Por: Bache3000
Chivy Vera no habla desde un escritorio ni desde un informe técnico. Habla desde adentro del barrio, desde hace ocho años, desde el lugar donde se mezclan el olor del caño cloacal reventado, los chicos que van al apoyo escolar y las familias que llegan desde San Cayetanito, desde la Barda Este, desde la 270 o desde Alun Ruca con la esperanza de que algo alcance. Ese es el Bariloche que ella conoce, y ese es el Bariloche del que habla cuando dice que no alcanza, que nunca alcanza.
La ciudad que aparece en las revistas de turismo y en los perfiles de Instagram no es la ciudad que describe Chivy. La suya tiene listas de espera en el merendero, tiene familias numerosas a las que hay que decirles que no hay módulos, tiene mamás solas que trabajan todo el día en changas y aun así no llegan a fin de mes.
"No alcanza, no alcanza porque todo el tiempo está viniendo gente, familias con niños, gente que tenemos en lista de espera de hace un montón y que no podemos abastecer", dijo la referente barrial en diálogo con Bache3000. El merendero Alihuen asiste hoy a alrededor de 35 familias, entre 115 y 120 personas en total, y lo hace con lo que consigue: módulos del municipio que llegan cada uno o dos meses, la tarjeta Alimentar Comunidad del Ministerio de Capital Humano, donaciones y el trabajo sostenido de un grupo de personas que no cobran sueldo y que en muchos casos dependen ellas mismas de esa misma precariedad que intentan aliviar en otros.
"Nosotros no cobramos nada, apenas teníamos este Potenciar Trabajo, que era "Volver al trabajo", que se supone que este es el último mes", explicó, refiriéndose al programa que el gobierno nacional decidió discontinuar y que representaba 78 mil pesos para quienes trabajaban en espacios como el Alihuen.
"Si alguno de los que está sentado en las sillas cómodas y que toman esas decisiones haría mínimo un día el trabajo que nosotros hacemos, no lo alcanzaría con eso que nosotros cobramos", señaló.

Chivy también desmonta el prejuicio que suele pesar sobre quienes concurren a los merenderos. Las familias que llegan al Alihuen no son familias que no trabajan. Son familias que trabajan en negro, que hacen changas, que salen temprano y vuelven tarde y aun así no les alcanza para poner un plato de comida en la mesa. "Todas las familias que vienen son familias que viven de changas, mamás solas que trabajan por ahí todo el día y no les alcanza, mamás, papás, papás solos también, que le ponen el pecho a la vida, que salen a trabajar, pero que en muchos lugares los tienen en negro porque no les quieren pagar en blanco", explicó, con el tono de quien no necesita convencer a nadie sino simplemente decir lo que ve todos los días.
Detrás de la actividad cotidiana del merendero hay un problema estructural que Chivy describe con la misma calma con que describe todo lo demás, la calma de quien ya se acostumbró a convivir con lo que debería ser inaceptable. El Alihuen no tiene baños porque no tiene acceso a la red cloacal. En el barrio hay un caño que revienta con frecuencia, inunda las casas de los vecinos de las manzanas más bajas y genera un olor que se instala en el aire durante horas. "Tenemos que bancarnos los ríos de Asinibu, muy lejos de ríos de mierda, en el barrio que queda el olor, y no sabes el olor feo que queda en el barrio", describió, y aclaró que detrás del merendero corre el río Ñireco, el mismo que en verano los chicos usan para bañarse, y que el problema cloacal sin resolver termina contaminando esa agua.
Con la electricidad la situación no es mejor. El barrio lleva años enganchado de manera irregular a la red, no porque los vecinos no quieran pagar sino porque la cooperativa no termina de regularizar el servicio. Hubo proyectos, reuniones, compromisos. Se instalaron pilares, térmicas, disyuntores. Se elaboró un plan para enterrar los cables de alta tensión que cruzan el barrio. Nada de eso llegó a concretarse. "Nosotros queremos pagar un servicio, porque es un servicio que tenemos que pagar, no queremos todo gratis", remarcó Chivy, y en esa frase hay algo que las narrativas sobre la pobreza suelen omitir: la dignidad de quienes no piden regalos sino derechos.
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Lo que Chivy describe no es marginal ni excepcional. Es la realidad cotidiana de una franja significativa de Bariloche que existe en paralelo a la ciudad que recibe turistas, que exporta imagen y que figura en los rankings de los destinos más buscados del país. Esas dos ciudades comparten el mismo ejido municipal, el mismo intendente, el mismo presupuesto, pero no comparten las mismas condiciones de vida ni las mismas posibilidades. Una tiene hotel boutique y fondue. La otra tiene lista de espera en el merendero y el caño cloacal reventado en la vereda.
Después de ocho años en el barrio, Chivy no ha perdido la capacidad de indignarse. Ella sabe que los comedores y merenderos no deberían existir, o al menos no deberían ser necesarios, y lo dice sin rodeos. "No deberían existir los comedores y merenderos, y yo soy muy consciente de eso, pero lamentablemente no es así, lamentablemente la gente de los barrios nos tenemos que solidarizar con la gente, la gente ayuda a la gente, no hay otra, porque en realidad no lo quieren hacer", cerró.