Por: Bache3000
No fue a aplaudir ni a protestar. Fue a hablar. Y habló. Nadie se atrevió a responder nada.
Mariela se sentó en el Concejo Municipal en medio del debate por el pliego de concesión del vertedero y dio uno de los discursos más lúcidos de la jornada. Sin insultos, sin banderas, sin alinearse con ningún bloque. Con la voz de alguien que vive al lado de la montaña de basura y lleva años pidiéndole a la política que haga algo en serio.
"Dejemos los egos políticos, porque para eso van a tener dos años después para salir a buscar los votos", dijo. Y la sala quedó en silencio.
Mariela fue clara desde el arranque: no está en contra del pliego, está en contra de aprobarlo apurado y sin que nadie lo mejore. Señaló que el documento que presentó el Ejecutivo le falta separación en origen, recolección diferenciada, infraestructura básica como agua, definición sobre qué pasa con la celda actual y un plan para trabajar en paralelo con el vertedero regional. "A ese pliego le falta un montón", dijo, y lo dijo sin rodeos.
También cuestionó el historial reciente. Rowing, la empresa que opera actualmente en el predio, cobra millones de pesos y no está cumpliendo el contrato. Nadie presentó un certificado que lo acredite. "¿Entonces por qué tengo que creer que en el nuevo pliego los certificados se van a entregar mensualmente, como dice que va a suceder?", preguntó. La respuesta no llegó.
Pero el momento más duro no fue técnico. Fue personal.
Mariela contó que desde el último incendio en el vertedero no puede respirar bien. Que no tiene enfermedades preexistentes y que ningún antibiótico la mejora. Que no va al médico a pedir un certificado que diga que es culpa del vertedero porque sabe que nadie se lo va a firmar. "Esa es la realidad", dijo.
Y después habló de los que ya no están.
Habló de Gonzalito, un chico con silla postural y tubo de oxígeno que en cada incendio tenía que salir en ambulancia de su casa porque no podía respirar. Que su mamá le conseguía enfermeras a través del IPROS. Que los abuelos habían improvisado una habitación de emergencia para recibirlo. Gonzalito murió durante la pandemia.
Habló de Rosa, que el año pasado, antes de morir, dio una nota en el canal 6 contando lo que le provocaba cada incendio del vertedero. Rosa falleció el año pasado.
"Yo lo que quiero es que hablemos de verdad, en serio", dijo Mariela. No reclamó responsabilidades directas. No acusó a nadie. Pero dejó los nombres sobre la mesa, ahí donde todos los concejales estaban sentados.
Su pedido fue concreto: que no se dictamine ese día, que se incorporen las voces de los vecinos de los barrios cercanos al vertedero, que se trabaje de manera simultánea en el pliego actual y en la solución de largo plazo. Que la comisión que se forme tenga representantes de cada barrio afectado. Que alguien lea lo que la Junta Vecinal presentó en mesa de entrada.
"Los que vivimos ahí somos nosotros. Los que las padecemos todos los días somos nosotros."
Al final agradeció que la dejaran hablar. Y se fue a su casa, al barrio que queda al lado del vertedero, donde la montaña de basura crece y la parte de atrás ya empieza a ponerse verde otra vez, que fue lo último que más o menos mitigó la gestión anterior.