Por: Bache3000
La familia de Tommy no estaba en la sala porque estaba velando a Tommy. Eso dice todo sobre cómo fue ese martes para los Alarcón: tuvieron que dividirse entre el dolor y la justicia, entre despedir a un hijo y seguir lo que pasaba a pocas cuadras, en una sala donde un juez y dos fiscales y dos abogados defensores usaban palabras técnicas para hablar de algo que para ellos no tiene ninguna palabra posible.
La audiencia de formulación de cargos contra Rodrigo Borg se realizó ante el juez de garantías César Lanfranchi con ocho policías adentro de la sala y otros ocho afuera. Dieciséis policías para una audiencia. La tensión era visible desde antes de empezar, aunque también hubo una calma particular, la calma que existe cuando no hay ningún familiar de la víctima mirando al imputado a los ojos.

La fiscalía, con Guillermo Lista y Martín Lozada, reconstruyó así la secuencia: Tommy Alarcón salió caminando del after en Moreno 730 junto a un amigo. Desde ese mismo domicilio lo siguieron cuatro personas: Rodrigo Borg, Rodrigo Quilodrán, y Rubén Sgro junto a su hijo Alejo, este último un adulto que formaba parte del grupo. Los alcanzaron a pocas cuadras, en Otto Goedecke entre Moreno y Elflein, sobre la manzana del Hospital Zonal. Le increparon a Tommy el supuesto robo del celular de Borg. Las palabras fueron y vinieron. Y entonces Borg, según la fiscalía, ya con el teléfono de vuelta en la mano, sacó el cuchillo y lo clavó. Tommy cayó. Su mejor amigo lo cargó en brazos hasta la guardia del hospital. Murió minutos después.
Lozada fue preciso al pedir la prisión preventiva. Dijo que Borg no actuó en ningún momento para ponerse a disposición de la justicia. Dijo que huyó de la escena dejando el arma blanca tirada en la vereda. Dijo que conoce a los testigos de la causa. Y dijo algo que resume la postura de la fiscalía sobre todo el episodio: que Rodrigo Borg quiso matar a Tomás Alarcón. No fue un accidente. No fue una pelea que se descontroló. Fue una decisión.

La defensa, integrada por Ana Vera y Manuel Mansilla, construyó su argumento desde otro lugar. Aceptó la formulación de cargos pero planteó que el hecho debe encuadrarse como exceso en la legítima defensa. Su versión pone el foco en lo que pasó antes: que Tommy tenía el celular de Borg desde el after en Moreno 730, que esa situación generó una disputa, y que cuando Borg lo alcanzó en la calle para reclamárselo el enfrentamiento escaló de una manera que, según la defensa, Borg no buscó sino que respondió. Mansilla fue más lejos y pidió que la prisión preventiva se cumpla como prisión domiciliaria. El juez Lanfranchi escuchó todo y resolvió: prisión preventiva, sin domiciliaria. Cuatro meses de investigación. Fecha límite el 10 de julio.
Lo que ninguna de las dos versiones discute es que Tommy Alarcón salió de ese after caminando y no volvió. Que cuatro personas lo siguieron por la calle. Que el cuchillo existió y que lo encontraron en la escena. Que Borg se fue corriendo y que el arma quedó tirada. Borg quedó alojado en la subcomisaría 80. En las siguientes 72 horas el Servicio Penitenciario provincial tendrá que definir si lo deriva a otra ciudad o lo traslada al penal 3 de Bariloche, lo que podría generar una nueva audiencia para tratar ese punto.

Al terminar la audiencia, integrantes de la fiscalía se acercaron hasta donde estaban los amigos y familiares de Tommy que aguardaban afuera para explicarles cómo había quedado la situación judicial: los cargos formulados, la prisión preventiva dictada, el plazo de cuatro meses para la investigación. No hubo micrófonos ni cámaras en ese momento. Solo gente que acababa de pasar horas velando a un pibe de 18 años escuchando, en voz baja, cómo funciona la justicia cuando recién empieza a moverse.
Uno piensa en el 10 de julio. En lo que significa esa fecha. Tommy cumplió 18 el 31 de enero y le pidió al profe que lo tratara de adulto. No llegó a ver el otoño. Y ahora hay un calendario con una fecha tope, un imputado con prisión preventiva, y una familia que ese mismo martes estaba en otro lugar, despidiendo a su hijo, mientras la justicia empezaba a moverse a su propio ritmo, que no es el ritmo del dolor sino el de los plazos y los expedientes y las audiencias que todavía vienen.