lunes 25 de mayo de 2026 - Edición Nº466

Sólo el vecino salva al vecino | 25 may 2026

¡FELÍZ DÍA, CHE!

Nuestra Patria, nuestro Patio

10:31 |El debate por el Cerro Catedral es un espejo de todo lo que somos: la grieta, la falta de sinceridad, la incapacidad de construir un futuro común, y la ciudad que crece sin que nadie explique para quién.


Por: Bache3000

"Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía."
— Mariano Moreno

Hablar de la patria siempre genera un cúmulo de sensaciones revueltas. Así se fundó, así sigue siendo: entre revoluciones que no fueron besos ni abrazos, entre íconos que nos miran desde el pasado mientras nosotros todavía discutimos qué carajo vamos a hacer con el futuro. Hay pocas cosas que nos unen de verdad. Malvinas. La selección. El fútbol, que algunos desprecian pero que es cultura, y la cultura une aunque duela. Y también nos une, curiosamente, la forma torrencial y ruidosa de pelearnos, ese debate de gallinero que llevamos en el ADN y que con el tiempo se fue convirtiendo en otra cosa: en grieta.

La grieta no es una metáfora. Es un método. Es la forma en que dejamos de hablar para empezar a gritar, la forma en que los problemas no se resuelven sino que se administran, la forma en que cada bando tiene sus razones y ninguno construye consenso. Y el Cerro Catedral, ese cerro que es el patio de Bariloche, es hoy uno de los territorios más nítidos donde esa grieta opera.

"Por un lado te están ofreciendo manzanas, pero en realidad lo que te están vendiendo son peras."

El proyecto tiene una contradicción discursiva que salta a la vista. Sus impulsores hablan de inversión en nieve, de cañones, de más turismo, de trabajo. Pero lo que piden en concreto son setenta y siete hectáreas municipales para desarrollar un emprendimiento inmobiliario. No es lo mismo. Y esa diferencia, esa distancia entre lo que se dice y lo que se hace, es la que huele mal. Porque si no hay nada que esconder, ¿por qué los incumplimientos de procedimiento? ¿Por qué ir a los empujones? La forma en que se conduce el proceso ya es, en sí misma, una confesión.

Pero la empresa no es el único problema. Los detractores del proyecto también cargan su parte. En la audiencia pública hubo muy poquitos que dijeron que se oponen a todo. La mayoría dijo algo más matizado: quiero que el Cerro Catedral se desarrolle, pero no de esta forma. Y ahí está el punto de encuentro que nadie está explorando. Porque después de cada "no" hace falta un "entonces, ¿qué sí?". Y ese sí brilla por su ausencia. Los que dicen tener razón también tienen la obligación de construir algo con esa razón más allá de sí mismos, de convencer al conjunto de la sociedad y no solo de autoconvencerse entre ellos.

Bariloche necesita inversiones. Eso no está en discusión. La ciudad crece en población a un ritmo que sus servicios no pueden sostener: falta agua, falta luz, faltan cloacas, faltan viviendas para cinco mil personas que no tienen dónde vivir. La ciudad está desbordada. Entonces la pregunta no es si se debe invertir sino cómo y para quién. Qué le quedará a la ciudad, qué resolverá de todos los problemas que tiene. Porque, digamoslo claro: eso no existe en le proyecto de CAPSA.

Y ahí aparece el problema de fondo. El modelo que se propone habla de derrame, esa vieja promesa de que si los ricos construyen algo lujoso, algo caerá para los demás. Trabajo, dicen. Trabajo sin explicar qué se queda en la ciudad, sin garantizar que ese desarrollo resuelva el agua o la vivienda, es un enclave. Un enclave como los que tienen en Angola, donde hay reservas de petróleo exquisitas y sin embargo nada de esa riqueza se reinvierte ahí. Todo se exporta. Todo se va.

Cuando hay un modelo de desarrollo, pasa lo que pasa en Vaca Muerta, por ejemplo. Las utilidades se reinvierten y desarrollan la zona, traen más inversiones complemenetarias. No sólo hay trabajo, hay riqueza que se expande y desarrola la zona. Hubo un Estado ahí, que lo planificó, y es lo que no se ve en este caso.

 

"Inversiones sí, desarrollo sí, pero un Estado planificando la ciudad, sin lugar a dudas."

