domingo 22 de marzo de 2026 - Edición Nº402

Memazos | 22 mar 2026

SERVICIO A LA COMUNIDAD

Manual de supervivencia para barilochenses en época de diluvio

09:31 |Cuando llueve en Bariloche, la ciudad vuelve a ser lo que siempre fue antes de que llegara la gente: un lago. Bache3000 consultó con "Expertos en Agua de Lluvia y Zanjas Inesperadas" para entender qué hacer cuando media ciudad vuelve a ser un lago. Ninguno quiso identificarse. Uno estaba en bata.


Por: Bache3000

Hay una cosa que Bariloche sabe hacer mejor que cualquier otra ciudad de la Patagonia. Mejor que el chocolate, mejor que el esquí, mejor que cobrarle doscientos dólares a un turista por una fondue. Bariloche sabe inundarse.

No es un talento menor. Requiere años de práctica institucional, de no limpiar zanjas, de no terminar el desagüe que se empezó en 1948, de permitir que los jabalíes hozen el suelo de los barrios periféricos como si fueran empleados municipales con sueldo en blanco y viáticos. La ciudad tiene una vocación acuática que ningún plan de obras públicas ha logrado doblegar.

Bache3000 salió a buscar especialistas en Agua de Lluvia y  Zanjas. Los encontramos. Ninguno quiso identificarse. Uno de ellos, que vive en calle La Habana y al momento de la consulta llevaba ojotas, medias y una bata azul con flores que claramente había tenido mejores años, escuchó la pregunta, nos miró con una expresión que combinaba compasión y hartazgo en proporciones iguales, dijo "y... qué sé yo" y se fue caminando hacia la farmacia sin mirar atrás.

Es, hasta el momento, el análisis más honesto que recibimos.

El segundo especialista hablaba con la fluidez particular de alguien que había empezado la tarde antes que nosotros. Lo encontramos en el Charcao, apoyado contra un poste con una tranquilidad que el poste no compartía del todo. Tenía una botella de vino en la mano, un termo en la otra, y una teoría sobre el drenaje urbano que fue desplegando durante cuarenta minutos con una coherencia que iba y venía como la corriente de una zanja en época de lluvia: a veces clara, a veces turbia, siempre en movimiento.

"El problema", dijo, señalando la calle con la botella, "es que el agua no tiene a dónde ir." Hizo una pausa larga. "Igual que yo."

Le preguntamos si podía elaborar desde el punto de vista técnico. Nos miró con los ojos entrecerrados de quien está calculando algo complejo o simplemente tratando de enfocar.

"El agua", dijo, "es sabia. El agua sabe adónde va. El agua no miente. El agua no te dice que va a hacer la obra y después no la hace." Tomó un sorbo del termo. "El agua es lo más honesto que tiene esta ciudad."

Le preguntamos si había alguna solución posible al problema del drenaje.

Pensó durante un tiempo que nos pareció excesivo pero que respetamos.

"Los romanos", dijo finalmente, "hacían acueductos." Nueva pausa. "Nosotros no podemos ni limpiar una zanja." Miró la botella. "Algo pasó en el medio."

Los otros especialistas hablaron con más linealidad, aunque tampoco pidieron que los identificáramos. "Decí que soy un técnico en hidrología urbana", dijo uno. "O decí que soy un vecino que tiene el sótano arruinado, es lo mismo."

 

 

El especialista de la bata vive en La Habana hace once años. En ese tiempo, la calle se inundó con una regularidad que él describe, en sus momentos de mayor locuacidad, como "siempre". No siempre en el sentido coloquial. Siempre en el sentido literal, técnico, documentado por él mismo en una libreta que tiene en la mesita de luz y que empezó como un registro hidrológico informal y terminó siendo algo parecido a un diario del fin del mundo.

Lo alcanzamos antes de que doblara en la esquina y le preguntamos si podía elaborar un poco más sobre las causas estructurales del problema.

Se detuvo. Nos miró. Pensó.

