Por: Bache3000
En el Hogar de Cristo del barrio Unión, la contención no pasa por encierros sino por la confianza que construyen día a día los operadores con los residentes. Walter, uno de los responsables del espacio, explica que el lugar funciona "para recibir a los chicos que están en situación de conflictos con la ley y recibimos los abordajes de consumos problemáticos".
Muchos de ellos llegan atravesados por historias de abuso, maltrato y bullying que los llevaron a refugiarse en las sustancias. El método de trabajo se estructura en cinco umbrales que los residentes van atravesando a medida que avanzan en su recuperación. El primer escalón tiene que ver con recuperar el orden básico de la vida cotidiana que el consumo desordena por completo.
"Nuestro primer umbral es el orden de los pibes, tienen un horario para levantarse, tienen que higienizarse, su pieza limpia, su cama ordenada", detalla Walter, y agrega que se trata de "un orden interno de ellos que lo pierden a medida que van transitando un poco la problemática del consumo que lo desordena totalmente". Ese proceso inicial demora entre dos y tres meses, un tiempo en el que los operadores observan si la persona logra sostener esa estructura mínima antes de avanzar hacia las heridas más profundas.
(Walter, operador del Hogar de Cristo)
Cuando ese primer umbral se consolida, el trabajo se vuelve más complejo. "Ya empezamos más del lado de la herida o del vacío que ellos tienen por la problemática que muchas veces arrastra abusos, maltrato, bullying, temas que llevan a que se sienta una autoestima baja que lo vayan tapando un poco con el consumo", explica Walter. El operador describe ese proceso como descubrir al herido que cada residente lleva adentro y ayudarlo a soltar esa carga, a elaborarla, porque "la enfermedad se muda a la persona" y la va aislando hasta dejarla en un lugar oscuro donde siente que perdió todo.
La modalidad de puertas abiertas es deliberada y constituye parte central del tratamiento. "Nosotros acá no tenemos un lugar cerrado, el lugar está abierto como viste, entonces nosotros acá los pibes podemos mandarlo a comprar, podemos mandarlo siempre a través de la confianza", sostiene Walter. Si aparece una recaída, si hay un consumo, el trabajo se intensifica y pueden aplicar lo que llaman un remiendo, que implica quedarse en la casa durante uno o dos meses sin salir. "Nosotros le decimos, no como un castigo, sino como un remiendo ante la situación de lo que hacen", aclara, remarcando que se trata de "cambiar algunas definiciones que nos ayudan a veces a las personas".
(Bandera del Hogar de Cristo)
El Hogar de Cristo nace vinculado a la Iglesia Católica y las hermanas Salesianas acompañan esta comunidad terapéutica. "Hoy en día tenemos 370 casas de hogares de Cristo en todo el país", señala con orgullo.
El de Bariloche lleva un año y dos meses de funcionamiento. Actualmente alberga a ocho residentes aunque "tenemos una demanda impresionante de chicos que quieren venir". Walter cuenta que trabajan desde la entrevista inicial porque muchas veces llega la desesperación de un padre o una madre que no puede sostener más la situación del hijo, pero si el adicto no está pidiendo ayuda por sí mismo, la internación no funciona. "Muchas veces viene la necesidad de ese padre o de esa madre que necesita internarlo porque ve el problema en el hijo, pero muchas veces el hijo no es el que encara esa internación", explica, y remarca que lo que buscan es "la necesidad de ese adicto que quiera dejar de ayudarse, que sea él el que nos pida la ayuda, que diga llegué a un fondo, necesito, ya perdí mi familia".
El fondo del que habla Walter es un lugar durísimo al que la enfermedad arrastra a muchos. "La problemática te va llevando, pierden la familia. No es que la pierden, ellos sienten que la pierden porque la misma enfermedad te va como aislando, alejando y te va dejando en un lugar oscuro", describe con crudeza. El resultado es devastador porque la persona termina sintiendo que "ya no me quiere el vecino, ya no me quiere mi mamá", y ese aislamiento progresivo puede tener consecuencias fatales.
"Muchas veces o terminan suicidándose los chicos por sentir esa soledad o terminan pidiendo la ayuda", advierte Walter, que en los años que lleva trabajando ha perdido varios chicos con los que estuvo tratando la problemática y que después se quitaron la vida. "Se me han ahorcado, se me han suicidado y esas cosas y es terrible a lo que te lleva", confiesa con dolor.
(Uno de las piezas del Hogar de Cristo de barrio Unión)
El propio Walter arrastra historia de consumo y conoce desde adentro ese camino que lleva a sentir que perdiste todo. "Yo también arrastro enfermedad, también me llevó en un momento donde sentí que mi familia ya había perdido todo, y sin embargo, dándome cuenta y empezándome a recuperar, hoy en día tengo toda mi familia alrededor mío", cuenta. Por eso su trabajo en el Hogar de Cristo tiene algo de misión personal, de devolverle a otros la mano que alguien le tendió a él cuando tocó fondo.
"Acá abrazamos, contenemos, acompañamos, escuchamos, estamos a eso", resume, describiendo el espíritu de un lugar que ante la vulnerabilidad y la soledad que genera la enfermedad ha logrado construir "una familia, que es la familia del Hogar de Cristo".
El hogar se sostiene con muy poco apoyo estatal y funciona principalmente gracias a las donaciones semanales que recibe de Cáritas. Sin esos aportes, la casa no tendría cómo mantener a los residentes ni garantizar las condiciones básicas para que el tratamiento sea posible. Es una realidad que se repite en muchos espacios de este tipo, donde la voluntad y el compromiso de los operadores chocan con la falta de políticas públicas que sostengan estos dispositivos tan necesarios para quienes buscan salir de las adicciones y no encuentran lugar en el sistema de salud tradicional.