martes 19 de mayo de 2026 - Edición Nº460

La ley y el orden | 18 may 2026

HABÍA DOS CASQUILLOS

¿Quién guarda el arma después de un suicidio? El caso que desconcierta a los investigadores

Un hombre de 84 años apareció muerto de un disparo en el pecho en su domicilio. El arma estaba guardada en la mesita de luz. Había dos casquillos. Su hijo, de unos 50 años, dio aviso a la policía. Ahora ambos están bajo la lupa de una investigación que recién empieza.


Por: Bache3000

La escena no cierra. Nunca cierra cuando hay un muerto y las cosas que deberían estar en un lugar están en otro. Cuando lo que debería ser simple se vuelve enrevesado. Cuando un suicidio —que es siempre la hipótesis más sencilla, la que todos queremos creer para que el mundo siga siendo previsible— deja un reguero de detalles que no encajan.

Un hombre de 84 años. Un disparo en el pecho. La policía que llega después de que el hijo —cincuentón, DNI arriba de 25 millones— llama para avisar que su padre está muerto. Y entonces, en medio del horror y la conmoción que cualquiera esperaría, un detalle: el arma que supuestamente usó el viejo para quitarse la vida está prolijamente guardada en la mesita de luz. Como si alguien hubiera tenido el temple, después del estruendo y la sangre, de ordenar la escena. De ponerle un poco de lógica doméstica al caos.

¿Quién guarda un arma después de usarla para matarse? De todas formas, todo está en el marco de una hispótesis que maneja la justicia. A veces las personas actuán de una forma rara en medio del dolor. Lo cierto es que todo está investigado.

La pregunta flota en el expediente judicial que ahora tramita como "muerte dudosa", esa categoría elástica que la Justicia usa cuando todavía no sabe bien qué pasó pero intuye que algo no está del todo claro. Porque sí, técnicamente todos los suicidios arrancan como muertes dudosas —protocolo puro, burocracia preventiva—, pero este tiene condimentos que lo sacan del manual.

Dos casquillos. Ese es otro. Dos casquillos en la escena. Uno podría imaginar —con toda la generosidad interpretativa del mundo— que un hombre de 84 años, decidido a terminar con su vida, agarra el arma, tiembla, dispara al techo, al piso, a cualquier lado en un primer intento fallido, y después sí, en el segundo, se apunta al pecho y cumple. Podría. La realidad es más rara que cualquier ficción y la desesperación no sigue guiones. Pero también podría ser otra cosa. Y ahí está la grieta por donde se cuela la duda.

La autopsia de mañana va a decir mucho. Va a decir todo, en realidad. La trayectoria del disparo, la distancia, el ángulo. Si el gatillo lo apretó él o alguien más. Si esos dos casquillos cuentan la historia de un anciano confundido o la de algo más oscuro. Mientras tanto, la Justicia hace lo que tiene que hacer: investigar. Le hicieron la prueba de parafina al viejo y al hijo. Le secuestraron la ropa al hijo también. Elementos, indicios, rastros químicos que puedan contar qué manos tocaron qué cosa en esas horas finales.

El hijo tiene alrededor de 50 años. Eso lo convierte en una persona en plena adultez, no un pibe desbordado por la situación. Alguien que, en teoría, debería tener la capacidad de procesar, de reaccionar, de explicar. Y que ahora está en el centro de una investigación que todavía no descarta nada. Ni el suicidio ni la otra hipótesis. La que nadie quiere nombrar pero que todos intuyen cuando escuchan los detalles: la del homicidio disfrazado.

Por ahora, la causa sigue abierta. La autopsia es mañana. Y después se verá. Después sabremos si esto fue la decisión de un hombre cansado de vivir o si fue otra cosa. Algo más retorcido. Algo que convirtió una casa de Bariloche en el escenario de una muerte que, por más que alguien haya intentado ordenarla, dejó demasiados cabos sueltos.

Dos casquillos. Un arma guardada. Un padre muerto y un hijo que ahora tiene que explicar qué pasó esa noche.

La Justicia espera respuestas. La autopsia las va a empezar a dar.

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