Por: Bache3000
Hay una forma de hablar que no se aprende en ningún lado. Se aprende viviendo en un lugar donde nadie te mira, donde el colectivo pasa cada una hora si es que pasa, donde el invierno baja desde la montaña y te encuentra con cuatro chapas y un tacho con agua y una canilla en la esquina. Julio Crespo habla así. Cuando se paró ante la Comisión Especial de Participación Ciudadana y pidió la palabra, no llevaba ningún papel. Llevaba setenta y un años y la historia de un barrio que se construyó a sí mismo porque el Estado no apareció nunca, o apareció tarde, o apareció mal.
Lo primero que dijo fue una palabra sola: tragedia. La dejó caer en el silencio de la sala y esperó. Sabe cuándo hay que esperar.
Crespo llegó al Alto de Bariloche mucho antes de que el Alto fuera lo que es hoy. Llegó sin agua, dice, pero lograron poner el agua. Llegaron sin gas y lograron poner el gas. Lo que no lograron, lo que nadie logró durante décadas, fue sacar el basural que tenían al lado. El CRUM. El vertedero. La porquería, como él lo llama, sin eufemismos, sin la distancia técnica que usan los funcionarios cuando hablan de gestión de residuos sólidos urbanos.
Allá por el año 93 o 94, cuenta, hubo un traslado masivo. El municipio agarró a las familias que vivían en distintas tomas de la ciudad y las llevó a lo que entonces se llamaba las 34 Hectáreas. Trescientas setenta familias. Las pusieron ahí, abrieron las calles, palmaron el asfalto y se fueron. Lo que nadie dijo, lo que nadie pareció advertir o quiso advertir, es que esas familias iban a vivir exactamente al lado del basural. Sin colectivo. Sin servicios. Sin nada. "Los tiraron ahí", dice Crespo, y la frase tiene la precisión de quien lo vio, de quien estaba cuando pasó.
Durante años, el humo del basural se lo comieron ellos. Los del barrio El Pilar primero, los del Frutillar después, los de todo el Alto siempre. Dirigentes vecinales que murieron con asma. Vecinos que tomaron agua contaminada. Animales que entraban al basural y después volvían a los barrios con las enfermedades adentro. "A la sociedad de Bariloche no le entraban las balas", dice Crespo, y no lo dice con rencor sino con la lucidez de alguien que entendió hace mucho cómo funciona la indiferencia. Éramos mil, dice. A quién le importaba mil tipos allá arriba.
El cambio llegó, si llegó, cuando empezó a llegar otro tipo de gente al Alto. Hacia 2007 o 2008, con nuevos planes de vivienda, con las 645 extendida, con otros loteos, empezaron a aparecer vecinos de otro nivel socioeconómico. Y esos vecinos descubrieron lo que los de siempre sabían desde hacía veinticinco años: que el basural los contaminaba. Entonces sí. Entonces empezaron a escuchar.
Crespo no dice esto con amargura, o si la tiene, la guarda. Lo que dice, parado ante los varios concejales y los legisladores que integran la comisión, es que la decisión que tienen que tomar es de ellos, que no le tengan miedo, que los vecinos los van a acompañar si la llevan bien. Que acá ya no importa el color político. Que hay quince mil personas viviendo ahí arriba y que muchas de ellas nunca bajaron al centro de Bariloche, jamás, porque la gente del Alto aprendió a mirar a los funcionarios de lejos, nunca de cerca, porque los errores fueron demasiados y la memoria es larga cuando el daño es real.
También les dice algo más duro, algo que pocas veces se dice en estas instancias con tanta claridad: que la política muchas veces apuesta a que la gente se canse. Que los dejan venir dos o tres meses y después no molestan más. Lo dice y la sala aplaude, y el aplauso tiene esa textura particular de cuando alguien nombra exactamente lo que todos pensaban pero nadie había dicho.
Crespo termina como empezó, sin papeles y sin adornos. Dice que no preparó nada, que solo puso en el medio una palabra: tragedia. Y que la puso porque cree que merecen que alguien se acuerde de ellos, los que empezaron siendo ochocientos o setecientos allá arriba, los que pusieron el agua y el gas con esfuerzo propio, los que respiraron el humo durante décadas, los que ya no están para ver si finalmente alguien hace algo.
Hay una pregunta que Crespo no hace pero que flota en todo lo que dice, y es la misma que flota sobre cada audiencia, sobre cada ordenanza devuelta a comisión, sobre cada amparo ambiental y cada pedido de astreintes: cuánto tiempo más. Quince mil personas viven ahí arriba. El vertedero sigue ahí. Y la comisión tiene la palabra.