Por: Bache3000
La noche terminó como terminan estas historias cuando nadie interviene a tiempo, cuando las señales están ahí pero nadie las lee o nadie quiere leerlas. Habían vuelto juntos a la casa de ella, cerca de Santa Cruz y Onelli, después de una reunión que a él le había molestado, o que él había decidido que le molestaba, porque a veces los celos no necesitan razones, solo excusas. Ahí empezó la discusión, ahí empezaron los gritos, y ella hizo lo que tantas mujeres han hecho antes: le pidió que se fuera. Él salió, pero no se fue. En lugar de irse, le destrozó los vidrios del auto, uno por uno, con esa violencia metódica que ya no es rabia sino método, técnica, entrenamiento. Ella salió a ver el desastre y él se subió al auto destruido y arrancó hacia su casa, en Las Mutisias, y ella —y esto es importante, esto es lo que nadie entiende hasta que le pasa— lo siguió.
Lo que pasó después en esa casa es lo que siempre pasa cuando un hombre entrenado para usar la fuerza decide usarla contra una mujer. Le pegó. Le pegó hasta que ella, tratando de defenderse o de escapar, se cortó el brazo. Y entonces él la arrastró por el piso, porque ya no se trataba de celos ni de discusión sino de algo más primitivo y más terrible. Ella intentó defenderse como pudo —siempre dicen eso, "como pudo", como si hubiera un manual para defenderse de alguien que te supera en fuerza, en peso, en entrenamiento—, hasta que en algún momento, entre golpe y golpe, logró soltarse y salió corriendo a la calle. Corrió en la oscuridad de Las Mutisias mientras él la perseguía, y se escondió detrás del portón de una casa de desconocidos, conteniendo la respiración, escuchando los pasos de él buscándola.
Tiró una madera, desesperada, para llamar la atención. Un vecino salió, la vio, ella le contó lo mínimo necesario —esas frases entrecortadas que se dicen cuando todavía se está escapando— y el hombre la metió adentro de su casa. Solo entonces Darío Fernández, el efectivo policial, su pareja, el hombre que trabaja para el Estado y que se supone que debe atender casos de violencia intrafamiliar, se fue. Se fue porque ya no podía alcanzarla, no porque hubiera entendido algo.
La llevaron a la guardia del hospital. Le cosieron el brazo. Certificaron los golpes, uno por uno, como se certifica cualquier evidencia en una escena del crimen, porque eso era: una escena del crimen. Fuentes hospitalarias confirmaron las múltiples lesiones y el corte profundo en el brazo que requirió sutura. Al principio ella no quería hacer la denuncia. Tenía miedo, ese miedo que conocen todas las mujeres que han vivido esto, el miedo que no se explica con palabras sino con silencios. Pero después, quizás pensando en la mujer asesinada a puñaladas hace pocas semanas, quizás porque los psicólogos le dijeron que esta vez podía terminar peor, quizás porque algo adentro suyo se rompió definitivamente, decidió denunciar.
Fuentes judiciales informaron que se evaluó el caso y determinó lo que cualquiera con dos dedos de frente podría determinar: esta mujer está en peligro inminente. Llamaron a la institución policial de inmediato. Le quitaron el arma a Fernández. Le quitaron el chaleco antibalas. Fuentes policiales confirmaron el desarme preventivo del efectivo, que pertenece a la Policía de Río Negro de la zona rural. Por ahora solo hay denuncia civil, pero según indicaron desde la justicia, se está evaluando avanzar con una denuncia penal. Ella está rodeada de psicólogos, de familiares que intentan contenerla, como si la contención pudiera borrar las marcas del piso por el que la arrastraron o el terror de correr por las calles oscuras mientras el hombre que decía amarla la perseguía para seguir golpeándola.
Lo más grave, además de lo evidente, es que Darío Fernández ya tiene denuncias previas por violencia de género. Su ex pareja, la madre de sus hijos, ya había pasado por esto. Ya lo había denunciado. Fuentes judiciales confirmaron los antecedentes de violencia contra su pareja anterior, denuncias que quedaron archivadas mientras él seguía portando el uniforme y el arma. Y sin embargo ahí estaba él, con su placa, con su chaleco, atendiendo casos de violencia en la calle mientras en su casa repetía el mismo patrón.
Un testigo que presenció parte del episodio contactó a la policía esa misma noche, pero según confirmaron fuentes policiales, nunca llegaron al lugar. Ahora Fernández está desarmado, al menos temporalmente, y ella está viva, al menos por ahora. Eso es lo único que se puede decir con certeza: que esta vez, por un vecino que abrió la puerta, por una madera que sonó en el momento justo, por algo parecido a la suerte o a la gracia, ella sobrevivió.