Por: Bache3000 // producción Germán Hernández y Matías Garay
La oficina no para. Entra un asesor con una carpeta, sale sin la carpeta. Entra alguien que saluda con la mano apoyada en el marco de la puerta y desaparece. Suena un teléfono. Hay papeles sobre el escritorio, hay una bandera detrás, hay un ruido sordo de una institución que funciona. Pedro Pesatti está en el centro de todo eso y parece no verlo, o verlo tan naturalmente que ya forma parte de él como el aire. Vicegobernador de Río Negro. Presidente de la Legislatura. El número dos de una provincia que, como él mismo va a decir en algún momento de la tarde, no es una isla.
Tiene gripe. El antibiótico, aclara casi al pasar, recién empieza a hacer efecto. Igual habla. Igual explica. Igual construye sus argumentos con esa paciencia de profesor que no da nada por sabido, que prefiere ir despacio antes que llegar rápido a ningún lado. Es su estilo. Lo tiene desde antes. No es afectación: es método.
La pregunta de arranque es casi académica: la diferencia entre crecimiento y desarrollo. Pesatti la toma con cuidado, como si abriera un cajón que guarda algo frágil. Junta las manos. Ordena.
"El crecimiento económico de por sí no garantiza que se desarrolle socialmente una comunidad", dice. El mercado crece bien, mejor que nadie, con una eficacia que él mismo reconoce sin dudar. Pero el mercado no distribuye. El mercado llega hasta donde llega y ahí se detiene. El Estado es el que tiene que entrar donde el mercado no va. Esa es la diferencia. Simple. Enorme.
Para que quede claro, busca una imagen. "Es como si una persona quisiera desarrollar la musculatura de sus brazos y se olvidara del resto del cuerpo". Se puede tener un bíceps enorme y una pierna flaca. Eso no es desarrollarse. Eso es crecer mal. Y pone el caso del modelo agroexportador argentino: exitoso, competitivo, poderoso. Pero insuficiente, por sí solo, para que los cuarenta y cinco millones de argentinos participen de sus beneficios. "Para que eso ocurra hay que intervenir, y esa intervención la tiene que hacer el Estado".
Mientras habla, alguien golpea suavemente la puerta. Pesatti levanta la vista un segundo, hace un gesto casi imperceptible, la puerta se cierra. Sigue.
Le preguntamos si siente que hoy en la Argentina nadie está pensando en el desarrollo. La respuesta es tranquila pero no deja margen. "La palabra desarrollo prácticamente ha desaparecido del léxico corriente", dice. Ya no se habla de desarrollo. Se habla de macroeconomía, de superávit, de tipo de cambio. Y eso le parece un error que además es mentira. "La mejor forma de saber cómo anda la economía es preguntándole al argentino de a pie cómo está el bolsillo. Cómo está la jubilación de un jubilado, cómo está funcionando el comercio de un vecino en un barrio". La economía real, insiste, es la microeconomía. La del hombre de a pie. Todo lo demás son números que miran para otro lado.

(Foto: Matías Garay, Bache3000)
Ahí viene la parte más dura. Le preguntamos qué tema le preocupa cuando se levanta a la mañana pensando en la provincia. Dice que no puede pensar por partes. Que lo que le preocupa es la Argentina entera. Se acomoda en la silla. El tono cambia apenas, pero cambia.
"Estamos muy al límite de lo que puede significar una fractura social". Lo dice así, sin subir la voz. Y plantea la pregunta que flota en el aire de cualquier conversación política de estos meses: ¿cuánto tiempo más puede aguantar el cuerpo social de la nación con políticas de ajuste que no terminan nunca?
El argumento tiene estructura. La Argentina espera que el litio, el gas y los minerales críticos la lleven a una orilla mejor. Puede ser. Pesatti no lo niega. Dice que esas dos economías —la energética y la minera— probablemente sirvan, cuando estén funcionando, para que el país tenga una perspectiva distinta. Pero hay un mientras tanto. Y en ese mientras tanto hay jubilados que no llegan al medicamento, trabajadores que pierden el empleo, una revolución tecnológica —la inteligencia artificial— para la que el Gobierno no tiene ningún plan de mitigación.
"Es como si supiéramos que hay un pronóstico de una inundación perfectamente pronosticada, científicamente probada, y no hay ningún plan de defensa. No hay nada. Es simplemente dejar que venga".
Hace una pausa. Después: "¿Alcanza la motosierra cuando si hoy hay una fractura social, todo este terreno que hay que ir transitando se va a volver inviable? ¿Alcanza la seguridad jurídica del RIGI cuando no hay seguridad social?"
No es retórica. Es, dice, una lectura pragmática. O mejor: la denuncia de su ausencia. "Hasta en términos pragmáticos es una lectura absolutamente equivocada". El Gobierno, sostiene, está arrastrando al país hacia una fractura social de consecuencias impredecibles. Lo dice peligrosamente tranquilo.
En el aire flota la sensación de distancia abismal entre Pesatti y el Gobierno Nacional.
Vuelve a ordenar. Hay otra palabra que también desapareció del vocabulario público, dice: nación. Entra alguien, deja algo sobre un costado del escritorio, sale. Pesatti ni parpadea.
"La nación es equivalente a lo que entendemos por hogar en una casa. El país es el equivalente a la casa. La dimensión material". Y construir un hogar es distinto a comprar una casa. La casa se puede heredar, alquilar, conseguir con un préstamo del banco. El hogar se construye con afecto, con relaciones de calidad, con respeto. "Una nación no se compra con plata del Fondo Monetario ni con la plata que puede venir del RIGI".
