Por: Bache3000
Murió Graciela Narváez. La noticia llegó esta mañana desde el HPR y golpeó fuerte en la comunidad periodística y cultural de una ciudad que la había adoptado como propia hace casi medio siglo.
Graciela había nacido en Córdoba, pero hizo de Bariloche su lugar en el mundo. Llegó a la Patagonia a fines de los setenta, escapando de la barbarie del terrorismo de Estado que en su provincia se imponía con una crueldad particular. Acá construyó una vida entera: la docencia, el periodismo, las Letras —se recibió de licenciada en la Universidad Nacional de Río Negro— y, en el último tramo, la literatura, ese refugio que ella misma describía con ternura. "Siento una emoción muy reconfortante cuando me refugio en los escenarios de la literatura", había dicho.
Compartió ese camino junto a su pareja, el arquitecto Raúl Martinau, otra persona profundamente comprometida con la ciudad, con quien construyó una vida de afectos y militancia por lo público.
En 2019 el Concejo Municipal la reconoció como "periodista decana", un título que resumía décadas de oficio y compromiso. Pero quizás el momento más luminoso de su vida pública llegó tarde, casi como un broche: el 16 de julio del año pasado presentó en Casa Macacha su primer libro de cuentos, "Al límite", con ilustraciones de Marcelo Gilabert y diseño de Nicolasa Lai. Esa tarde, unas 70 personas colmaron la planta baja del centro cultural para escucharla. Seis cuentos en los que la identidad periodística asomaba entre las líneas, dándole voz a quienes pocas veces la tienen.
Y este mismo 24 de abril, hace apenas semanas, el Concejo Deliberante declaró "Al límite" de Interés Municipal. Graciela tomó la palabra en el recinto y dejó una frase que hoy se lee como una declaración de principios y casi como un testamento: "El lector tiene que saber desde dónde escribo, con qué corazón escribo". Habló del dolor de los perseguidos, del avasallamiento de derechos, de las torturas, de los pueblos originarios. Y prometió: "Voy a seguir escribiendo desde ahí, desde ese humano humano: el que sufre, el que queda afuera, el que no tiene palabra y el que se hace humano desde esa frontera".
Esa tarde, el concejal Leandro Costa Brutten —que la admiraba abiertamente— la definió mejor que nadie: dijo que Graciela "rompe los condicionamientos" del periodismo y la literatura, que escribía "sobre lo que no te piden y sobre lo que intentan ocultar". Que sostener la independencia de pensamiento y escribir para los excluidos, en tiempos de modas y marketing, era "un ejemplo para nosotros". Cerró con una frase que hoy duele de otra manera: "Estar junto a una persona que admiro".
Graciela Narváez escribió hasta el final con ese corazón que ella misma supo nombrar. Se va una mujer que entendió el oficio como un acto de justicia, que le puso palabras al margen y dignidad al silencio. Bariloche la despide con el agradecimiento de haberla tenido, y con la certeza de que su obra —y su manera de mirar el mundo— se queda.
Hasta siempre, Graciela.