viernes 05 de junio de 2026 - Edición Nº477

El Bardo de Siempre | 5 jun 2026

EL DEBATE, 80 AÑOS DESPUÉS

La foto que lo dice todo: el día que Bariloche plantó su propio problema

09:11 |Una foto en blanco y negro guarda el momento exacto en que empezó todo. Escolares con guardapolvo blanco plantando árboles junto al lago, a mediados del siglo XX. Nadie en ese acto cívico y festivo imaginó que ochenta años después esos mismos árboles —y sus miles de descendientes— serían el centro de uno de los debates ambientales más encendidos de la Patagonia. La historia de los pinos en Bariloche no es solo ecológica. Es también la historia de un modelo de ciudad, de un imaginario importado, de una colonización que llegó con raíces literalmente enterradas en la tierra.


Por: Bache3000

La imagen es precisa y elocuente. Decenas de alumnos de escuela primaria, con guardapolvos blancos, palas en mano, plantando pequeños árboles en la costanera de Bariloche frente al lago Nahuel Huapi. Los autos de la época están estacionados sobre la avenida. Al fondo, las montañas. La escena podría ser la de cualquier acto escolar de mitad del siglo XX en cualquier ciudad argentina. Pero no lo es. Esos plantines que los chicos enterraban con entusiasmo cívico eran pinos exóticos. Y la "idea" —reemplazarlos eventualmente por especies nativas— jamás se concretó.

Hoy esos árboles tienen décadas. Sus descendientes cubren cerros, márgenes de ríos, laderas y barrios enteros. Y la discusión sobre qué hacer con ellos atraviesa al municipio, a los vecinos, a los científicos y a los ambientalistas. Pero hay una pregunta más profunda que pocas veces se formula: ¿por qué vinieron los pinos? ¿A qué modelo de ciudad respondieron? ¿Y qué dice de Bariloche el hecho de que ese modelo todavía no haya sido revisado en serio?

Los pinos no llegaron solos ni por accidente. Su presencia en la región es, ante todo, una decisión política. Según los archivos de la Administración de Parques Nacionales, el vivero nacional de Isla Victoria —puesto en marcha hacia 1922 por el entonces ministro de Agricultura Tomás Bretón, quien visitó la isla y advirtió la necesidad de crear un centro forestal— se convirtió en el primer vivero de la Patagonia y en el principal centro de introducción de especies forestales exóticas, particularmente coníferas. En 1934, con la creación del Parque Nacional Nahuel Huapi, el establecimiento pasó a jurisdicción de Parques y fue potenciado como Estación Forestal de Puerto Anchorena, con ingenieros forestales especializados y visitas de estudiantes universitarios de todo el país.

La lógica original era, paradójicamente, conservacionista: usar los pinos para producir madera y así evitar la explotación del bosque nativo destinado a ser parque nacional. Las semillas provenían del Servicio Forestal de Estados Unidos. Desde ese vivero salieron los plantines que llegaron a plazas, costaneras y escuelas de toda la región —incluyendo los que los chicos del guardapolvo blanco enterraban frente al lago.

Pero la promesa de reemplazarlos algún día por especies nativas nunca se cumplió. Los árboles crecieron. Se reprodujeron. Colonizaron.

El modelo que llegó con los pinos

No es casual que las especies introducidas sean del hemisferio norte. Tampoco es casual que la ciudad construida alrededor del lago Nahuel Huapi haya sido pensada con una estética alpina, bávara, suiza. El Centro Cívico con su arquitectura de piedra y madera, las casas de estilo europeo, los jardines con pinos y abedules: Bariloche fue proyectada como una postal del Viejo Mundo trasplantada a la Patagonia.

Ese imaginario no fue inocente ni neutral. Fue la expresión de un proyecto de colonización que necesitaba hacer "habitable" —en términos europeos— un territorio que ya estaba habitado. La introducción de especies forestales exóticas fue parte de ese mismo gesto: transformar el paisaje para que se pareciera a algo conocido, a algo que los colonos pudieran reconocer como propio.

Como señala Agencia Presentes, los pinos pertenecen a la familia Pinaceae, oriunda del hemisferio norte, con un clima completamente diferente al del sur de América Latina. Fueron introducidos a la Argentina desde Estados Unidos, y su explotación forestal se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX. No vinieron solos. Vinieron con el modelo.

Lo "exótico", en biología, no refiere a lo bello o lo extraño en el sentido coloquial: refiere a las especies que no son nativas de un área y fueron transportadas por acción humana, ya sea de forma accidental o intencional. En el caso de los pinos en Patagonia, la intención fue explícita y sostenida durante décadas por el Estado argentino. Desde 1970, según documenta Greenpeace Argentina, la política consistió en sustituir el bosque autóctono por plantaciones de coníferas de rápido crecimiento, ignorando —o minimizando— su carácter invasor.

Fue recién en las últimas décadas que la investigación académica comenzó a documentar sistemáticamente lo que el paisaje ya mostraba. Investigadores del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA), con sede en Bariloche, llevan años estudiando el fenómeno desde el Laboratorio Ecotono de la Universidad Nacional del Comahue.

Los números son contundentes. Según el CONICET, el 87% de las plantaciones en la Patagonia andina corresponde a pino ponderosa (Pinus ponderosa); el 7,5% a pino murrayana (Pinus contorta); el 4% a pino oregón (Pseudotsuga menziesii); y el 1% a pino radiata (Pinus radiata). Las cuatro especies han sido definidas como invasoras en función de sus antecedentes en otras partes del mundo. La investigadora Estela Raffaele del INIBIOMA advierte en un estudio que en las estepas patagónicas el ritmo de avance del murrayana es directamente invasor, y que el oregón se comporta de manera similar en zonas de matorrales y bosques de ciprés.

