Por: Bache3000
Cuando el padre irrumpió en la comisaría gritando que su bebé no podía respirar, ella estaba adentro cumpliendo una tarea de rutina. Eso duró exactamente lo que tardó en escuchar el grito.
"Salgo, viene llegando su mamá con una bebé", contó la agente. "Me la dan en los brazos y la bebé estaba inconsciente, no respiraba."
No hubo demora. Junto a dos compañeros subieron al patrullero y arrancaron hacia el hospital. Y mientras el vehículo avanzaba, ella ya tenía a la niña en brazos y estaba trabajando.
"Yo nunca dejo de hacerle las maniobras", dijo. Sin énfasis. Como si describiera algo obvio. Esa frase, más que cualquier otra, define lo que ocurrió adentro de ese patrullero en movimiento.
No recuerda en qué punto del trayecto sucedió. Solo sabe que en algún momento la bebé empezó a llorar. Empezó a respirar.
Mientras ella trabajaba sobre la niña, su compañero sostenía la situación desde afuera.
"Lo primero que hacemos es modular, le tomamos rumbo al hospital", explicó el agente. "Íbamos colocando las sirenas y modulando al 911 y a la unidad cuarenta y dos de lo sucedido."
La coordinación funcionó. El transbordo con la ambulancia se hizo en Beschtedt y 25 de Mayo, la misma esquina que un vecino vio iluminada por sirenas esa noche sin saber todavía qué estaba mirando.
Lo que ella dijo al final es lo que termina de darle peso a todo esto. "Son un montón de emociones encontradas, porque yo soy madre."
No lo dijo como explicación de por qué actuó. Lo dijo como quien intenta procesar algo que todavía le cuesta ubicar. Porque esta no era la primera vez. Días atrás había reanimado a otro bebé en un caso casi idéntico. Y ahora esto.
"Gracias a Dios pude reaccionar en las dos situaciones y poder ayudar a los dos bebés", dijo. "Muy agradecida con Dios, que me ayudó para poder salvarlos a los dos."
Dos familias. Una semana. La misma mujer, de pie en el frío patagónico, haciendo lo que sabe hacer. Y ya van dos.