Por: Bache3000

Hay algo extraño en las fiestas masivas: todo el mundo está ahí pero nadie sabe bien por qué. La gente llega, se junta, mira. El sábado por la noche en el Centro Cívico de Bariloche pasó exactamente eso, y fue suficiente. Miles de personas ocuparon la plaza como si siempre hubieran estado ahí, como si ese espacio les perteneciera de un modo que no requiere explicación.
La Fiesta Nacional del Chocolate no es solo chocolate. Eso lo sabe cualquiera que haya ido. Es el frío de abril, son los niños que corren entre adultos que no saben muy bien hacia dónde mirar, es la música que llega desde lejos y uno no termina de identificar de dónde viene. El sábado, la Filarmónica de Río Negro volvió a tocar en el Teatro La Baita con su concierto "Sinfonía de una Gloria" y el lugar se llenó dos veces. Hubo gente que se quedó afuera. Hubo gente que escuchó desde la vereda y también aplaudió.
A las ocho y media de la noche llegó el momento que todos esperaban sin saber exactamente qué esperar. Se llama Tornado, el show aéreo, y la descripción no alcanza: artistas suspendidos en el aire desde una estructura de hierro y luces rojas, girando, estirándose, desafiando algo que prefiero no llamar gravedad porque suena demasiado técnico para lo que era. Era otra cosa. Era el cuerpo humano recordándole a la multitud que puede hacer cosas que la multitud no puede. Los teléfonos se levantaron todos al mismo tiempo, como una liturgia nueva, y la noche quedó documentada antes de que terminara.

Después vino el mapping. Las paredes de piedra del Centro Cívico —esas paredes que llevan décadas ahí, que han visto todo— se llenaron de conejos animados, de colores, de movimiento. Un edificio que de día es institucional y un poco solemne se convirtió, por unos minutos, en otra cosa. Los chicos no entendían del todo qué estaban mirando y por eso lo miraban con más atención.
El intendente Walter Cortés estuvo presente. Disfrutó, dicen, junto a vecinos y turistas. Esa frase —"disfrutó junto a vecinos y turistas"— tiene algo de horizontalidad de los que gobiernan cuando bajan al llano y se mezclan. No es cinismo. A veces es verdad. El sábado, frente a ese cielo ocupado por cuerpos que volaban, probablemente era verdad.
La fiesta termina este domingo. La Casa del Conejo abre por última vez de cuatro a ocho de la tarde en el Centro Cívico, para las fotos finales, para los recuerdos, para los que quieren llevarse algo dulce de una edición que, como todas, pasó demasiado rápido.
