viernes 01 de mayo de 2026 - Edición Nº442

Sólo el vecino salva al vecino | 8 mar 2026

VENGAN DE A UNO

En defensa de los therians

O: por qué un pibe que aúlla en el Cívico de Bariloche nos parece más cuerdo que casi todo lo demás. Vengan de a uno, el Bache se la banca.


Por: Bache3000

Hay una pregunta que nadie hace y que es la única que importa.

No es por qué los chicos se identifican con animales. No es qué falla en las familias, en las escuelas, en las redes sociales. No es qué dice esto sobre la generación Z ni sobre el futuro de la especie ni sobre los peligros del mundo virtual. Esas son las preguntas que se hacen en los paneles, y las preguntas que se hacen en los paneles siempre apuntan en la misma dirección: hacia el que tiene menos poder. Hacia el que no puede responder. Hacia el pibe.

La pregunta que nadie hace es la otra. La más simple. La más incómoda.

¿Qué le estamos ofreciendo?

Hagamos el ejercicio. Seamos un adolescente de dieciséis años en Bariloche, ciudad que debería ser un argumento a favor de la existencia pero que como casi todo en este país funciona mejor como metáfora que como realidad habitable. Uno se despierta. Afuera hay un lago que podría sacarte el aliento si no estuvieras tan ocupado tratando de llegar a fin de mes, o de imaginarte llegando a fin de mes en los próximos años, que es el ejercicio de prospectiva más aterrador disponible para un joven en la Argentina de 2024.

En el living, el noticiero. El noticiero de la mañana, que en la Argentina es un género literario propio, una forma específica de horror administrado en dosis que ya no sorprenden a nadie: una guerra, otra guerra, el dólar, la inflación, el FMI, los mercados. Los mercados, siempre los mercados, como si los mercados fueran personas con hambre y miedo y no algoritmos ejecutando órdenes de compra y venta en fracciones de segundo mientras del otro lado de la pantalla alguien con corbata explica que la situación es compleja pero hay señales de que.

El pibe escucha todo eso. El pibe tiene dieciséis años y escucha todo eso y después sale a la calle.

Lo que encuentra en la calle es lo que me interesa.

 

Lo que encuentra es el mundo que construimos. Un mundo que en Bariloche tiene la particularidad de ser extraordinariamente bello por fuera y extraordinariamente hostil por dentro (digamos, la Argentina, más bien), que es quizás la definición más precisa de la Argentina en general: un país que deslumbra a los que vienen de afuera y expulsa a los que nacen adentro. Los alquileres cotizan en dólares porque el mercado inmobiliario descubrió antes que nadie que vivir con vista al lago tiene precio de exportación. El transporte llega cuando quiere. Las calles del alto, en invierno, son una negociación permanente con la física. La ciudad fue diseñada para el turista que llega, no para el joven que nació y que algún día, si la economía no mejora, va a tener que irse aunque no quiera, aunque sea de acá, aunque el Nahuel Huapi sea suyo tanto como de cualquier extranjero que paga cuatrocientos dólares la noche en un hotel con vista al lago que él mira desde siempre gratis pero que de alguna manera siente cada vez menos propio.

En ese mundo, el pibe se junta con sus amigos. Se pone en cuatro patas. Aúlla.

Y el mundo, que construyó todo eso, se horroriza.

Hay algo que nos parece importante decir sobre los therians antes de seguir, y es esto: no nos importan los therians. Nos importa lo que los therians revelan.

Los therians son jóvenes que sienten una identidad profunda con un animal no humano. Eso es todo. No hacen daño a nadie. No le piden nada a nadie. Se juntan en espacios públicos, al aire libre, sin pantalla, con sus pares, que es exactamente lo que todo adulto les dice que hagan hasta que lo hacen de esta manera específica y entonces resulta que no era exactamente esto lo que tenían en mente.

La trampa es perfecta. Quédate en casa con el celular: mal. Salí y juntate con amigos: también mal, depende de cómo te juntes. El margen de lo aceptable es tan estrecho que casi no existe, y en ese margen tiene que caber una adolescencia entera, con sus búsquedas y sus experimentos y sus intentos de construir una identidad en un mundo que ya viene con todas las identidades pre-aprobadas y catalogadas y disponibles en formato conveniente.

El pibe elige otra cosa. El pibe elige ser lobo.

