Por: Bache3000
Hay una cosa extraña que pasa cuando uno hace periodismo en una ciudad chica. O mediana. O lo que sea que sea Bariloche, esa anomalía geográfica donde conviven el turista noruego que paga fortunas por ver nieve con el vecino que lleva quince años esperando que le asfalten la calle. Lo extraño es esto: en algún momento, si uno hace bien las cosas, o si las hace con suficiente pasión como para que el error también se note, la ciudad empieza a hablar de vos. No con admiración necesariamente. Con esa familiaridad rara, casi involuntaria, que tienen los vecinos con el almacenero del barrio o con el bache de la esquina que ya nadie reporta porque ya todos saben que está y que va a estar.
Eso, en un año, nos pasó a nosotros.
Seamos honestos: nadie en este equipo pensó que iba a pasar. Uno empieza estas cosas con la ilusión un poco loca de quien planta un árbol en el patio y no está muy seguro de si va a dar sombra o simplemente va a estorbar. Empezamos a publicar. A cubrir. A poner en palabras lo que pasaba en las calles, en el Concejo, en los pasillos del municipio donde la información circula en voz baja y con nombre y apellido pero nadie se anima a firmar. Y de a poco, sin que nadie lo decretara, Baribache empezó a instalarse en la boca de la gente.
En los taxis, que son el termómetro de cualquier ciudad del mundo. El taxista no miente. El taxista sabe. El taxista tiene, en promedio, diecisiete teorías distintas sobre por qué la ciudad funciona mal y cuatro ideas concretas para arreglarlo, todas mejores que las del municipio. Ellos nos leen. Nos citan. A veces nos discuten.
En los remises, que son los taxis pero con un poco más de confianza. También nos discuten.
En los Uber, que son los remises pero con aplicación. Y son los que recién se sientan a la mesa. Nos quieren, nos informan, y también nos discuten.
En las secundarias, donde los pibes —y acá hay que pedirles por favor que se porten bien, que sus viejos nos leen y ya tenemos bastante con el Concejo— nos agarraron de un modo que no terminamos de explicarnos del todo. Será que los pibes tienen un instinto infalible para detectar cuándo algo es genuino. O será que la información les llegaba desde otro lado y ahora les llega desde uno que habla más o menos como ellos hablan en el recreo.
Nos leen los concejales. Esto merece un párrafo aparte, porque es un fenómeno que tiene su propia lógica retorcida. El concejal te lee cuando publicás algo que lo perjudica y te ignora cuando publicás algo que lo favorece, pero en ambos casos, sin excepción, sigue leyendo. Es su manera de estar informado sin admitir que está informado. Es su manera de saber qué piensa la ciudad sin salir a preguntárselo directamente, porque de alguna manera la ciudad está acá, todo el tiempo opinando.
Los legisladores provinciales, idem.
Los empresarios, que nos leen con la suspicacia específica de quien lee un medio que podría publicar algo sobre él en cualquier momento y sabe que si hay algo para publicar, tarde o temprano va a aparecer.
Los comerciantes, especialmente a los que les roban, que son más de los que uno quisiera y menos de los que la estadística real indica, porque la mayoría de los robos nunca se denuncia y nunca se sabe. Ellos nos escriben. Nos mandan fotos. A veces nos mandan videos que parecen películas de suspenso filmadas con celular en un local cerrado a las dos de la mañana.
Y después están ellos. Los que trabajan en la calle. Los que reparten. Los que ponen el cuerpo al frío patagónico que no es el frío pintoresco que describe la publicidad turística sino el frío de verdad, el que te entra por el cuello cuando el viento baja del cerro y ya no hay metáfora que lo suavice. Esos nos mandaron las fotos más importantes del año. Los baches inundados. Las obras que no avanzan y las que sí. La nieve cayendo sobre las cloacas tapadas. La ciudad tal como es, sin filtro, sin encuadre institucional, sin el ángulo amable.
Hoy, Baribache tiene 62 millones de reproducciones mensuales. El número suena grande porque lo es. Pero hay una manera mucho más concreta, mucho más humana, de entender lo que significa: cuando alguno de nosotros va a un asado —y en Bariloche uno siempre termina en un asado, es una ley no escrita de la Patagonia— y no sabe quién sos, en algún momento de la noche alguien saca el teléfono y dice "¿viste lo que publicó Bache?". Y ahí está. Sin que nadie lo convoque. Sin campaña de marketing ni algoritmo que lo explique del todo. La gente habla de lo que vio, de lo que le importó, de lo que le pareció justo o injusto o directamente un escándalo. Y nosotros, sentados ahí con el vaso en la mano, escuchamos en silencio y tratamos de no ponernos colorados.
