Por: Bache3000
Hay parejas que se separan pero no pueden dejar de hablar. No porque se quieran, sino porque tienen hijos, deudas, una hipoteca, un perro. La política rionegrina, en su versión barilochense, se parece bastante a eso.
La alianza entre la provincia de Alberto Weretilneck y el municipio de Walter Cortés atravesó hace no tanto un huracán. El referéndum sacudió la relación, expuso grietas, tensó los egos y los intereses. Pero el huracán pasó, como pasan casi todos los huracanes, y hoy la alianza luce sólida otra vez. No porque hayan resuelto sus diferencias. Sino porque ninguno de los dos tiene muchas otras opciones.
No se quieren. Tampoco se confían demasiado. Pero están obligados a un destino común, y eso, en política como en la vida, termina siendo casi lo mismo que una alianza.
Hay una pregunta que nadie sabe responder con honestidad: ¿cuánto mide Cortés? Las encuestas dicen algo. Siempre dicen algo. El problema es que son las mismas encuestas que pronosticaron un triunfo holgado de Juntos en Bariloche, las mismas que aseguraban que el peronismo iba a aplastar a Milei, y después todos perdieron o ganaron al revés de lo que el mapa indicaba. El voto está fragmentado, es volátil, cambia de humor con rapidez. Nadie hoy puede predecir el futuro electoral con precisión, y el que diga que puede, miente o vende algo.
Esa incertidumbre es, paradójicamente, lo que mantiene unida a esta pareja extraña. Porque si alguien supiera con certeza que puede ganar solo, ya se habría ido. La Carta Orgánica como campo de prueba electoral tiene esa lógica implacable: si jugás solo y perdés, quedás expuesto. Quedás al desnudo. Y en política, la desnudez propia siempre es un regalo para el adversario. Entonces nadie se arriesga a jugar solo. Todos esperan ver qué hace el otro.
Walter Cortés dice que va a ser candidato a convencional. Es una apuesta con dos caras, como casi todas las apuestas políticas cuando son sinceras. Si gana, llega a la convención fortalecido, con un respaldo popular concreto y fresco. Puede negociar desde otro lugar, hablarle a Weretilneck de igual a igual, o al menos intentarlo. Si pierde, la derrota le pesa doble: como intendente que no pudo arrastrar votos para su propio proyecto, y como candidato que se expuso antes de tiempo. Las elecciones municipales, que están en el horizonte, empiezan a verse distintas desde abajo.
La figura del intendente será, en definitiva, el termómetro que use la provincia para decidir si esta alianza sigue valiendo la pena. Weretilneck no sostiene alianzas por afecto. Las sostiene cuando le convienen. Si Cortés mide bien, la provincia lo abraza. Si mide mal, la provincia mira para otro lado y el abrazo se convierte en distancia cortés, nunca mejor dicho.
Del otro lado de la ecuación, Juntos llega a este momento desarticulado en la ciudad. Hay grupos, hay nombres, hay ambiciones que conviven sin terminar de dialogar. Lo que no hay es una visión unificada sobre qué quiere ese espacio para Bariloche, qué ciudad quiere construir, qué le propone a la gente que vive acá. En ausencia de esa visión propia, Juntos deposita casi todo en la alianza con Cortés. Es una apuesta cómoda en el corto plazo y riesgosa en el largo. Porque si la alianza se rompe, o si Cortés se debilita, Juntos queda sin el andamiaje que lo sostiene, sin nada propio que mostrar, sin músculo territorial para competir.
Y ahí aparece otro problema, más concreto: las propuestas de reforma que impulsa Cortés no necesariamente van en la dirección que le conviene a Juntos. Achicar el número de concejales perjudica a un partido que vive de los cargos, que construyó estructura desde los cargos, que sabe administrar pero que no siempre sabe ganar votos en el territorio. La posible elección de concejales por circuito haría exactamente eso: obligar a los partidos a ir a buscar votos casa por casa, barrio por barrio, sin poder depender de si el candidato a intendente arrastra o no. Ese escenario le incomoda a Juntos, aunque no lo diga en voz alta.
Pero el cuadro no estaría completo si no se mirara hacia adentro de JSRN. Porque Weretilneck no administra solo la provincia: administra también un partido con varios frentes internos abiertos, y eso le consume energía y margen de maniobra. Pedro Pesatti. Gustavo Gennuso. Un puñado de intendentes que no están conformes con el rumbo del partido, que sienten que las decisiones se toman de manera unilateral, desde arriba y sin consulta, y que después tienen que salir a defenderlas públicamente, a ponerle el cuerpo, como se dice en estos casos, a decisiones que no tomaron y con las que no siempre acuerdan. Ese malestar existe, circula, y tarde o temprano busca una salida. Por ahora, Weretilneck surfea. Pero el tiempo no es infinito. Las definiciones se acercan, y cuanto más se demoren, más presión acumulan esas tensiones internas.
Lo que por ahora le da aire a JSRN, sin embargo, es algo que tiene menos que ver con lo que hacen que con lo que no hace la oposición. El sorismo no sale al territorio, no se muestra, no construye presencia visible en el resto de la provincia. Aníbal Tortoriello tampoco. Esa quietud del adversario es un regalo que JSRN recibe sin haberlo pedido, y le permite manejar sus tensiones internas sin que nadie aproveche el momento para atacar. La calma dura mientras el otro no se mueve. Y el otro, por ahora, no se mueve.
Todo lo que viene por delante tiene fecha. Las elecciones a convencionales serán el primer test real, el primer número concreto después de tanta especulación. Ahí se va a saber quién mide qué, quién puede arrastrar y quién no, y eso va a reconfigurar los pesos dentro de la alianza. Cerro Catedral sigue sin resolverse del todo, y tiene la capacidad de contaminar la agenda municipal y la relación entre los socios cuando menos se espera. Y por encima de todo eso, la figura de Cortés: si sube, la alianza se consolida; si baja, cada uno empieza a buscar su propio camino antes de que el barco se hunda.
La política rionegrina, vista desde Bariloche, se parece a veces a un largo matrimonio sin romance. Dos espacios que no se eligen, que desconfían el uno del otro, que tienen historias separadas y proyectos que no siempre coinciden, pero que por ahora siguen hablando porque no hablar les costaría demasiado.
El problema, claro, es que los matrimonios de conveniencia también se terminan. Y cuando se terminan, nadie queda bien parado.
Por ahora, hay alianza. Después del bache, ya veremos.