Por: Bache3000
A veces las cosas suceden de una manera que parece imposible de creer, pero después están las fotos, está la tomografía, está el maxilar fracturado, está la sordera de un oído. Franco Maximiliano tiene treinta y tantos años y ahora tiene también las marcas en el cuerpo de lo que sucede cuando cuatro policías deciden que un calabozo no es suficiente castigo.
El martes por la noche, Franco fue detenido tras un altercado con un efectivo policial en la intersección de Pasaje Gutiérrez y La Paz. Minutos antes, un vehículo chileno había atropellado y matado a su perro, y cuando el conductor intentó darse a la fuga, Franco corrió detrás y golpeó el espejo retrovisor del auto. Un policía uniformado lo empujó y lo invitó a pelear, Franco aceptó la provocación y terminó detenido. Lo esposaron y lo subieron a un patrullero. Lo que vino después no está en ningún protocolo policial.
Durante el trayecto hasta la Comisaría 28, los efectivos comenzaron a golpearlo. "¿Te gusta pegar a los policías?", le decían mientras le propinaban piñas. Franco iba con las manos esposadas atrás, sin posibilidad de defenderse. El otro policía le adelantó: "Y ahora no sabés lo que te espera cuando lleguemos".
Las imágenes que Franco conserva lo dicen todo. Existe un video que circuló donde se ve su rostro antes de ingresar a la comisaría, prácticamente sin marcas, y después están las fotos que se sacó al salir. La diferencia es brutal y constituye la prueba material de lo que sucedió adentro. Hematomas extensos en todo el rostro, hinchazón severa, los ojos casi cerrados por los golpes, equimosis múltiples, el labio partido.
Cuando llegaron a la Comisaría 28, lo bajaron del patrullero y lo metieron a la fuerza. Franco espera que existan las grabaciones de las cámaras de seguridad del ingreso, porque ahí quedó registrado cómo entró y cómo salió. Un excomisario le explicó después que esas cámaras tienen una duración limitada de veinticuatro o cuarenta y ocho horas, algo que le parece inadmisible considerando lo que sucedió.
Lo que vino después quedó fuera del alcance de cualquier cámara. Los efectivos lo arrastraron hasta el baño de la comisaría, un lugar donde no hay vigilancia. Ahí, en ese espacio sin testigos electrónicos, cuatro policías comenzaron a golpearlo sistemáticamente. Tres habían llegado con él en el patrullero y se sumó un cuarto que estaba en la comisaría. Franco estaba en el piso, esposado, completamente indefenso. Le pegaron piñas en la cara con mucha fuerza, le patearon las costillas, le golpearon todo el cuerpo. En medio de esa golpiza le fracturaron el maxilar.
Pararon y lo dejaron tirado en el baño. Franco quedó ahí, esposado, con la cara destrozada, sin poder moverse. Pasaron aproximadamente veinte minutos hasta que apareció una doctora. Cuando la médica le vio el rostro dijo inmediatamente: "Este chico tiene que ir al hospital". Le preguntó dónde le habían hecho eso. Franco le respondió con claridad: "Acá, en la comisaría". La doctora anotó algo en su informe, pero los policías no hicieron nada. Lo metieron al calabozo con las lesiones en su cuerpo.
Franco comenzó a darse cuenta de que no escuchaba del oído derecho. Insistió varias veces al encargado del calabozo que necesitaba atención médica, que algo estaba muy mal. Recién cerca de las dos de la mañana lo sacaron para llevarlo al Hospital Zonal. En el trayecto, el policía que lo custodiaba le dijo: "Yo no te hubiese dejado dormir y te seguiría dando".
En el Hospital Zonal, la técnica de rayos que lo atendió lo miró y dijo: "Este muchacho va directo al tomógrafo". No pidió radiografías simples, pidió una tomografía con contraste porque la cara la tenía demasiado hinchada. El resultado confirmó lo que Franco ya sabía por el dolor: tenía el maxilar fracturado. El informe médico es contundente en su descripción técnica de la violencia sufrida.
La tomografía de cerebro y macizo facial realizada en el Hospital Zonal Bariloche el 14 de enero detectó un "extenso hematoma subgaleal extracraneal frontoparietal izquierdo", una "fractura apófisis frontal del maxilar superior izquierdo con edema circundante", y "senos maxilares y celdillas etmoidales con ocupación mucosa". El informe también consigna que no hay evidencia de sangrado intraparenquimatoso ni extraaxial, y que la línea media está centrada. Es el lenguaje clínico para describir una golpiza.
Franco intentó que le entregaran el resultado de la tomografía pero se lo negaron. Tuvo que insistir al menos para poder sacarle una foto con su celular, porque sabía que ese papel era la única prueba objetiva de lo que le habían hecho. Después lo devolvieron a la Comisaría 28 y lo tuvieron detenido hasta las once de la mañana del día siguiente.
Ahora Franco tiene la cara deformada por la hinchazón y los hematomas. No puede masticar porque el maxilar fracturado le provoca un dolor insoportable. Cada vez que habla siente punzadas que le atraviesan todo el rostro. Perdió la audición del oído derecho y no sabe si es por la inflamación de los golpes o si el daño es permanente. Las fotos de su rostro muestran equimosis periorbitales bilaterales, hematomas en la frente, hinchazón facial generalizada, laceración en el labio superior. Su cara quedó convertida en un mapa de la violencia policial.
Franco radicó la denuncia en la Fiscalía N°3 de Bariloche adjuntando toda la documentación médica: las fotos de su rostro antes y después, la tomografía con contraste, el informe del Hospital Zonal. La causa está en marcha, pero Franco sabe que el sistema judicial argentino es lento y que casos de violencia institucional suelen diluirse o archivarse.
Un excomisario con el que Franco habló después del episodio le explicó cuál debería haber sido el procedimiento correcto. La tarea de la policía es reducir a la persona, incluso puede haber forcejeo y algún golpe en ese momento si hay resistencia, pero una vez que te reducen, te encierran y punto. No hay ningún protocolo que autorice lo que sucedió en el baño de la Comisaría 28. Cuatro efectivos golpeando a un hombre esposado en el piso no es un procedimiento policial, es una sesión de tortura.
Franco reconoce que su accionar en la calle estuvo mal, que no debió aceptar la provocación del policía uniformado que lo invitó a pelear después de que un auto chileno atropellara y matara a su perro que se había escapado de su casa. El animal, que nunca salía porque no sabía cruzar la calle, quedó destrozado en la esquina con un ojo afuera, la cola cortada y una pata quebrada. Cuando Franco vio que el vehículo responsable se daba a la fuga, corrió detrás y golpeó el espejo retrovisor. Ese fue el origen del conflicto que terminó en detención. Pero lo que sucedió después en la comisaría no guarda ninguna proporción con lo que había pasado en la calle.
Las imágenes de su rostro destruido, la tomografía que certifica la fractura del maxilar, el informe médico que describe el extenso hematoma subgaleal, la pérdida auditiva del oído derecho, no son abstracciones jurídicas ni exageraciones de una víctima. Son la prueba documentada de que esa noche, en la Comisaría 28, cuatro policías decidieron que ellos eran la ley, el juez y el verdugo. Eligieron el baño porque ahí no hay cámaras. Eligieron golpearlo con saña porque estaba esposado. Eligieron el castigo corporal en vez de la justicia. Y ahora Franco tiene un maxilar fracturado, un oído sordo y las marcas en la cara para probarlo.
