Por: Bache3000
No fue un accidente. No fue mala suerte ni una fatalidad del tránsito. Lo que ocurrió la madrugada del sábado 27 en calle Ruiz Moreno fue algo mucho más frío: un hombre que no debía estar manejando aceleró su Ford Fiesta contra Emilio Juárez, lo arrolló, escuchó el golpe y volvió a pisar el acelerador para escapar. Juárez, de 44 años, quedó tendido en el asfalto con una fractura expuesta y murió pocas horas después en el hospital.
Detrás del volante estaba Facundo Gabriel Marín, de 26 años. Y lo más indignante no es solo lo que hizo esa noche, sino todo lo que ya cargaba encima cuando decidió subirse al auto.
Marín tenía estrictamente prohibido conducir. El 15 de marzo de 2024 lo habían encontrado manejando con 2,47 gramos de alcohol en sangre —casi cinco veces el límite permitido— y por eso quedó inhabilitado para conducir hasta el 15 de junio de 2027. Pesaba sobre él una prohibición de circular en forma absoluta. Tenía, además, una causa previa en el Ministerio Público Fiscal, sin condena. Nada de eso lo detuvo. Esa madrugada salió de un taller mecánico donde había estado tomando alcohol hasta pasada la una, se subió igual y manejó.

Esa es la diferencia entre un siniestro vial y un homicidio. Y los fiscales Betiana Cendón y Marcos Sosa Lukman fueron contundentes al explicarla en la audiencia.
Juárez había salido de un bar en Diagonal Capraro y Sáenz Peña junto a su pareja. Tomaron un Uber, pero él decidió bajarse antes, en Ruiz Moreno, para caminar los últimos metros hasta su casa. Mientras cruzaba, apareció el Ford Fiesta. Según las cámaras aportadas por un vecino, Marín lo vio, bajó la velocidad por un instante y, en lugar de detenerse, aceleró, lo atropelló, lo arrolló con el vehículo y volvió a acelerar para huir.
Una de esas cámaras tenía sonido. En la grabación se escucha la aceleración, el impacto contra el cuerpo y la nueva aceleración de la fuga. La pericia sobre la ropa de la víctima fue lapidaria: las marcas de los neumáticos quedaron impresas en las prendas, y el análisis comparativo entre las huellas del cuerpo y la rodadura del vehículo dio correspondencia. El parabrisas astillado, los daños del lado derecho y restos que podrían pertenecer a la ropa de Juárez completaron el cuadro. Por eso la carátula no fue homicidio culposo, sino homicidio simple con dolo eventual: Marín pudo prever lo que iba a pasar y siguió adelante igual.
Pero la parte más perturbadora vino después del golpe.
A pocas cuadras, en Brown y Beschtedt, Marín frenó. Se bajó, revisó el frente del auto, y con total frialdad sacó la patente delantera y la guardó, para entorpecer cualquier investigación. Recién entonces dejó a su acompañante cerca de su casa. Ese acompañante era un adolescente de 17 años que se había quedado dormido en el auto y que despertó con el golpe, creyendo que habían pasado por un lomo de burro. Sería, sin saberlo, el testigo clave.
El sábado por la mañana, Marín se presentó en la casa del chico. Le confesó que había atropellado a una persona y que esa persona había muerto. “No podés decir nada”, le advirtió. Y lo subió a otro vehículo para terminar de ejecutar su plan: en un garage de calle Brown, a la vuelta de su casa, tenía escondido el Fiesta. Llamó a una grúa, lo cargó y lo trasladó hasta la zona de la Divisoria de Aguas entre los lagos Gutiérrez y Mascardi —a unos 28 kilómetros—, donde lo ocultó en un predio donde vive su hermana.
El adolescente aguantó atemorizado unas horas más. El domingo, angustiado y acompañado por su padre y su tía, se presentó en Fiscalía y contó todo. Una hora después, la Policía detuvo a Marín en su vivienda y secuestró el vehículo. El relato del menor coincidió punto por punto con las imágenes de las cámaras de seguridad, incluidas las de la Iglesia Pentecostal de calle Rosales.
En la audiencia de formulación de cargos, la Fiscalía pidió prisión preventiva señalando dos peligros procesales claros: el entorpecimiento de la investigación —Marín ya había presionado al único testigo presencial— y el peligro de fuga, demostrado con hechos. “No responde a las pautas del Estado, se fuga, amedrenta a los testigos, maneja inhabilitado, sacó la patente, ocultó el auto y mostró un desprecio por la vida humana”, resumieron los fiscales.
La defensora, Blanca Alderete, no se opuso ni a la formulación de cargos ni a la medida cautelar. Marín no declaró.
El juez César Lanfranchi fue claro al cerrar: “Al momento del hecho, usted pudo prever las consecuencias y no tuvo reparo en continuar con la acción”. Tuvo por formulados los cargos, fijó un plazo de investigación de cuatro meses —hasta el 30 de octubre de 2026— y ordenó prisión preventiva por el mismo período. Marín seguirá alojado en la Comisaría Segunda hasta que el Servicio Penitenciario disponga su traslado.
Mientras tanto, la familia de Emilio Juárez despide a un hombre que cruzaba la calle para llegar a su casa y nunca llegó.