Es el mejor termómetro que tenemos. Más honesto que cualquier métrica, más elocuente que cualquier gráfico de alcance. Cuando la ciudad te cita sin saber que estás en la mesa, algo hiciste bien.
Porque eso es, en el fondo, lo que somos. Somos la síntesis —imperfecta, ruidosa, a veces contradictoria— del hermoso quilombo que es esta ciudad. Una ciudad que se pelea consigo misma todo el tiempo y que sin embargo, en algún momento del año, siempre encuentra la manera de quererse. Que discute el presupuesto y hace una colecta para el vecino del barrio. Que le grita al intendente en la audiencia pública y después se saca una foto con él en la inauguración. Que tiene dos opiniones sobre cada tema y las dos son sinceras y las dos tienen algo de razón y ninguna tiene toda la razón, que es exactamente la condición humana aplicada a la escala de una ciudad de 200 mil habitantes rodeada de montañas.
Eso intentamos representar. Con contradicciones incluidas. Con las voces que no siempre coinciden con lo que pensamos, porque entendemos que el periodismo no es el lugar donde uno impone lo que piensa sino el espacio donde la ciudad se escucha a sí misma.
En donde respira.
No somos perfectos. Sería ridículo decir que lo somos. Nos equivocamos. Publicamos cosas que después tuvimos que corregir. Llegamos tarde a algunas historias que merecían llegar antes. Nos faltaron horas, fuentes, datos. El periodismo local tiene esa característica cruel: se hace con lo que hay, con el tiempo que hay, con los recursos que hay, y lo que hay nunca es suficiente para la cantidad de cosas que pasan.
Pero nosotros los tenemos a ustedes. Que son los que alimentan este medio de comunicación. Por eso Bache es de ustedes.
Y lo hacemos con humildad. Con pasión, que es una palabra que se gasta fácil pero que en este caso describe algo concreto: la disposición a levantarse a las seis de la mañana cuando hay algo que cubrir, a responder el mensaje de las once de la noche cuando alguien manda un video que no puede esperar, a escribir la nota cuando uno ya está cansado porque la nota tiene que estar. Con amor por la comunicación, que es una manera de decir que creemos que las palabras importan, que la información importa, que la gente tiene derecho a saber lo que pasa en la ciudad donde vive y que ese derecho no es un privilegio sino una condición básica de la vida en democracia.
Aprendimos también que el humor es una herramienta periodística seria. Suena paradójico, pero es exactamente así. Bariloche tiene un ego particular, el de la ciudad que sabe que es hermosa y que a veces confunde eso con ser perfecta. Y hay cosas que esa ciudad no se puede decir a sí misma en voz alta sin ponerse a la defensiva: que el bache existe aunque haya lago, que la vista al Nahuel Huapi no tapa el olor del vertedero, que ser destino turístico internacional no te exime de tener una política de residuos del siglo pasado. El humor es la puerta lateral por donde entra lo que la puerta principal rechaza. Una nota seria sobre el mismo tema puede generar resistencia; un video, una infografía irónica, un titular que te hace reír antes de hacerte pensar, logra que la información llegue antes de que el ego la intercepte. No nos reímos de Bariloche. Nos reímos con Bariloche, que es una diferencia enorme, y que sólo funciona cuando hay afecto real de por medio. El nuestro lo hay.
Este año viene con novedades. Cambiamos el logo —que ya era hora, seamos francos. Agregamos secciones, sacamos otras, y le damos un lugar al humor, porque esta ciudad produce material cómico de una calidad extraordinaria y de manera completamente involuntaria, y sería un crimen no aprovecharlo.
Vamos por más. Eso es lo único que sabemos hacer.
Gracias. Gracias de verdad, sin cursilerías. Gracias a los que nos leen en el colectivo. A los que nos mandan fotos del bache antes de que el agua les tape las rodillas. A los que nos escriben para quejarse de algo que publicamos porque eso también es una forma de estar, de participar, de tomarse en serio lo que pasa. A los que nos mandan el audio con la denuncia y nos piden que por favor no digamos de dónde viene. A los que directamente nos llaman.
A todos ustedes: nos vemos en la próxima. Que va a ser pronto, porque esta ciudad no descansa nunca y nosotros tampoco.
Nos vemos saltando baches. Porque como saben, no nos tapa nadie.
El equipo de Baribache / Bache3000
