Por: Bache3000 // producción Martín Pargade
Había algo extraño en ese sonido. Un silbido agudo, metálico, que cortó el aire de la calle como si el tiempo hubiera retrocedido de golpe. No era una alarma, no era un auto. Era Daniel, afilador, pedaleando despacio con su bicicleta cargada y su muela giratoria, anunciándose como lo han hecho los de su oficio durante más de un siglo.
En los años 50, 60, 70 y 80, ese sonido era parte del paisaje sonoro de cualquier barrio argentino. Los chicos salían corriendo a ver pasar la bicicleta, las amas de casa juntaban los cuchillos y las tijeras, y el afilador hacía su magia en la vereda mientras las chispas volaban y el filo volvía a nacer. Era un ritual tan cotidiano que nadie imaginó que algún día desaparecería.
Pero desapareció. O casi.
Daniel lleva dos meses en Bariloche, adonde llegó desde Moreno, en la provincia de Buenos Aires, continuando una travesía que ya pasó por La Pampa, Neuquén y Mendoza. Lo hace todos los meses: se va de casa con su bicicleta y recorre el país. Tiene señora y dos nenas que lo esperan, y confiesa que ya tiene ganas de volver. "Ya se va a hacer casi dos meses que andamos en la calle, pero mayormente salimos quince, veinte días y volvemos a casa", contó.
El oficio no lo heredó de familia propia sino de un gesto de generosidad. "Lo hago por parte del padre de un amigo, que bueno, ya está el muchacho, él era afilador y me enseñó el rubro y de ahí seguimos", explicó. Una cadena de transmisión oral y práctica, de mano en mano, que es exactamente como este tipo de saberes ha sobrevivido durante generaciones. "Ya se va perdiendo, esto viene de generaciones", reconoció él mismo, con la lucidez tranquila de quien sabe que porta algo frágil.
Bariloche lo trató bien. "La verdad, muy bien, muy buena la gente, y el hospedaje también muy bueno", dijo Daniel antes de anunciar que en estos días emprende el regreso a casa. Va a volver, aseguró. La gente lo recibió bien y eso, para un hombre que vive de la confianza que los vecinos depositan en sus manos y en su piedra, lo es todo.
Cuando se fue pedaleando despacio, el silbido volvió a sonar. Y por un momento, las calles de Bariloche tuvieron cincuenta años menos.