La nación la construyen los argentinos entre sí. Y eso es lo que está en crisis, dice. No la economía solamente. El vínculo. "El modelo de la crueldad no es un modelo que pueda producir una relación entre las personas de calidad. No hay hogar en el mundo que se construya sobre la crueldad y sobre la inhumanidad. Y una nación tampoco".
Pensar en una provincia como una isla es un grave error, agrega. "Es como si uno creyera que viviendo muy bien en una habitación de la casa ya tiene resuelto el problema de la vida en ese hogar." Se feudaliza la Argentina, dice, y usa un término que en su boca suena casi doméstico: "si cada integrante se encierra en su pieza, termina siendo un despelote".
Sobre la provincia, Pesatti separa con cuidado. Lo que Río Negro está viviendo en materia de inversiones es positivo: el RIGI aprobado en la Legislatura, el oleoducto, el gas natural licuado, la minería en Sierra Grande. "Son dos cosas distintas", dice. Pero el contexto nacional impacta igual. "Hay una disolución de lazos que yo lo estoy viendo en la provincia. Tal vez no todos alcanzan a verlo".
Sobre Bariloche la preocupación es concreta: el dólar caro que destroza la competitividad turística, el gas que en un país con el segundo yacimiento más grande del mundo se paga igual que en Chile, que no tiene una gota. "Para que podamos ser más competitivos necesitamos un Estado que intervenga. Una forma de hacerlo es que en un país donde la energía existe en abundancia, el gas sea mucho más barato para abastecer la demanda del turismo en la cordillera". El turismo es la principal economía de la ciudad más grande de la provincia. Y el Gobierno nacional, dice sin rodeos, "es un gobierno al que no le importa en absoluto el desarrollo del país".
Río Negro, en cambio, tiene algo que pocos tienen: diversidad productiva. La fruticultura, el turismo, la ganadería, la horticultura, la minería, la energía, la pesca, la industria. Y en su máxima expresión, INVAP: la empresa de tecnología más importante de Sudamérica, propiedad cien por ciento del Estado provincial. "Nosotros no entrenamos solamente el músculo de un brazo. Tratamos de entrenar toda la musculatura". Todas las partes de la provincia son necesarias, repite, desde el paraje perdido en la meseta hasta Bariloche. Todas hacen al motor. Por eso importa la integración. Por eso fue siempre, dice, el concepto organizador de todo lo que construyó.
Hacia el final, la conversación cambia de temperatura. Le preguntamos por Juntos Somos Río Negro, por los candidatos que ya se posicionan para el 2027, por el gobernador Weretilneck. Hay un silencio breve, casi quirúrgico. El profesor deja paso a otra cosa.
Sobre lo institucional es escueto: "Como tiene que ser. No hay problemas institucionales". Sobre lo partidario, la voz no sube pero algo en la cadencia se asienta, se vuelve más pesado.
"Estoy fuera, digamos, del oficialismo, no por una decisión propia, sino porque ha habido una decisión claramente marcada de parte del gobernador y de quienes lo acompañan".
Lo dice mirando al frente. Sin adornos. Después agrega algo que queda flotando en el aire quieto de la oficina agitada: "¿Hay un proyecto de poder? Sí. Pero no es lo mismo que un proyecto político. Eso me duele en el alma". Lo dice sin dramatismo. Eso es lo peor. El dolor sin teatro es el más verdadero.
Sin embargo, muy en el fondo, sus ojos se empañan.
Juntos Somos Río Negro nació, recuerda, con la idea de la integración provincial como concepto central. Con la convicción de que una provincia continente, con distancias enormes entre una ciudad y la otra, solo puede desarrollarse si ningún engranaje queda afuera. "Yo sigo con la misma idea que tenía. Espero que todos sigan con lo mismo." Una pausa breve. "Ojalá me equivoque".
De cara al 2027, Pesatti es claro en una cosa: lo anti nunca alcanza. "Pensar las cosas en contra de alguien es bastante precario. Siempre hay que decir lo que uno quiere hacer. No alcanza con decir lo que uno no es". El próximo gobierno va a encontrar millones de jubilados cobrando una miseria, hijos que tienen que socorrer a sus padres porque no les alcanza para el remedio o para comer. Y no puede no haber una respuesta. "Cuando una sociedad no tiene sensibilidad frente a sus adultos mayores y frente a los niños, esa sociedad perdió todo rumbo".
Lo que necesita la política, dice, es ponerse del lado de la demanda. No de la oferta. "Hoy encontramos muchos políticos que se plantean como oferta, como si fueran un muñeco en una vidriera para que el electorado pase y los compre. Necesitamos ponernos del lado de la demanda. ¿Qué cosa está demandando la sociedad? Y en función de eso, pensar las respuestas".
Entra alguien más. Pesatti levanta la mano, señal de que ya termina, que ya va. Nosotros también terminamos. Le agradecemos. Se para, estrecha la mano, dice que espera que la gripe no le haya jugado en contra. Le decimos que no, que estuvo muy bien. Sonríe apenas.
Afuera de la oficina el movimiento sigue igual. Carpetas, pasillos, voces. La Legislatura de Viedma a toda máquina. Adentro quedó un hombre que habló de la provincia como quien habla de algo que está dentro de él, como un hijo o un ser querido. Queda el que habló del hogar político que ayudó a construir y que hoy no reconoce del todo.
Hay hombres que añoran en voz baja. Pesatti lo hace en voz alta, con argumentos, con método, con la paciencia de quien enseñó toda la vida que las palabras tienen que significar algo. Eso también es una forma de dolor.

(Foto: Matías Garay, Bache3000)