Por: Roberto Díaz
Hay un tipo o una mina que hoy se levantó temprano. No porque haya dormido bien, sino porque el teléfono no para y hay una nota que cerrar antes de las diez. Buscó en la heladera y no había mucho: una nota publicada ayer con un error de tipeo, los restos de una promesa del editor de que "esto mejora", y el café de siempre. Ese café que ya es la única constante.
Ese sujeto es el periodista. El mismo de ayer. El mismo de hace veinte años, cuando el diario tenía olor a papel y la redacción tenía fotógrafos propios, correctores, dos o tres columnistas con oficina y hasta una secretaria que atendía el teléfono. Hoy todo eso lo hace él solo. Con suerte y con una notebook que ya pide peritaje técnico.
Hemingway, que era periodista antes de ser Hemingway, dijo alguna vez que "escribir es fácil: uno se sienta frente a la máquina de escribir y sangra". El viejo Papa no conoció los grupos de WhatsApp de redacción, los formularios de Analítica Web, ni la reunión de pauta online donde se decide que hay que hacer "contenido viral". De haberlos conocido, probablemente hubiera sangrado el doble.
"Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado." — Ernest Hemingway
Hoy, en el Día del Periodista, conviene decir algunas verdades sin demasiados adornos. El periodista argentino —el de los medios chicos, el de las radios del interior, el de los portales que sobreviven con publicidad municipal y fuerza de voluntad— está en el centro de una tormenta que tiene varias bocas. La patronal que sigue ignorando el Estatuto del Periodista como si fuera un papelito de otra época. Los sueldos que llegan tarde y alcanzan poco. Y ahora, como si fuera poco, la Inteligencia Artificial mirando desde la puerta con cara de candidato laboral.
La IA ya está en los grandes medios. Corrige textos, diseña gráficas, planifica coberturas, redacta gacetillas en treinta segundos y genera fotografías que nadie sabe muy bien si son reales o no. Los grandes grupos lo saben, lo usan y no siempre lo cuentan. El periodista de a pie lo huele: de repente hay menos fotógrafos en la sala de prensa. De repente hay "asistentes de edición" que nadie contrató. De repente el editor pide "más producción" con el mismo equipo de siempre, y la ecuación no cierra. Nunca cierra.
Podría uno ponerse apocalíptico aquí. Decir que la profesión muere, que el algoritmo gana, que los robots van a contar las noticias mientras los periodistas esperan el colectivo. Pero sería deshonesto. Porque si algo ha demostrado este oficio a lo largo de su historia es una capacidad de adaptación que raya en lo sobrenatural.
"Me importan los lectores, divertirme escribiendo y abrir un mundo que mezcle la aventura con la política y el humor." — Osvaldo Soriano
El periodista sobrevivió a la dictadura —algunos desde el exilio, otros desde el silencio forzado, todos desde la dignidad que se puede sostener cuando hay botas en la calle. Sobrevivió a la irrupción de la televisión, que iba a matar a la radio, que a su vez iba a matar a los diarios. Sobrevivió a internet, que prometía el fin de todo lo impreso. Sobrevivió a las redes sociales, al clickbait, al video vertical de quince segundos, a los influencers de política exterior y a los economistas que ahora también "hacen periodismo" en Instagram.
Va a sobrevivir a la IA también. No porque sea invencible, sino porque hay algo en este trabajo que ninguna máquina puede replicar del todo: la capacidad de entrar a un hospital público a las tres de la mañana, sentarse al lado de una madre que espera noticias y saber qué preguntarle sin que la pregunta suene a formulario. La IA puede escribir el cable. No puede hacer esa pregunta.
Hay una escena que se repite en las redacciones de todo el país. El periodista tiene un párrafo. Un párrafo donde dice algo que es verdad, algo que incomoda, algo que tendría que estar publicado. Pero sabe —con esa sabiduría que se aprende a los golpes— que hay que medir los tiempos. Que el editor puede no verlo. Que el gerente de publicidad quizás esté de viaje. Que hay una ventana, pequeña, donde ese párrafo puede salir a la luz sin que nadie lo baje. Y espera. Con la paciencia de los que tienen convicciones y no tienen otra opción más que seguir.
Eso no lo hace la IA. Eso lo hace un ser humano que eligió este oficio sabiendo que iba a cobrar poco, que lo iban a amenazar alguna vez, que iba a trabajar feriados y fines de semana, y que aun así, cuando la nota sale bien —cuando el titular es preciso y el último párrafo cierra de verdad— se siente algo parecido a la felicidad. Un animal salvaje y bohemio como esos músicos de jazz que tocan para cuatro personas en un bar vacío y aun así tocan como si fuera Carnegie Hall, porque el arte no depende del tamaño de la platea.
El Estatuto del Periodista existe. Tiene décadas. Nadie lo cumple del todo. Eso debería ser el escándalo del día, de cada día, pero ya nadie se escandaliza porque el periodismo en Argentina tiene esa rareza de ser una profesión que se autoexplota por amor y que pide disculpas por reclamar lo que le corresponde. Hay que cambiar eso también. No solo la IA es el problema: la precarización histórica del oficio es la herida más vieja y la que más duele.
"La escritura es la única profesión en la que nadie te considera un ridículo si no ganas dinero." — Jules Renard
Desde Bache3000 hoy queremos decir algo sencillo y sin demasiada liturgia: queremos al periodista. Al que cubre la sesión del Concejo hasta las once de la noche y después escribe la nota en el auto. A la que hace radio a las seis de la mañana con el guión improvisado y la voz igual firme. Al fotógrafo que todavía sale con cámara aunque cada vez le pidan menos fotos. Al que edita video y hace la nota y cobra lo mismo que antes, cuando solo hacía la nota. A los que compiten entre sí —porque la competencia existe, y la envidia también, y en las redacciones chicas las dos cosas florecen con facilidad— pero que en el fondo saben que son parte del mismo oficio raro y necesario.
El periodismo va a cambiar. Ya está cambiando. Pero la necesidad de que alguien salga a buscar la historia, a contrastar, a dudar, a preguntar de nuevo, a no conformarse con el comunicado oficial, esa necesidad no desaparece. Crece, si acaso, en un mundo donde la información sobra y la verdad escasea.
Feliz día, entonces. Al triste, al solitario, al que todavía —contra todo pronóstico y con el teclado roto— sigue siendo periodista.