derecho internacional es opcional. Donde lo que importa es el poder militar y económico.

¿Qué posibilidades tiene Argentina en ese mundo?

Si no entiende las reglas del juego, si sigue analizando todo con categorías del pasado, si no se posiciona estratégicamente, puede terminar como Ucrania. 

Zelenski no entendió lo que pasaba en el mundo. Creyó que Occidente lo iba a defender, que las instituciones internacionales iban a funcionar, que el derecho internacional significaba algo. Y perdió el país.

La lección es clara: en este nuevo orden, o entendés cómo funciona el mundo o el mundo te pasa por encima.

 

China administra su comercio. Pone aranceles cuando le conviene, protege su mercado, defiende su industria. Estados Unidos hace lo mismo. Rusia también. Todas las potencias del mundo protegen su producción, su trabajo, sus recursos.

Argentina, mientras tanto, está haciendo exactamente lo contrario.

Milei abre la economía indiscriminadamente. Destruye la industria nacional. Importa todo. Deja que destruyan el mercado interno, que desaparezcan las fábricas, que se pierdan los trabajos.

En un mundo donde todos se cierran, Argentina se abre.

En un mundo donde todos protegen, Argentina desprotege.

Los principales pensadores de este tiempo, señalan y vaticinan que si algo queda claro de este nuevo orden internacional es que los países que van a sobrevivir son los que protegen su industria, administran su comercio, defienden sus recursos.

Si hoy aceptamos que Estados Unidos puede bombardear Venezuela porque tiene petróleo, mañana vamos a aceptar que cualquier potencia puede hacer lo mismo en cualquier territorio. Y esto va más allá de Maduro dictador o no. No se puede naturalizar la invasión como forma de resolución de conflictos. Vamos a volver a un mundo donde el derecho no importa, donde lo único que importa es el poder militar.

Y ese mundo es peligroso para todos. Pero especialmente para países como Argentina, que tienen recursos estratégicos pero no tienen poder militar para defenderlos.

Porque si normalizamos que las potencias pueden invadir países para controlar recursos, ¿qué impide que mañana alguien decida que necesita el litio de Jujuy? ¿O el agua de la Patagonia? ¿O las reservas pesqueras del Atlántico Sur?

No es paranoia. Es lógica.

Y Argentina, definitivamente, entra en esa categoría.

No hay respuestas fáciles. No hay opciones sin costos. Aliarse con EEUU tiene sus costos, y con China, ni hablar (aliarse con el enemigo de quien est´pa marcando la cancha en su patio trasero).

Pero la peor opción de todas es no elegir. Es seguir haciendo como si el mundo no hubiera cambiado, como si las viejas reglas todavía funcionaran, como si pudiéramos seguir navegando sin rumbo mientras el mundo se reorganiza alrededor nuestro.

Porque si no lo hacemos nosotros, alguien lo va a hacer por nosotros.

Y ese alguien no va a tener en cuenta nuestros intereses.

Solo los suyos.

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