Por: Bache3000
No hubo distinciones. Al Centro Cívico llegaron esta tarde ricoteros de Melipal y del centro, del alto, y de la costa del lago, jóvenes que descubrieron a Los Redondos por sus padres y veteranos que los vivieron en su esplendor. La misa ricotera que organizó Bache 3000 junto a la Subsecretaría de Cultura municipal convocó a más de mil personas que se mezclaron sin banderas ni diferencias, unidas por una sola cosa: despedir a uno de los íconos más grandes del rock nacional.
Entre la multitud había concejales. Roxana Ferreyra llegó con el corazón en la mano. "Se fue de gira parte de nuestra juventud, de nuestra vida", dijo con la voz quebrada. "Me acordé de amigos, de momentos, de recitales. El Indio era del pueblo, era nuestro referente, y en Bariloche había que decir presente."

Facundo Villalba, también concejal, reconoció que Los Redondos son su banda favorita. "Es esa persona que uno piensa que conoce y que está todos los días con vos, aunque nunca la viste cara a cara", reflexionó. Y contó una historia que resumió todo: el primer whisky que elaboró junto a su hermano llevó el nombre de un tema de Los Redondos. El sueño era mandarle una botella al Indio. "Quedó pendiente", dijo.
La concejal Julieta Wallace llegó justo cuando sonaba "Un ángel para mi soledad" y se encontró bailando sin saber muy bien si reír o llorar. "Tristeza, alegría, emoción", describió. Y fue más allá: "Ahora creo que hay que más que nunca volver a escuchar sus letras, con su fuerte contenido político, cultural, sociológico. Van a tomar mayor relevancia todavía."
Los vecinos completaron el cuadro. Hubo quien llegó con su hijo de la mano y remera de La Renga porque el rock es herencia que se pasa de generación en generación. Hubo quien conoció una misa ricotera en Tandil y sabe que lo que genera no se puede comprar ni explicar. "Es inimaginable lo que generó y lo que va a seguir generando", dijo uno de ellos, sin más palabras, porque más palabras sobraban.
Todo terminó en paz. La música sonó por más de dos horas y media, la gente siguió llegando hasta el final, y el Centro Cívico se despidió de la noche con el mismo espíritu con el que había arrancado: el de una comunidad que supo juntarse para honrar a uno de los suyos.
A brillar, mi amor.