Por: Bache3000
Llovía, como casi siempre llueve el 3 de mayo en Bariloche. La ciudad cumplía 124 años y el cielo volvía a hacer lo suyo: recordarle a la fiesta que esto es la Patagonia, que la montaña no pide permiso, que el frío no negocia con los calendarios. Sobre la avenida Mitre, el escenario estaba montado, los parlantes funcionaban, las banderas aguantaban el viento húmedo. Y debajo del techo —del techito, ese saliente que protegía el palco— se acomodaban los que mandan.
Estaba el gobernador Alberto Weretilneck. Estaba el intendente Walter Cortés. Estaban senadores peronistas y senadores libertarios (uno pegado al lado del otro), legisladores provinciales, concejales, el ministro de Obras Públicas Carlos Valeri, la intendenta de Valcheta, Yamila Direne; el de Dina Huapi, Hugo Cobarrubia, Juan Pablo Muena, la legisladora Malala Frei del PRO, el presidente de los ediles, Gerado Del Río, Natalia Almonacid —la nueva secretaria del gobierno provincial—, Dámaso Larrauru de Parques Nacionales, autoridades del Ejército, de Prefectura, de Gendarmería, de la Policía de Río Negro. También estaba en la esquina, justo en le borde del palco Juan Pablo Ferrari, Mary Coronado, Roxana Ferreyra del peronismo y Estanislao Cazaux, del Tribunal de Cuentas.
Todo el sistema político de la región, junto, apretado bajo el mismo alero, unido no por convicción sino por la lluvia.

Del otro lado, mirándolos, estaba la gente. Poca. Muy poca para lo que suelen ser los cumpleaños de Bariloche. La lluvia y el frío hacían lo suyo también con las familias, con los vecinos, con los que en otro año habrían llenado la calle. En el medio, ese espacio que separa a los que gobiernan de los que son gobernados, había dos rebeldes.
Facundo Villalba, concejal, decidió quedarse abajo. Mojándose como el resto de los mortales.Lo particular es que tenía anteojos de sol bajo el diluvio.
La otra, Marcela González Abdala hizo lo suyo también: se quedó a un costado del palco, con un sombrero salido de la Rural, del lado de la gente. Mate en mano. El año pasado habia hecho lo mismo. Hace pocos días la legisladora quedó fuera del armando local de juntos. Quedarse abajo o subir. Hubo comentarios desde el palco. Es una elección pequeña, casi simbólica, pero en política los símbolos pesan más que los discursos.

Y de discursos hubo. Walter Cortés habló de los 124 años como de una acumulación de sueños y esfuerzos compartidos, habló de la identidad forjada entre la montaña y el Nahuel Huapi, habló de gestionar con transparencia y de proteger el patrimonio de todos los barilocheenses. Dijo que no vino a prometer lo imposible. Pidió que siguieran caminando juntos. Habló de la gente del Alto y del Bajo que espera oportunidades. Fue el discurso que se espera de un intendente en el cumpleaños de su ciudad: cauteloso en el fondo, cuidadoso con cada promesa.
Weretilneck habló de los pioneros y de los que vienen detrás. Habló del futuro como de una deuda con los que todavía no llegaron. Mencionó que durante muchos años Bariloche y la provincia estuvieron desencontradas, y que hoy pueden consensuar todos los temas. Le agradeció a Cortés la invitación y le prometió el compromiso de la provincia. Fue el discurso de un gobernador que gobierna cómodo, que habla desde el palco con la autoridad de quien sabe que nadie lo va a interrumpir.
Pero, esto es Bariloche. Y siempre pasa algo.
En algún momento del acto, cuando el senador nacional por La Libertad Avanza, Enzo Fullone —el de Río Negro, 37 años, originario de General Roca, saquito beige bajo la lluvia patagónica— le entregó al intendente Cortés un presente del Congreso Nacional, el silencio se abrió. Y en ese silencio, desde algún lugar entre la esquina de Mitre y Rolando, una voz de mujer atravesó el aire frío: "traidor, entregaste los glaciares. Vende Patria".

Fue una expresión aislada. Fullone la miró fiero. Se la bancó. No respondió, no se movió, sostuvo el gesto con esa determinación de quien sabe que le van a gritar y ya llegó preparado. La política argentina tiene esa textura: los actos oficiales como escenarios donde también irrumpe la calle, donde el protocolo se rompe en una sola frase, donde un solo grito puede decir lo que los discursos nunca dirían.
Un detalle más: cuando Weretilneck nombró en su saludo a la "senadora" —en referencia a la camporista Ana Marks, omitió nombrar a Fullone, —, el senador lo miró. Fiero también. El gobernador siguió. Fullone se la bancó de nuevo.
El desfile quedó suspendido parcialmente. Las escuelas, los jardines, las instituciones que suelen marchar por la avenida principal no iban a salir con ese clima. La decisión fue razonable, quizás tardía. La lluvia llevaba horas diciéndolo. Más tarde, con el sol asomado, el desfile se retomaría.
Bariloche cumplió 124 años bajo el agua. El sistema político se apretó bajo un techo. Dos díscolos eligieron mojarse. Una vecina dijo lo que pensaba. Y la ciudad siguió siendo lo que es: un lugar donde el frío no excluye el calor de la disputa, donde la montaña mira todo con indiferencia y el lago no opina.