Por: Bache3000
Llovió, llueve y va a llover más. El Servicio Meteorológico Nacional lo dijo con toda la seriedad burocrática que puede reunir un organismo estatal en lunes por la tarde: alerta naranja para Bariloche, entre treinta y cincuenta milímetros de agua cayendo sobre la cordillera, más ráfagas de viento que van a arrancarle el gorro a cualquier turista despistado que haya venido a sacarse fotos con los arrayanes.
La Intendencia del Parque Nacional Nahuel Huapi, ese organismo que existe para recordarnos que la naturaleza tiene dueño aunque no pague impuestos, salió a informar lo evidente: que cuando el cielo decide desplomarse, las sendas se cierran. Zona Sur, Noroeste, y buena parte de la Zona Centro quedaron fuera de juego. Los Duendes, los Miradores, Frey, Muñoz, Jakob, Laguna Negra y Challhuaco. Una lista larga para una tarde corta.
La montaña no avisa, pero esta vez avisó. Y aun así, hay que aclararlo porque el ser humano es lo que es, especialmente cuando tiene zapatillas nuevas y ganas de subir algo: la responsabilidad de no meterse en el barro es de cada uno. Lo dice la Intendencia con esa prosa institucional que mezcla cordialidad y amenaza (como en las peliculas de terror, antes que se pudra todo), y que viene a decir básicamente que si te mojás hasta los huesos porque decidiste ignorar el alerta naranja, el parque no te va a buscar.
Cuando escampe, las sendas vuelven a abrirse solas. Sin ceremonia, sin comunicado de prensa. Simplemente el cielo se cansa de estar enojado, el suelo escurre lo que puede, y la montaña sigue ahí, indiferente como siempre, esperando al próximo que crea que una alerta naranja es una sugerencia.