Por: Bache3000
Hay errores y hay sanciones. Y entre un error y una sanción puede caber, o no, una proporción. En este caso, no cabe. Una trabajadora de Andreani en Dina Huapi perdió su empleo porque, en un momento captado por una cámara, tiró un paquete de manera inadecuada. El video llegó a nosotros y se viralizó, llegó a vecinos de dos ciudades, llegó a colegas de otros medios, llegó al gerente de Andreani. Y lo que llegó junto al video fue algo que no esperábamos en esa magnitud: una cantidad de personas pidiéndonos que dijéramos algo. Vecinos de Dina Huapi, vecinos de Bariloche, colegas de otros medios. Nos lo pidieron porque saben, como sabemos nosotros, que hay situaciones donde alguien tiene que decir en voz alta lo que muchos piensan.
Entonces lo decimos.
El paquete no debería haberse tirado así. Eso está claro y no lo vamos a esquivar. Hay un estándar de cuidado que cada trabajador que manipula encomiendas tiene que sostener, porque del otro lado hay una persona que esperó ese envío, que quizás pagó por él, que confió en que llegaría bien. Ese es un valor que compartimos y que no negociamos. Pero también compartimos otro valor, que es el de mirar el cuadro completo antes de juzgar.
Y el cuadro completo es este: una trabajadora que, según quienes la conocen y quienes la siguieron en redes, ama lo que hace y lo hace bien. Muchos vecinos aman cómo lo hizo. Una comunidad que salió a defenderla con una velocidad y una convicción que no se improvisan. Y una empresa que, ante diez segundos de video, tomó la decisión más extrema posible: dejarla sin trabajo. Sin proceso, sin contexto, sin la más mínima consideración por lo que esa persona construyó en años de labor.
Y acá va algo más, porque la honestidad lo exige: la persona que se quejó también trabaja para ganarse lo que compra. Eso vale. Su enojo tiene una raíz legítima.
Por eso le hablamos a Andreani de igual a igual, porque nos lo permite la masividad que construimos junto a nuestros lectores y nuestros vecinos: la decisión que tomaron es desproporcionada y están a tiempo de revertirla. Esto también es construir imagen de empresa. Un reto, un apercibimiento, una sanción razonable, cualquiera de esas respuestas podría haber estado a la altura de lo ocurrido. La cesantía no lo está. Todos podemos tener un mal momento. Todos podemos fallar en algo un día. La pregunta que define a una empresa no es si sus trabajadores son perfectos, sino cómo trata a quienes fallan, y cómo construye identidad colectiva.
Esta vecina es parte del tejido de estas dos ciudades. Va al mismo supermercado que sus vecinos, lleva a sus hijos a la misma escuela, cruza las mismas calles, respira el mismo viento del lago. Ustedes también. Esa es la esencia de vivir en comunidades chicas: que los errores y los perdones también son colectivos, que nadie se cae solo y nadie se levanta solo.
Todos podemos equivocarnos, y todos podemos aprender. A nosotros nos pasa todos los días. Le pasa a Batman, a cientícos de Harvard, a Lionel Messi. Imagínense entonces si no le va a pasar a Mónica, o a ustedes, o al gerente que tomó esa decisión tan excesiva, tan torpe, tan parecida en el fondo a la que tomó Mónica con el paquete.
Suguramente, la persona que nos mandó le video no quería que Mónica perdiera su trabajo, sino simplemente que hubiera conducta.
Dale, Andreani. Seamos humanos. Una empresa también puede serlo. Devolvele el trabajo. Un día te va a tocar a vos, y todos vamos a saber comprender.
P.D: te escribimos de Springfield. Igual sepan que nunca Shelbyville será como nosotros.