Por: Raúl A. Martiniau, Arquitecto
A fines de la década de 1980, mientras construía el casco de la Estancia Paso Flores, a unos 140 kilómetros de Bariloche, tomé conocimiento de un concurso de ideas para el desarrollo turístico de la Isla Huemul. Dicho concurso era organizado por el Colegio de Arquitectos y patrocinado por la Municipalidad de San Carlos de Bariloche.
Coincidió que me encontraba en Bariloche cuando se realizó una visita a la isla para recorrer, de manera bastante dificultosa, sus instalaciones y ruinas. Fue entonces cuando tomé verdadera conciencia de la magnitud de aquellas construcciones y de su significado dentro de la historia argentina.
A partir de ese momento comencé a leer, investigar y conocer en profundidad aquel lugar. Poco a poco me fui enamorando de la isla, identificándome con su historia y comprendiendo el valor de su singularidad. Allí experimenté por primera vez la particular sensación de estar en una isla, rodeado por un paisaje y una historia únicos.
Me presenté al concurso con numerosas propuestas. Entre ellas se encontraban un museo interactivo de ciencias, acuarios naturales, espacios destinados a una pinacoteca municipal y otras iniciativas vinculadas a la educación, la cultura y la recreación. No se trataba de un proyecto centrado en la arquitectura como objeto, sino en la generación de espacios para el disfrute de la naturaleza, la recuperación de la memoria histórica y la puesta en valor de la experiencia insular.
Obtuve el segundo premio. El primero fue declarado desierto. Siempre entendí ese resultado como un reconocimiento importante, especialmente considerando que competía con estudios de gran prestigio y con presentaciones de mayor desarrollo gráfico que la mía, elaborada en soledad, sobre un tablero improvisado en el dormitorio de una estancia.
Tiempo después recibí el llamado de Mariana García Cano, quien me invitó a presentar aquellas ideas ante el directorio de Emprendimientos Bariloche, entidad que analizaba participar en la futura licitación para la explotación turística de la isla. La convocatoria alcanzaba a quienes habían intervenido en el concurso.
Recuerdo entre los integrantes de aquel directorio al Dr. Gustavo García Cano y al Cdor. Daniel Arroyo. Nuevamente mi propuesta fue seleccionada y comencé a conformar un equipo de trabajo. Realizamos numerosas visitas a la isla, relevando minuciosamente cada edificio e instalación existente.
Trabajamos junto al Dr. Eddy Rapoport y otros especialistas en la elaboración de la propuesta definitiva para la licitación. También participó el Centro Atómico Bariloche, aportando conocimientos para el desarrollo de los laboratorios interactivos de ciencias previstos en el proyecto.
Finalmente obtuvimos la adjudicación y comenzó una tercera etapa, dedicada al desarrollo de la documentación ejecutiva y a la posterior materialización de las obras. Todo ello se canalizó a través de la empresa Emprendimientos Huemul.
Durante aquellos años realizábamos los viajes a bordo de "El Coracero", embarcación cuya historia merece un relato aparte. También tuvimos la oportunidad de localizar la tumba del cacique Huenul, quien habría vivido entre finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XX. La misma se encontraba al costado del camino de servicio abierto durante la ejecución del Proyecto Huemul de 1949.
Escribo estas líneas a raíz de recientes publicaciones periodísticas en las que el Intendente anunció la intención de volver a licitar actividades en la Isla Huemul. Como alguien que dedicó años de trabajo, estudio y compromiso profesional a ese lugar, me preocuparía profundamente que cualquier intervención futura se resolviera sin una adecuada consulta a quienes conocen su historia y su significado.
La Isla Huemul no es solamente un atractivo turístico. Es un espacio cargado de memoria científica, cultural y humana. Su valor excede cualquier proyecto circunstancial y exige decisiones responsables, respetuosas y fundadas en el conocimiento de su pasado.
La historia ya ha demostrado las consecuencias de actuar sin esa sensibilidad. Basta recordar la destrucción del laboratorio principal del Proyecto Huemul durante ejercicios militares, cuando una construcción emblemática para la historia científica argentina fue utilizada como objetivo de maniobras sin consideración por su valor patrimonial.
Por ello, cualquier iniciativa futura debería partir del reconocimiento de que la Isla Huemul constituye un patrimonio colectivo de los argentinos y que su preservación requiere algo más que una decisión administrativa: requiere memoria, conocimiento y respeto.