Por: Bache3000
Afuera llueve. No llueve bonito, no llueve como en las películas donde dos personas se besan bajo un toldo y todo parece poético. Llueve como llueve acá, con ganas, con convicción, con esa honestidad brutal que tienen las cosas que no te piden permiso.
El Servicio Meteorológico Nacional elevó el alerta a naranja. Naranja. El color de las señales de peligro, de los conos en la ruta, de los chalecos de los tipos que trabajan en la lluvia mientras otros toman café adentro y miran por la ventana con cara de filósofos baratos.
Treinta a cincuenta milímetros acumulados, dicen. Principalmente a la mañana. Y después aclaran, con esa honestidad de funcionario que uno aprende a respetar, que los valores podrían superarse en forma local. Lo cual significa que si vos estás en el lugar equivocado, los números no sirven de nada. La naturaleza no lee los informes que ella misma inspira.
No se descarta nieve en las zonas más elevadas. Nunca se descarta nada acá. Eso es lo bueno de este lugar, que siempre te recuerda que el control es una ilusión que los humanos inventaron para dormir tranquilos.
A la tarde, viento. Fuerte. El alerta amarillo de días anteriores lo anticipaba y ahí está, cumpliendo. El viento siempre cumple. No como las personas.
El Parque Nacional dice que hay que informarse antes de salir. Consultar Vialidad Nacional para el estado de las rutas. Revisar el SMN. Ver si los refugios están abiertos o cerrados. Todo eso está bien. Todo eso es sensato. Pero hay algo más que no está escrito en ningún comunicado oficial y que cualquiera que haya pasado tiempo en la montaña sabe: el cerro no negocia. No le importa tu agenda, tu pronóstico personal, tu optimismo de fin de semana.
La responsabilidad, dicen, recae en forma absoluta sobre los visitantes y prestadores turísticos. Eso también está bien dicho. Porque al final del día, cuando el agua sube y el viento dobla los árboles, no hay nadie más. Solo vos y lo que decidiste hacer con la información que tenías.
Quedarse adentro no es cobardía. A veces es la única decisión inteligente disponible. Y la inteligencia, como la lluvia de hoy, no pide disculpas.