Por: Bache3000
La muerte de Leo —como lo llaman sus propios compañeros y compañeras de fuerza— dejó un hueco que la institución eligió ignorar. Así lo describieron distintos agentes que trabajan en la misma dependencia y que hablaron con Bache3000 pidiendo que no se revele su identidad. Ningún jefe se acercó a hablar con el personal, coincidieron las fuentes. Ningún mensaje llegó. La jornada siguió como si nada hubiera ocurrido, mientras quienes compartían el día a día con Leo procesaban en silencio la pérdida de alguien que el sábado previo a ser internado todavía compartía el mate con el grupo.
Pero el dolor no es lo único que cargan. El mismo personal policial le describió a este medio las condiciones en las que trabajan a diario. Según relataron múltiples fuentes, en la dependencia hay un solo baño interior habilitado únicamente para orinar, mientras que para otras necesidades el personal debe recurrir a una pequeña construcción exterior que se encuentra en estado de abandono. Allí, según los testimonios, se amontona ropa y comida vieja proveniente de secuestros. "Está muy sucio y creemos que hay ratas. Todos tenemos que usar ese lugar, y Leo también iba ahí", señalaron las fuentes consultadas.
Ahora, un puñado de compañeros del policía, se encuentran aíslados. También, algunos familiares.
El dato no es menor: el hantavirus se transmite principalmente a través del contacto con roedores o sus excrementos, y ese espacio deteriorado es de uso obligatorio para todo el personal de la dependencia. Por eso, según advirtieron las propias fuentes, no solo Leo estuvo expuesto: todos quienes trabajan allí habrían estado —y siguen estando— en riesgo de contagio. Si bien no hay confirmación oficial sobre el lugar exacto donde Leo contrajo la enfermedad la situación descripta enciende una alerta que las autoridades aún no habrían atendido.
Otro punto que el personal policial denunció de manera unánime es que Leo no pudo atenderse con cobertura médica: hace meses, según coincidieron las distintas fuentes, a los agentes les cortaron la obra social. Por eso, ante la enfermedad, no tuvo otra opción que recurrir al hospital público. Sin cobertura, sin respaldo institucional, con una enfermedad que avanzó hasta llevárselo (el mismo día que lo internaron, estaba trabajando). Y cuando falleció, su familia quedó sin ingresos y sin ningún acompañamiento por parte de la fuerza. Para poder enterrarlo, son los propios allegados quienes están juntando alrededor de dos millones y medio de pesos.
"Lo más triste es que cuando Leo falleció, ningún jefe vino a hablarnos. No nos dijeron ni una palabra, ni un mensaje nos mandaron", cerraron las fuentes consultadas por este medio. Un silencio institucional que, para el personal policial que lo vivió desde adentro, dice más que cualquier comunicado.
Y una pregunta que queda flotando: si las condiciones no cambian, ¿quién será el siguiente?