Y el mundo adulto, con la consistencia que lo caracteriza, decide que el problema es el pibe.

Déjenme describir ese mundo adulto con algo de precisión, porque me parece que en la descripción está la respuesta.

Está el militante, primero. El hombre de cuarenta y tantos años que lleva décadas sabiendo exactamente cómo debe funcionar la historia y por qué no funciona así, y la respuesta siempre es la misma: los otros. El lawfare, los medios hegemónicos, la campaña del miedo, y ahora también, aparentemente, los pibes que en vez de militar se ponen en cuatro patas en la plaza.

El militante cree que tiene las herramientas analíticas para entender la complejidad del proceso histórico, frase que usa como comodín universal, como respuesta que responde todo sin responder nada, como la llave que abre todas las puertas incluyendo la puerta que da al espejo, que es la única que nunca abre. El militante no tiene autocrítica. La autocrítica es una herramienta del enemigo. El militante tiene veinte años de proyecto y la certeza intacta de que el problema siempre estuvo afuera.

Está el emprendedor libertario, después. Esa forma elegante de llamar al trabajador en estos tiempos. El hombre de veintiocho años que descubrió la verdad hace poco y no puede creer que el resto todavía no se enteró. La verdad es sencilla: todo tiene un precio, todo tiene un retorno, todo se convierte en capital si uno tiene la mentalidad correcta y no se distrae con cosas que no escalan, como los amigos, como el barrio, como el lago, como la pregunta de quién va a vivir en Bariloche cuando todos los que nacieron acá se vayan a Lisboa a ser libres. El emprendedor habla de diez mil dólares generados antes del desayuno y cuando uno le pregunta cuánto tiene hasta ahora dice que está en fase de construcción de capital, que es otra forma de decir que todavía no pero que algún día, y ese algún día es el motor que lo mueve y también el argumento con el que invalida cualquier presente que no sea inversión, cualquier tiempo que no sea productivo, cualquier identidad que no sea la del individuo que compite y gana.

Están los padres, finalmente. Los padres progresistas y los no tanto, de los que tienen biblioteca ordenada y posiciones correctas sobre casi todo y dos talleres de crianza consciente y la convicción de que respetan las identidades diversas, todas, sin excepción, hasta que la identidad diversa es la de su propio hijo en la plaza del barrio y entonces resulta que respetan pero también hay una realidad social, hay contextos, hay cosas que la gente no entiende todavía y que generan reacciones, y ¿no habría maneras más enriquecedoras de explorarse?

Los padres son los más interesantes del ecosistema porque son los más honestos en su deshonestidad: saben que no pueden decir lo que quieren decir, que el léxico que eligieron no les permite decirlo, que hay una contradicción entre lo que creen y lo que sienten, y esa contradicción se resuelve en el silencio, en el volumen del noticiero subido dos rayitas, en el agarrá el guiso que cierra todas las conversaciones que no saben cómo terminar.

Esos tres personajes, el militante, el emprendedor libertario, los padres, son el mundo que le ofrecemos al pibe. Son lo que hay disponible. Son los modelos, los espejos, los mapas para navegar la existencia adulta.

Y el pibe los mira y dice: prefiero ser un lobo.

Hay una escena que no para de volver.

Es la señora en el banco frente al lago. Sesenta años, sándwich, celular en la rodilla. En la pantalla, imágenes de una ciudad destruida en algún lugar. Los subtítulos dicen que el número de víctimas civiles asciende a trescientos cuarenta. La señora mastica. Pasa el pulgar. Aparece una receta de tarta de manzana. La señora mastica igual.

No es crueldad. Eso es lo más importante de entender: no es crueldad. Es costumbre. Es que el mundo produjo tanto horror durante tanto tiempo y con tanta regularidad que el horror se volvió fondo, ambiente, ruido blanco de la época. Trescientos cuarenta muertos caben entre un mordisco y una receta sin producir ninguna interrupción notable en la digestión, en la tarde, en nada.

Eso es el mundo que construimos. Un mundo donde trescientos cuarenta muertos son un número debajo de la pantalla que crece todos los días con la puntualidad de una inversión bien hecha, un número que nadie para, que nadie voltea, que aparece entre el pronóstico del tiempo y la publicidad de un banco.

Y después nos preguntamos por qué los pibes no quieren ser humanos.

La respuesta que damos siempre es la misma, y tiene la forma de un consejo.