 

El Estado, en todo esto, aparece al servicio de lo que la empresa quiere y no como quien conduce el proceso. Nadie explica hacia dónde va Bariloche ni por qué. Nadie dice qué le sirve a la ciudad. Lo único que se ve es la repetición de una sola idea: esto da trabajo, esto es desarollo. Y fin. Todas las dudas que tienen los que preguntan respecto qué pasa con los posibles deslaves, con la luz, el agua, el gas, y con el resto de la ciudad, no tienen respuesta.

La empresa, por su parte, lleva años construyendo el rechazo que hoy cosecha. Las personas mayores que no pueden esquiar, los pases digitales que se vuelven un calvario, la gendarmería en los ingresos, la sensación creciente de que el cerro es para los que pueden pagarlo y no para los que viven debajo de él. Eso también es parte de la historia. La empresa sembró desconfianza durante años y ahora se sorprende de que nadie le crea.

Esa desconfianza se hizo cuerpo en la audiencia pública de una manera que vale la pena contar. La empresa, sin base social propia, sin vecinos que salieran a defenderla con convicción, mandó trabajadores. Gente que fue porque la mandaron, que ocupó sillas y tomó el micrófono sin tener demasiado claro qué decir ni por qué estaban ahí. No había argumentos propios: había presencia física, el volumen de los cuerpos en el salón como sustituto de los argumentos. Fue una demostración involuntaria pero elocuente: la empresa no pudo conseguir que la sociedad la respaldara porque nunca se ocupó de ganársela.

Y entonces, cuando los trabajadores no alcanzaron, llegaron los funcionarios. Municipales y provinciales que pusieron la cara por la empresa, que salieron a defender el proyecto como si fuera propio, como si el Estado y la empresa fueran la misma cosa. Como si lo que le conviene al cerro le conviene a Bariloche, sin que nadie se molestara en demostrar por qué. Eso no despejó sospechas: las confirmó. Porque cuando el Estado se pone al servicio de un privado en lugar de arbitrar entre el privado y la comunidad, la pregunta que queda flotando en el aire es siempre la misma: ¿qué hay ahí adentro que no nos están contando?

Hay una escena más pequeña, casi al margen, que sin embargo lo dice todo. Los pinos de la costanera. Árboles que llevaban décadas plantados ahí, que rompían el pavimento, que podían caerse encima de alguien, que tapaban la vista, que eran especies invasoras destruyendo la flora local. El municipio tardó años en sacarlos, años en hacer algo que tenía consenso amplio: vecinos, especialistas, y hasta las muchas de las personas que en su momento los habían plantado estaban de acuerdo en que había que cambiarlos. Incluso una de las mujeres que había participado en aquella plantación original contó que la idea siempre fue reemplazarlos con el tiempo por especies nativas. Y sin embargo, años. La ciudad mirando esos pinos torcidos y esperando que alguien se animara a tomar la decisión.

Eso también somos. Una ciudad que dice querer ser moderna, linda, a la altura, que añora una Bariloche capaz de mezclar naturaleza y desarrollo como lo hacen algunas ciudades del mundo, pero que cuando llega la hora de cambiar algo concreto aparece siempre alguna razón para frenar, para esperar, para no hacerlo todavía. Hay una forma de conservadurismo silencioso que no se llama a sí mismo conservadurismo: se llama prudencia, se llama respeto por la historia, se llama no tocar lo que funciona. Y ese conservadurismo también es un extremo. Porque sostener la ciudad exactamente como fue, congelarla, también es una forma de abandonarla.

El problema no es cambiar. El problema es cómo se cambia y con quién. Los pinos de la costanera tardaron años pero al final se sacaron con consenso, sin mucha explicación, es cierto, pero con respaldo popular. En ese caso, la política escuchó. Algo que hoy no existe en el debate del Cerro Catedral:  ni el Estado ni CAPSA, tienen el menor interés en construir ese proceso junto con la comunidad (nunca lo tuvo, y probablemente nunca lo vaya a tener mientras el Estado siga haciéndole el trabajo).

El Cerro Catedral va a seguir ahí, con su nieve y sus hectáreas en disputa. La pregunta es qué ciudad queremos construir alrededor de él. Y esa pregunta todavía no tiene respuesta. Mientras tanto, seguimos siendo lo que siempre fuimos y lo que mejor sabemos hacer: argentinos.

¡Feliz día de la Patria, che!

Más Noticias