Por: Bache3000
Hacía frío esa mañana del 27 de febrero de 1812 sobre las barrancas de Rosario, que entonces no era más que un caserío de mala muerte con olor a barro y a vaca muerta. Belgrano no era militar. Era abogado, que es casi lo contrario. Pero le habían puesto un sable en la mano y un par de baterías mirando al río, y ahí estaba, con la cara colorada por el viento, mirando a sus hombres que tiritaban con uniformes que no eran uniformes.
—Mi general, ¿qué bandera izamos? —preguntó un sargento que tenía más hambre que ideología.
Belgrano miró el cielo. Después miró la escarapela que andaba dando vueltas por ahí, ese celeste y blanco que algunos usaban casi a escondidas.
—Esta —dijo, y señaló algo que todavía no existía—. Una con estos colores. Que sea nuestra y de nadie más.
Mandó coser un trapo con lo que había (esa acción ya es muy argentina). Lo izó. Los soldados lo miraron como se mira a un loco lindo, con una mezcla de respeto y de lástima. Algunos pensaron que era un buen tipo al que le iba a ir mal. No se equivocaron.
Belgrano escribió al Triunvirato, allá en Buenos Aires, contando su hazaña con la inocencia de un chico que muestra un dibujo. La respuesta tardó, como tardan siempre las cosas que no le importan a nadie en una oficina.
—Que guarde esa bandera —le ordenaron por carta—. Que la haga desaparecer. No es momento. Use la del enemigo si hace falta.
Belgrano leyó eso y no dijo nada. Los que estaban cerca cuentan que se quedó un rato largo callado, mirando el río, que es lo que uno mira cuando lo acaban de humillar y no tiene a quién pegarle. Guardó la bandera. Obedeció, como obedecen los hombres decentes, que son siempre los que pierden.
Pero la cosa es terca. Belgrano se la llevó al norte, a Jujuy, y un 25 de mayo de 1812 la hizo bendecir frente a un pueblo entero, desobedeciendo otra vez, porque hay órdenes que el corazón no firma.
—¿Otra vez con la banderita, general? —le habrían dicho.
—Otra vez —contestó él—. Y las que hagan falta.

Después vino el Éxodo Jujeño, esa retirada terrible donde quemó todo para que el español no encontrara ni un grano, y la gente lo siguió cargando lo poco que tenía, llorando, con esa bandera adelante. Vinieron Tucumán y Salta, las victorias, la gloria por un rato.
Y vino, como viene siempre, el final que no se cuenta en los actos escolares.
Belgrano murió el 20 de junio de 1820, en Buenos Aires, en plena anarquía, un día en que la ciudad amaneció con tres gobernadores distintos y a nadie le importó que se muriera el hombre de la bandera. Murió pobre, enfermo, le pagaron a un médico con un reloj porque no había plata. Lo enterraron casi sin testigos. Un solo diario sacó una línea sobre su muerte. Una sola.
El hombre que le había regalado un símbolo a un país entero se fue así, en silencio, mientras afuera se mataban entre criollos por el poder.
Pasaron los años. Y entonces, como hace siempre la historia, que es cruel primero y sentimental después, alguien se acordó. Pusieron su nombre en las calles, su cara en los billetes, eligieron el día de su muerte para celebrar lo que él inventó tiritando de frío a orillas del Paraná.
Ahora cada 20 de junio los chicos juran lealtad a ese trapo celeste y blanco. Levantan la mano, repiten una promesa, y casi ninguno sabe que el tipo que lo imaginó se murió creyendo, tal vez, que había fracasado.
Pero la bandera seguía flameando. Terca. Como él.