Por: Bache3000 // producción Martín Pargade
Había algo extraño en ese sol de marzo sobre la cancha de tierra. Demasiado brillante para lo que estaba pasando. La gente llegaba en grupos, de a poco y después de golpe, y pronto fueron cientos, y ya no se podía contar. Venían con las camisetas azules y blancas del Martín Güemes, venían con carteles escritos a mano, venían con los ojos hinchados de los que llevan días sin dormir bien. Venían a despedir a Tommy Alarcón, que tenía 18 años y que el domingo al mediodía murió de una puñalada cuando intentó defender a un amigo, y que ya no iba a poder jugar más al fútbol ni pedirle al profe que lo tratara de adulto ni soñar con ser profesional.
La ambulancia de la empresa Bracoo llegó despacio, como si también ella supiera que no había apuro posible. Adentro estaba Tommy. Afuera lo esperaba todo lo que él había construido sin saber que lo estaba construyendo: los compañeros con los que entrenaba los jueves y los viernes, los amigos con los que se juntaba en lo del profe, los padres de otros pibes que lo habían visto crecer en esa cancha de tierra con el cielo de la cordillera de fondo. La procesión que lo había acompañado desde el centro de la ciudad hasta el barrio era larga, era silenciosa en algunos tramos y en otros no, porque hubo momentos en que alguien gritaba justicia y todos repetían justicia y la palabra rebotaba contra las montañas como si la cordillera también tuviera que escucharla.

En la cancha, los compañeros le pusieron una bandera del club sobre el cajón. Fue un gesto simple y fue todo. La ambulancia dio una vuelta olímpica simbólica por el perímetro de tierra donde Tommy había corrido tantas veces, donde había llegado creyendo que era el que mandaba y donde aprendió, de a poco, a ser parte de algo más grande que él mismo. Los que miraban lloraban. Los que estaban cerca del cajón lloraban. No había forma de no llorar.
Lo que no había, y esto importa más de lo que parece, era bronca de revancha. Los carteles decían "sin justicia no hay paz", decían "somos la voz de Tomy", decían "mantendremos viva tu memoria y exigiremos justicia". Nadie pedía venganza. Nadie señalaba a nadie para que la multitud hiciera algo con ese señalamiento. La violencia que mató a Tommy no encontró en esa cancha su espejo. Encontró su opuesto: el dolor organizado, el dolor que sabe que la única respuesta posible es que la Justicia funcione, que Rodrigo Borg no salga a los tres años y que todos puedan cruzarlo en la calle sin que eso signifique que la vida de un chico de 18 años no valió nada.

Se dijeron unas palabras de despedida. Hubo abrazos que duraron demasiado, de esos abrazos en los que dos personas se sostienen porque ninguna de las dos puede sostenerse sola. Hubo madres que lloraban pensando en sus propios hijos. Hubo chicos de 16, de 17 años que miraban el cajón de alguien de su misma edad y entendían, de una manera brutal y prematura, que la vida puede cortarse así, en una esquina, en un mediodía de domingo, cuando uno solo quiso que no le pegaran a su amigo.
Tommy Alarcón era el menor de cinco hermanos, vivía en el barrio Ada María Elflein y jugó en el Martín Güemes y en el Club Atlético Chicago Bariloche. Su entrenador, Emiliano Fernández, dijo que era más padre de esos pibes que cualquier otra cosa, que Tommy había cambiado mucho en los últimos dos años, que ya no se amonestaba en cada partido, que había cumplido 18 el 31 de enero y que le había pedido que no lo llamara más guacho. La presidenta del club, Cristina Almendra, dijo basta. Basta de jóvenes asesinados por manos de otros jóvenes. Lo dijo parada en esa cancha, con la voz firme de quien sabe que decirlo no alcanza pero que no decirlo es peor.
La ambulancia se fue después. La gente se fue quedando un rato más, como si irse fuera admitir algo que todavía no estaban listos para admitir. El sol seguía siendo demasiado brillante. La cordillera seguía ahí, enorme e indiferente, como siempre. Y en algún lugar de esa cancha de tierra quedó algo de Tommy Alarcón que no se va a ir tan fácil: la pregunta de cuántos más tienen que morir antes de que esto deje de pasar.
