Por: Bache3000
Por estos días, las motosierras recorren la costanera de Bariloche en una operación que genera tanto polémica como nostalgia. Los pinos oregon que durante décadas enmarcaron el paisaje del centro están siendo talados bajo la gestión del intendente Walter Cortés, quien argumenta que es momento de recuperar las visuales del lago Nahuel Huapi y reemplazar las especies exóticas por autóctonas. "Somos la única ciudad que escondemos el lago. Tenemos que mostrar nuestro lago, que es hermoso", enfatizó el jefe comunal.
Pero la decisión municipal va más allá de lo estético. En el acto oficial del 25 de mayo, Cortés fue contundente al defender la medida con un argumento de seguridad pública: "Cuando mate a alguien un pino de esos, vamos a llorarlo. Y antes que pase eso, lo vamos a cortar". Con esa lógica, cruzó directamente a quienes cuestionan la intervención: "A mí no me van a cargar ningún muerto. Ni nada por el estilo".
Lo que hoy genera debate, sin embargo, tiene raíces profundas en la historia de la ciudad. Una fotografía de 1931 —tomada por Antonio Lynch y perteneciente a la Colección Ayerza Lynch del Archivo Visual Patagónico— muestra una vista parcial del aserradero y carpintería del señor Primo Capraro en pleno centro de Bariloche. En esa imagen, donde hoy se alzan los pinos de la costanera, apenas se distinguen algunos árboles autóctonos dispersos. La forestación masiva con especies exóticas llegó después, como parte de un proyecto paisajístico que transformó para siempre la fisonomía urbana.
Bariloche no nació con pinos. Las primeras fotografías de principios del siglo XX muestran una villa rodeada de estepa patagónica, con escasa vegetación arbórea. La forestación con coníferas exóticas —principalmente pino oregon y pino ponderosa— fue una política deliberada impulsada desde las décadas del '30 y '40, inspirada en modelos urbanísticos europeos que buscaban dotar a la ciudad de un perfil turístico alpino.
Ese bosque artificial, que hoy muchos barilochenses sienten como parte de su identidad, nunca pudo ser reemplazado por especies autóctonas. Los intentos de reforestar con lengas, ñires o cipreses de la cordillera chocaron contra las condiciones climáticas del microcentro, el suelo compactado y la falta de continuidad en los programas municipales. Los pinos, en cambio, crecieron rápido y se adaptaron. Pero cumplieron su ciclo: hoy, muchos de esos árboles tienen más de 70 años, raíces que levantan veredas, ramas que amenazan el cableado eléctrico y riesgo de caída.
Este martes, Bache3000 dialogó con Gastón Muñiz, delegado municipal del Cerro Catedral pero a cargo de los trabajos de tala en la costanera. Muñiz detalló el avance de la operación: "Hoy estaríamos llegando a la ACA. Nos faltaría el último tramo hasta Nireco. Que calcular, deben ser unos 20 árboles más, más o menos".
Sobre el destino de la madera, el funcionario fue claro: "El 80% va a ser destinada a sociales, sí, es verdad, son oregones. Pasa que igual, como nunca se apiaron, no se cuidaron, tienen mucho nudo. Y eso hace que la madera se rompa".
La prioridad, según Muñiz, es la construcción de viviendas de emergencia: "Hoy la municipalidad está haciendo una cabaña cada dos días para la gente más necesitada o para la gente que se le prende el fuego a la casa. Así que el 80% de eso el intendente lo destina a sociales para hacer cabañas".
El funcionario ratificó: "la realidad es que el 80% va a sociales y se van a hacer, sí, es verdad, algunos arquitos de fútbol, maceteros, bancos, bardas para que la gente pueda pasar en las bajadas de las escaleras".
La tala de los pinos de costanera no es solo una cuestión técnica o urbanística: toca fibras identitarias. Para algunos barilochenses, esos árboles son parte del paisaje que conocieron desde chicos. Para otros, representan un error histórico que tapó la vista del lago durante generaciones.
Lo cierto es que Bariloche, la ciudad que se construyó sin pinos, hoy enfrenta el desafío de volver a pensarse sin ellos. O al menos, con menos. Mientras las motosierras avanzan y la madera se recicla en viviendas sociales y mobiliario urbano, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿qué ciudad queremos ser? ¿La que mira al lago o la que se esconde detrás de los árboles?
La historia, como la foto de 1931, sugiere que alguna vez supimos la respuesta.