"La zanja está tapada desde el gobierno anterior", dijo. ¿Cuál gobierno anterior, le preguntamos. "Todos", respondió, y siguió caminando.

La calle La Habana se inunda. Se inundó el año pasado, el año anterior, probablemente se inundó cuando los tehuelches andaban por acá y se va a inundar en el futuro cercano con una puntualidad que el transporte público de Bariloche envidiaría. El Charcao también, y varias calles del casco céntrico y de los barrios que crecieron sin planificación de drenaje, que es casi todos.

El tercer especialista, que pidió que lo llamáramos simplemente "el de la pendiente", lleva años explicándole a quien quiera escuchar que el problema es topográfico además de institucional. La ciudad está construida sobre una pendiente que baja hacia el lago, y el agua de lluvia tiene una vocación descendente que ninguna obra pública ha logrado redirigir con éxito sostenido.

"Cuando la zanja funciona, el agua va por la zanja", explicó, con la paciencia de alguien que ha dicho esto muchas veces sin que cambie nada. "Cuando la zanja no funciona, el agua va por la calle. Cuando la calle tampoco drena, el agua va a donde puede, que generalmente es el garage de alguien o el local comercial de la esquina que ya lleva tres inundaciones en dos años y que cada vez tiene menos mercadería porque fue aprendiendo."

Hay sectores de la ciudad que funcionan como cuencas colectoras. Cuando llueve fuerte, el agua busca el camino de menor resistencia, que en Bariloche generalmente es la calle porque la zanja está tapada con hojas, motos, pedazos de heladera, con tierra, con residuos, con el sedimento de años de inacción municipal, con nidos de chaqueta amarilla, con cartón, y todo lo que el vecino tiene fiaca de tirar como corresponde..

"Es un sistema de taponamiento colaborativo", resumió el de la pendiente. "Fauna, residuos y abandono municipal trabajando juntos."

Le preguntamos si había solución. "Hay soluciones técnicas probadas en ciudades con peores condiciones que Bariloche", dijo. "El problema no es técnico." No continuó la frase. No hizo falta.

Volvimos al especialista del Charcao para preguntarle lo mismo. Estaba en la misma posición contra el mismo poste, aunque el nivel de la botella había bajado de manera notable.

"¿Solución?", repitió, como si la palabra le resultara extranjera. "Mirá." Señaló la zanja frente a él. "¿Ves eso? Eso estuvo tapado tres inviernos. Tres. Yo lo denuncié. Mi señora lo denunció. El vecino de enfrente lo denunció dos veces y la segunda vez le cortaron el teléfono, o eso dice él." Bebió. "El agua no tiene solución en Bariloche. El agua en Bariloche es una condición. Como el viento. Como el frío. Como los baches. Uno no soluciona los baches, convive con los baches."

Le señalamos que los baches sí tenían solución técnica.

Nos miró durante un momento muy largo.

"Sí", dijo finalmente. "Pero mirá los baches."

No teníamos nada que responder a eso.

 

 

El cuarto especialista, que pidió que lo identifiquemos únicamente como "alguien que estudia estas cosas hace mucho tiempo y ya está bastante cansado", llegó a la conversación con una propuesta que en otro contexto sonaría como el producto de una noche larga y sin dormir pero que, escuchada con atención, tiene una lógica interna que resulta difícil de refutar completamente.

"Los jabalíes ya están cavando", dijo. "Cavan todos los días. Cavan en los barrios, cavan en los márgenes, cavan en lugares donde no deberían cavar y en lugares donde casualmente sería útil que cavaran. El problema es que cavan sin ningún criterio de drenaje. Cavan para buscar comida, no para resolver la escorrentía superficial de la cuenca."

La propuesta consiste en orientar el trabajo de hozado mediante una línea de alimento, típicamente maíz, dispuesta a lo largo de la traza de una futura canaleta de drenaje. El jabalí sigue la comida, hoza la tierra, y sin saberlo ni proponérselo construye el canal que el municipio lleva años sin terminar.