Militá. Construí el proyecto, bancá la conducción, entendé la complejidad del proceso histórico, sé parte de algo más grande que vos mismo. El militante ofrece pertenencia a cambio de obediencia y lo llama conciencia de clase.

Invertí. Construí tu capital, desarrollá tu libertad financiera, optimizá tu tiempo, escapá del sistema. El emprendedor ofrece libertad a cambio de convertirte en el sistema y lo llama independencia.

Encajá. Sé diverso pero no tanto, exploráte pero de maneras enriquecedoras, sé vos mismo pero dentro de ciertos parámetros que no generen videos virales ni conversaciones incómodas en la mesa. Los padres ofrecen amor a cambio de legibilidad y lo llaman crianza.

El pibe escucha todas esas ofertas y decide aullar.

Nosotros no encontramos en esa decisión nada que merezca horror. Encuentro algo bastante parecido a la lucidez.

Escribimos esto (luego de un debate en la redacción) y nos damos cuenta de que hay algo que todavía no dijimos, algo que está en el fondo de todo esto y que quizás sea lo más importante.

Los therians nos asustan porque son un espejo. No un espejo literal, aunque la imagen de un adolescente en cuatro patas en el Centro Cívico de Bariloche con el lago y la montaña de fondo sí produce cierto efecto en el adulto promedio. Un espejo en el sentido de que su elección, la elección de no querer ser humano, es una crítica. No articulada en términos que el mundo adulto reconozca como crítica política. No organizada, no con consignas, no con petitorio. Pero crítica al fin, y de las más honestas que circulan en este momento: prefiero ser otra cosa antes que esta versión de lo humano que me están ofreciendo.

Y nosotros, en lugar de escuchar la crítica, patologizamos al crítico. Como hicimos siempre. Con cada generación que nos incomodó. Con los hippies, con los punks, con los emos, con los millennials. Siempre el mismo movimiento: el joven señala algo que está mal y el adulto le dice que el problema es él, que le falta madurez, que cuando crezca va a entender, que en mis tiempos.

En mis tiempos. Esa frase. Esa frase que siempre acompaña la imagen de un pasado mejor que no existió del todo, o que existió para algunos y no para otros, o que existió a costa de cosas que en mis tiempos tampoco se nombraban.

En nuestros tiempos también había guerras. En nuestros tiempos también había un número debajo de la pantalla que crecía. En nuestros tiempos también les decíamos a los jóvenes que el problema eran ellos. Su pelo largo. Su música. O mirar mucha TV. En nuestros tiempos no gobernaba Milei o Cristina, sino dictaduras y turcos.

Terminamos  en donde empezamos, con la pregunta que nadie hace.

¿Qué le estamos ofreciendo?

Le ofrecemos un planeta que se calienta y que nosotros calentamos y que le vamos a dejar caliente. Le ofrecemos una economía que no tiene lugar para él, que lo va a expulsar de la ciudad donde nació, que va a seguir discutiendo sus herramientas con el mismo fervor con que se discutieron siempre, sin que nada cambie sustancialmente para él. Le ofrecemos guerras que no entiende y que nosotros tampoco entendemos pero que miramos entre un mordisco y una receta de tarta de manzana. Le ofrecemos un mundo que lo quiere productivo, invertido, militante, encajado, legible, y que se horroriza cuando en cambio elige ser lobo.

Le ofrecemos este mundo y nos sorprende que prefiera ser otra cosa.

Hay una línea en todo esto que me parece que lo dice todo, aunque nadie la diga en voz alta: un adolescente patagónico, rodeado de la naturaleza más extraordinaria del país, con el Nahuel Huapi a cuatro cuadras y el bosque a diez minutos y los cóndores sobrevolando el cerro, prefiere identificarse con un lobo antes que con nosotros.

No con un unicornio. No con un dragón. Con un lobo. Con algo real, que existe en ese bosque, que corre y caza y cuida a su manada y no le debe explicaciones a nadie sobre su modelo de desarrollo personal.

Si eso no nos dice algo sobre nosotros, entonces somos nosotros el problema. No el diagnóstico.

Dejen a los pibes aullar.

Y pónganse a construir un mundo que no los espante para ser perros.

 

(Las opiniones de esta columna son del autor. Cualquier parecido con la realidad es un problema de la realidad, no del autor).

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