Por: Bache3000
Lo invitaron. Fue esa la palabra precisa, aunque ahora, en el silencio torpe que le dejaron las amenazas, la palabra suena a hueco, a equivocación. Lo invitaron, desde un sindicato, a cubrir la reunión intersindical. “Vení”, le dijeron, “acá se va a hablar de lo nuestro, de defender a los trabajadores”. Y él fue. Cruzó la ciudad para llegar a una sala donde, generalmente, no va nadie a cubrir nada. Ese era, quizás, el primer dato: la noticia existía porque alguien, por una vez, decidió que un periodista la viera nacer.
Él fue a trabajar. Con libreta y el teléfono que es libreta, cámaray grabadora también. A registrar cómo las organizaciones que dicen defender a los trabajadores debaten cómo defender, precisamente, a los trabajadores. Un axioma. Un círculo que debería ser virtuoso. Pero la geometría de estos tiempos es otra.
No supo en qué momento la defensa mutua se torció hacia el ataque. Hacia él. El trabajador de la palabra invitado, que estaba ahí para trabajar. No hubo un “che, ahora vamos a charlar cosas internas, te damos un resumen después”. Esa fórmula simple, civilizada, que todos conocen. No. Hubo mala cara, hubo señalamientos bruscos, hubo ese tono que no es de negociación sino de expulsión. La amenaza velada, la hostilidad como argumento.
Y lo peor, es que la persona que realizó la invitación, no dijo nada.
Y entonces uno piensa: si no tenían clara la pauta, si querían una reunión a puerta cerrada, el problema no era el periodista. El problema era la invitación. El problema es la opacidad convertida en reflejo, en primera y única reacción.
Vivimos días en que los sindicatos navegan a la deriva en la desconfianza de mucha gente, incluso de sus propias bases. Se habla de aislamiento, de una cúpula que no escucha. Y uno quiere, a veces, creer que es un relato exagerado. Pero luego ves esto: la paranoia que transforma a un aliado potencial –un tipo que fue, solo, a cubrir su reunión– en un enemigo. Lo aíslan ellos mismos. Se aislan solos.
El periodista de Bache300 se fue, claro. No se discute con los modos bajos. Pero se llevó otra nota, la que no quería escribir. La que habla de los gestos pequeños y mezquinos, de la torpeza que opaca la lucha grande. Se suponía que iba a contar la unidad, la estrategia, el reclamo justo. Termina contando el portazo.
Y así, una vez más, en lugar de hablar de los trabajadores, hablamos de los que dicen representarlos. Y de cómo, a veces, la representación es solo un salón vacío donde echar a patadas al único testigo.