"El jabalí no cobra hora extra", señaló. "No necesita orden de compra. No tiene período de licencia. Trabaja de noche, bajo la lluvia, en pendiente, en terreno rocoso. Tiene algunas limitaciones: no distingue entre suelo que hay que remover y caño que hay que respetar, puede decidir que el canal terminado es un buen lugar para dormir, y no firma el libro de obra. Pero en términos de rendimiento comparado con una cuadrilla municipal en Bariloche, la diferencia no es tan dramática como uno esperaría."

Le preguntamos si el municipio había mostrado interés en la propuesta.

Sonrió de una manera que no era exactamente alegre.

"No la conocen todavía", dijo. "Pero cuando la conozcan van a pedir un estudio de impacto ambiental que va a tardar dieciocho meses y después van a licitar la compra del maíz."

Cuando le trasladamos la propuesta al especialista del Charcao, que para ese momento había terminado la botella y estaba mirando el fondo con una expresión filosófica, hubo una pausa larga antes de que respondiera.

"El jabalí", dijo despacio, como evaluando cada palabra, "es confiable." Otra pausa. "Y probablemente más barato." Se quedó pensando. "Yo le daría una oportunidad al jabalí."

Era la declaración más entusiasta que había hecho en toda la tarde.

Los jabalíes, mientras tanto, siguen hozeando. Los baches siguen profundizándose con cada lluvia, acumulando historia geológica propia. Nadie los coordina. Nadie los detiene.

 

ALGUNOS TIPS IMPORTANTES

Antes de que cada uno se fuera por su lado, les pedimos consejos concretos. Esto es lo que dijeron, en el desorden en que lo dijeron:

No abrir la puerta cuando el agua ya está del otro lado empujando, porque abrirla acelera el ingreso y además ya no tiene ningún sentido porque el agua va a entrar igual, y al menos si no abrís la puerta podés decir que resististe un momento.

Limpiar la zanja antes de que llueva, no durante ni después. Durante es peligroso y después ya no importa porque el daño está hecho. Limpiarla con lo que haya: pala, rastrillo, las manos si no queda otra. No esperar al municipio. Mandar la denuncia igual, aunque no sirva de nada, porque el registro acumulado es la única memoria institucional que existe.

Hacer un video y mandarlo a Bache3000.

No circular en auto por calles inundadas sin conocer la profundidad real, que en Bariloche es imposible de conocer porque debajo del agua puede haber treinta centímetros o puede haber un bache de los que se llevan el tren delantero. Los baches barilochenses tienen una profundidad que desafía la geometría euclidiana en condiciones normales; bajo el agua son directamente metafísicos.

Tener una linterna. Cuando se inunda, se va la luz, no porque haya una razón técnica inevitable sino porque en Bariloche las dos cosas suceden juntas como si formaran parte del mismo paquete. No importa si estás al día.

Y si encontrás un jabalí en la zanja, no lo espantés todavía. Fijate primero si está cavando en la dirección correcta.

El especialista del Charcao agregó un consejo propio, ya sobre el final, cuando lo alcanzamos para despedirnos. Estaba guardando el termo en el bolsillo del camperon con la concentración de alguien que ejecuta una tarea delicada.

"Si se te inunda la casa", dijo, sin mirarnos, "abrí un vino. No vas a poder hacer nada de todas formas y al menos lo pasás mejor." Terminó de acomodar el termo. "Es un consejo técnico."

El hombre de la bata ya había vuelto de la farmacia cuando pasamos por La Habana de regreso. Estaba en la vereda, mirando la zanja con una expresión que era difícil de leer pero que tenía algo de contemplación zen y algo de bronca contenida. Le preguntamos si había algo más que quisiera agregar para la nota.

Miró la zanja. Nos miró a nosotros. Miró el cielo, que tenía el color gris particular que en Bariloche anuncia lluvia con una certeza que ningún servicio meteorológico ha superado.

"Va a llover", dijo.

Y entró a su casa.

El agua tiene memoria, vuelve siempre al mismo lugar. El problema es que nosotros no.

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