Por: Bache3000
Está bien. Lo entendemos. Las autoridades dijeron que hay que acostumbrarse. Que hay que convivir. Que el jabalí es parte de la nueva Bariloche, como los baches, como el agua que no llega, como el Verdetero, como el Transporte Público, como los funcionarios que tampoco llegan a nada.
Perfecto.
Si la montaña no se mueve, uno le clava un cuchillo y la mete al horno.
Bache3000, fiel a su misión de servicio público, ya que el Estado brilló por su ausencia, te presenta las 10 formas de cocinar un jabalí para que el problema —al menos una vez en esta ciudad maldita y hermosa— tenga una solución concreta, calórica, y con buena pinta.
(La caza es tema de otra nota. Hoy hablamos de cocina. Seamos civilizados. Por ahora.)
La forma más honesta de hacer las cosas. Palo, fuego, paciencia. Lo clavás entero, lo ponés frente a las brasas y esperás. Unas seis, ocho horas. Lo mismo que esperaste que el municipio arregle la calle. Solo que el jabalí sí sale bien al final.
Porque el jabalí merece dignidad, aunque él no te la haya dado cuando destrozó el jardín que tardaste tres años en armar. Lo cortás en trozos, lo sellás fuerte en la olla, lo cubrís con vino tinto —el bueno, no el que tomás solo en invierno— y lo dejás dos horas a fuego lento. Sale con una terneza que te hace olvidar que ese animal se comió tus tulipanes.
Para los que piensan en el futuro. Lo cocinás, lo metés en frascos esterilizados con aceite, vinagre, laurel, pimienta. Lo guardás en la alacena. Y cuando en alguna reunión alguien diga "pero pobrecitos los jabalíes", abrís el frasco y servís sin decir una palabra.
La modernidad llegó a Bariloche aunque el asfalto no. Lo cocinás a fuego muy bajo durante horas hasta que la carne se desarme sola. Lo metés en tortillas con cebolla morada, cilantro y salsa picante. Le sacás una foto. Lo subís a Instagram. Etiquetás al municipio. Ellos postean playas de Río Negro. Vos posteás proteína gratuita.
Bariloche tiene cerveza artesanal para tirar para arriba. Juntás la bondiola, la marinás toda la noche en cerveza oscura, ajo y romero, y la metés al horno cubierta durante tres horas. Sale tan buena que por un momento —solo un momento— agradecés que el bicho haya cruzado el cerco.
Los italianos colonizaron el mundo con la pasta. Vos colonizás la heladera con este ragú. Carne de jabalí picada o desmenuzada, tomate, cebolla, ajo, hierbas, fuego lento, una hora mínimo. Lo tirás arriba de unos tagliatelle y servís. El jabalí, que destruyó lo tuyo, ahora sostiene tu almuerzo del domingo. La vida tiene una poética brutal.
Porque este es un país serio en algunas cosas. Cortás bifes finitos, los pasás por huevo batido, pan rallado con ajo y perejil, y los freís hasta que queden dorados. Los servís con puré o ensalada. Les podés decir a los chicos que son milanesas de cerdo. No estarías del todo mintiendo. Si querés tirar la casa por la ventana, las hacés napo y explota el mundo.
Porque uno tiene que hacer las cosas con respeto regional. Papas, zanahoria, choclo, zapallo, caldo de verduras, y el jabalí cortado en cubos. Todo en la misma olla, todo a fuego lento, todo con viento sur golpeando la ventana. Es el plato que comerías si la vida fuera justa. Y hoy, excepcionalmente, lo es.
Lo picás fino —con procesadora o a cuchillo si te quedaste sin luz, que también pasa—, lo mezclás con cebolla, mostaza, sal, pimienta, un huevo. Formás las hamburguesas, las grillás fuerte. Las metés en un pan con todo. El jabalí, que llegó sin ser invitado, ahora es el plato principal. Justicia poética. Barata. Con mostaza.
Para los que no tienen tiempo ni paciencia. Los restos de cualquier preparación anterior, una sartén caliente, tres huevos, sal gruesa. Revolvés todo junto. Comés parado, mirando por la ventana, calculando cuántos más hay ahí afuera.
Muchos. Hay muchos más.
Pero al menos hoy desayunaste bien.
Las autoridades dijeron que hay que acostumbrarse. Nosotros decimos: hay que sazonar bien. Bon apetit.