En un artículo publicado en la revista Ecología Austral en 2015, Raffaele junto a Martín Núñez y María Relva —todos del Laboratorio Ecotono— plantearon el dilema con claridad: si bien las plantaciones brindan beneficios económicos regionales, "la magnitud de esta contribución no está clara" mientras que "los problemas ambientales son varios; en particular, las invasiones de ecosistemas aledaños es uno de los más importantes en el largo plazo".

Una investigación más reciente de la FAUBA, publicada por Argentina Forestal en 2026, identificó un factor poco explorado: el propio polen de los pinos. Los pinares pueden producir hasta una tonelada de polen por hectárea, rico en nitrógeno, fósforo y potasio. Ese aporte de nutrientes favorece el crecimiento de los propios invasores, generando un ciclo de retroalimentación que hace aún más difícil detener su avance.

El abandono de las plantaciones fue otro factor determinante. Mientras duraron los incentivos estatales, las plantaciones se manejaban y los árboles tenían menos tiempo para producir semillas. Cuando el apoyo se retiró, muchas fueron abandonadas. Los pinos adultos —especialmente el Pinus contorta, que produce enormes cantidades de semillas— comenzaron a invadir ambientes vecinos sin control. Hoy más de 100 mil hectáreas de la región están cubiertas con estas especies. En localidades como Bariloche y Dina Huapi, los invasores ya ocupan la misma superficie que las plantaciones abandonadas.

El fuego como acelerador: el círculo que se cierra

Lo que nadie calculó en los años del vivero de Isla Victoria era el mecanismo de retroalimentación con el fuego. Hoy sí se sabe, y los datos son alarmantes.

Según documenta la investigadora Estela Raffaele junto a Jorgelina Franzese, Ramiro Ripa, Alejandra Moreyra, Clara Pissolito y Melisa Blackhall en el artículo "Una nueva degradación de la tierra en Patagonia: retroalimentación positiva entre fuego e invasión de pinos", en Puerto Patriada —sitio piloto del Observatorio Nacional de Degradación de Tierras del CONICET— los incendios de 1987, 2012 y 2015 dejaron una densidad de 465 mil plántulas de pino radiata por hectárea. Donde había 1.000 pinos plantados, el fuego dejó 450.000.

El incendio, lejos de frenar la invasión, la multiplica. El pino radiata es una especie adaptada al fuego: se reproduce con mayor agresividad después de él. Los grandes incendios forestales, cada vez más frecuentes en la comarca andina en un contexto de temperaturas altas, clima seco y vientos, encuentran en los pinos un combustible excepcional y un mecanismo de expansión perfectamente diseñado por la evolución para aprovechar el desastre.

Cuando los escolares barilochenses plantaron esos árboles frente al lago, lo hacían dentro de una tradición que se repetía en todo el país: el Día del Árbol, la forestación como acto patriótico, la naturaleza como proyecto de nación. Nadie tenía entonces elementos para imaginar otra cosa. La ecología de invasiones biológicas no existía como campo establecido. El debate sobre especies nativas e invasoras era marginal incluso en ámbitos académicos.

Pero la foto guarda algo más que la ingenuidad de una época. Guarda el momento exacto en que un modelo de ciudad se perpetuó en el paisaje. Los guardapolvos blancos —símbolo de la escuela pública, del ciudadano en formación, del proyecto republicano— plantando, sin saberlo, una especie que en el siglo XXI sería emblema del debate entre el imaginario europeo importado y el territorio real de la Patagonia.

La promesa de reemplazarlos por nativos estaba ahí desde el principio. Y nunca se cumplió.

¿Qué modelo de Bariloche?

La pregunta que subyace al debate sobre los pinos no es solo ambiental. Es política. Es identitaria.

¿Qué ciudad es Bariloche? ¿Una postal alpina construida sobre tierras mapuches, con árboles del hemisferio norte y arquitectura bávara? ¿O una ciudad patagónica que empieza, con demora de un siglo, a mirarse en su propio ecosistema?

El pino no es solo una especie invasora. Es también la metáfora más precisa del modelo de colonización: llegó desde el norte, se adaptó, se reprodujo, desplazó lo que había. Y lo hizo con el aval del Estado, con la complicidad de la buena voluntad, con la bendición de los actos escolares.

En 2021 se creó la Red PINOS, según documenta Agencia Presentes: una iniciativa colaborativa integrada por ONGs ambientalistas, gestores de recursos naturales e investigadores de instituciones científicas. Es una red de acción y gobernanza participativa que busca frenar la invasión de pinos exóticos en la Patagonia, promueve la educación ambiental y mapea la presencia de estas especies en Bariloche y alrededores. Es, en cierta forma, el primer intento sistemático de desandar lo que aquellos escolares —sin culpa alguna— comenzaron hace décadas.

Desde el INIBIOMA-CONICET, los investigadores son explícitos sobre la urgencia: si no se toman medidas en el corto o mediano plazo, las invasiones pueden transformarse en incontrolables, llegando a producir el reemplazo casi total de los bosques, matorrales y estepas patagónicas por comunidades de pinos.

Pero la tarea es monumental. Los pinos llevan ochenta años de ventaja.

Y la ciudad todavía no decidió, en serio, qué quiere ser.

Más Noticias