Por: Bache3000
El miércoles va a llover, o no va a llover, da igual. La gente de esta ciudad de montaña ya aprendió que el clima no perdona pero tampoco decide nada. A las 14 horas la previa empieza a hervir en el Centro Cívico, ese cuadrado de cemento y piedra que de tanto en tanto se convierte en el único lugar donde parece que a todos nos importa lo mismo. A las 16, Argentina sale a jugarse todo contra Inglaterra, un partido que huele a semifinal de mundial y a esos nervios baratos que se meten en el estómago de cualquiera, tenga o no tenga fe.
La Municipalidad, al frente de esta cruzada celeste y blanca, volverá a instalar la pantalla gigante frente al Palacio Municipal, como viene haciendo partido tras partido desde que arrancó esta locura colectiva. Familias enteras, turistas que no sabían bien dónde se estaban metiendo, viejos con bufandas tejidas a mano y pibes con la camiseta puesta desde la mañana: todos ahí, parados frente a una pantalla, esperando que once tipos con las piernas cansadas les regalen un rato de felicidad.
Desde las 10 de la mañana el Centro Cívico cierra sus accesos vehiculares. Nada de autos, nada de bocinazos, nada que interrumpa el ritual. A los automovilistas les piden paciencia, caminos alternativos, prudencia. La ciudad se ordena alrededor de una pelota.
Y después está lo otro, lo que no es fútbol pero también cuenta la historia de este pueblo: la Resolución, que entre las 12 y las 22 horas restringe la venta de bebidas alcohólicas en un perímetro que va desde Mitre al 400 hasta Beschtedt, sube hasta la Costanera, baja hasta Morales al 400 y llega hasta San Martín al 400. Una ciudad entera, seca por decreto, para que el fútbol se vea con los chicos al lado y no con un vaso de más en la mano. Quedan afuera de la restricción los bares y restaurantes habilitados, los que sirven para tomar adentro, y los vinos y licores regionales bien cerrados, esos que se llevan para la casa y no para la plaza.
No va a haber alcohol en la calle, pero va a haber algo más difícil de servir: la ilusión, esa que no se compra en ningún kiosco y que esta ciudad viene juntando desde hace semanas, partido a partido, bandera a bandera, frío a frío. La consigna sigue siendo la misma que siempre: disfrutar, alentar, cuidarse entre todos.
Nada nuevo bajo este cielo patagónico, salvo que esta vez, si Argentina gana, lo que viene después es la final. Esto es Argentina, es máquina que nunca para de caer (y tampoco de levantarse). Vamos, LPM.