Por: Bache3000
Hay lugares que uno no termina de ver aunque los tenga enfrente todos los días. El Centro Cívico es así: está ahí, siempre estuvo, y sin embargo este martes 17 de marzo algo cambió, aunque sea por unas horas. La Municipalidad abrió las puertas de la Torre del Reloj para celebrar los 86 años de un edificio que la mayoría conoce desde afuera y que muy pocos han habitado por dentro. Y la gente fue. Fue mucha gente.
Los cupos se agotaron en minutos. Eso dice algo.
Bache3000 estuvo en la visita. La entrada es por el edificio municipal, el de todos los días, el de las colas y los trámites. Primer piso, segundo piso, la escalera se va angostando. En el camino, funcionarios que salían de sus oficinas, otros que esperaban turno para ver al intendente, gente con carpetas, con el teléfono en la mano, con esa expresión de quien tiene algo que resolver. Y en medio de todo eso, un grupo de vecinos y turistas subiendo hacia el reloj, cruzándose con la burocracia cotidiana como si los dos mundos coexistieran sin problema, porque en realidad siempre coexistieron.

La subida se hace cada vez más estrecha. Los pasillos se van achicando, los techos también, y en algún punto uno deja de sentirse en un edificio público y empieza a sentirse en otra cosa, en un cuento quizás, en algo que tiene la lógica un poco torcida de Alicia bajando por la madriguera o, según el ánimo de cada uno, de Dante entrando a algún círculo que todavía no termina de identificar. Y entonces, de golpe, uno está adentro de un reloj.
Hay un silencio ahí arriba que no es silencio del todo. Es más bien una capa de quietud debajo de la cual la ciudad sigue respirando. El tic tac del mecanismo marca un tiempo propio, pausado, ligeramente anacrónico, y de fondo llegan los bocinazos de la calle Mitre, algún motor, el ruido sordo del tráfico que uno había olvidado por completo durante la subida y que de pronto regresa como un recordatorio: allá afuera existe la ciudad, sigue existiendo, no se detuvo mientras uno miraba los engranajes.
Este cronista estaba en el piso previo, haciendo registros de las campanas, grabando ese silencio extraño y habitado, tratando de capturar algo de la atmósfera del lugar. Y entonces sonó. La campana de 250 kilos, a centímetros, sin aviso previo, con toda la contundencia de un martillo de cinco kilos golpeando bronce fundido. El grito salió solo: ¡la concha de la lora! Retumbó en la piedra, en la madera, en los cuatro cuadrantes del reloj, probablemente hasta la plaza. Nadie del grupo dijo nada. Algunos se rieron. El susto había sido de todos.

E inmediatamente después, como si el escándalo hubiera sido la señal, empezaron a girar los muñecos. Cuatro figuras de madera que llevan 86 años cumpliendo su pequeña coreografía: un cura con crucifijo, un soldado, un mapuche, un pionero. Giran, se muestran, desaparecen. Es el resumen más brutal y más compacto de la historia de esta región, condensado en madera tallada y mecanismo de relojería, repitiéndose dos veces al día desde 1940 sin que nadie le haya cambiado el guión.
El reloj, dijeron las guías, se atrasa cuando hace mucho frío. El mecanismo se resiente con las temperaturas bajas, y en Bariloche las temperaturas bajas son una constante que nadie discute. Así que el reloj más famoso de la ciudad lleva 86 años contando el tiempo con una pequeña imprecisión climática incorporada, un margen de error que tiene algo de honesto, de humano.
Las guías que conducen el recorrido contaron una historia que pocos conocen. La maquinaria lleva grabadas las iniciales JFW en el péndulo, y hay quienes creen que es más antigua que el edificio mismo: en 1940, la empresa fabricante estaba produciendo municiones para las guerras, así que lo más probable es que el mecanismo haya estado guardado en algún galpón de la importadora hasta que la empresa constructora lo requirió y lo compró. Un reloj con historia propia, anterior a la torre que lo aloja.

Lo que sí se sabe con certeza es el camino que hizo antes de llegar a Bariloche. Fue fabricado en Alemania, importado por Kronos Comercial, una empresa de Buenos Aires, y vendido a Christiani y Nielsen, la constructora del Centro Cívico. La campana fue fundida en bronce en La Boca: pesa alrededor de 250 kilos y el martillo que la golpea, unos cinco. Es un reloj a cuerda, no a pila, con pesas que accionan el mecanismo y cuatro cuadrantes visibles desde la plaza.
El frío es algo que los constructores del Centro Cívico ya tenían en mente cuando todo esto era todavía un proyecto sobre papel. Ernesto de Estrada, el arquitecto que diseñó el conjunto por encargo de Exequiel Bustillo, pensó cada detalle desde adentro hacia afuera: los bancos, las estufas, los materiales. Todo local. La piedra es toba del cerro Carbón, la madera es ciprés y alerce de la región. En los años treinta, en plena colonización del sur patagónico, alguien se tomó el trabajo de diseñar un edificio que respondiera al clima y al paisaje, que no fuera un trasplante sino una pertenencia. Eso también es parte de lo que uno sube cuando sube esa escalera.
Hubo dos turnos este martes, a las 13:30 y a las 14:30, con inscripción previa en la oficina de Informes Turísticos del propio Centro Cívico. Más allá del aniversario, la torre puede visitarse todos los jueves a las 13:30, con inscripción desde las 13:00 horas del mismo día. Las escuelas pueden coordinar visitas escribiendo a [email protected].
El Centro Cívico fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1987, aunque ya lo era mucho antes de cualquier decreto. Hay ciudades que tienen un centro y ciudades que no lo tienen del todo. Bariloche tiene este: una plaza, un lago al fondo, un reloj que se atrasa un poco cuando hace frío, cuatro muñecos de madera que giran dos veces al día y una campana que, si uno tiene la mala o buena suerte de estar justo al lado cuando suena, le arranca un grito que no había planeado. Ochenta y seis años después de su inauguración, la gente sigue yendo a mirarlo. Y algunos, por fin, desde adentro.