Por: Bache3000
Hay una escena que se repite cada tanto en la historia argentina, y es esta: estamos mirando otra cosa —un partido, una fiesta, cualquier distracción colectiva bien organizada— y de golpe aparece el país de verdad, el que no habíamos invitado, el que se cuela sin pedir permiso. Eso pasó anoche en Atlanta. Dos mil personas gritando en un estadio de Georgia, una remontada agónica contra Inglaterra, Lautaro cabeceando en el descuento, y después, cuando ya no había nada que festejar salvo el pase a una final, un pedazo de tela blanca escrita a mano circulando entre los jugadores como si fuera una posta. Las Malvinas son argentinas.
Nadie la mandó a hacer. Nadie la coordinó con nadie. Y sin embargo ahí estaba, como esas cosas que uno cree haber enterrado y que un día, sin aviso, vuelven a asomar la cabeza.
Confieso que me incomodan un poco los símbolos patrios cuando aparecen con esa espontaneidad tan perfecta que parece ensayada. Uno querría, con los años, poder mirar estas cosas con algo de distancia: preguntarse si hace falta reactivar, cada tanto, la vieja maquinaria del sentimiento nacional para que un país se sienta país. Pero también sé —lo aprendí a fuerza de escribir sobre esto, de viajar por este continente que se define tanto por lo que perdió como por lo que tiene— que hay heridas que no se curan solo porque a uno le resulten incómodas. Las Malvinas no son un capricho retórico de cancillería. Son, todavía, un pedazo de tierra ocupado, un archipiélago que la Argentina reclama desde 1833 y que el Reino Unido sigue sin devolver, escudado en la voluntad de una población que él mismo llevó a instalar ahí después de expulsar a la que ya vivía.
Y están, además, los muertos. Seiscientos cuarenta y nueve soldados que en 1982 fueron mandados a pelear una guerra que no habían elegido, por una dictadura que necesitaba desesperadamente algo de gloria para tapar los campos de exterminio que administraba puertas adentro. Esa mezcla —el reclamo legítimo y el uso criminal que se hizo de él— es lo que vuelve tan difícil hablar de Malvinas sin caer en alguno de los dos extremos: la épica hueca o el cinismo fácil.
Los que hoy tienen veinte años y gritan "las Malvinas son argentinas" en la tribuna no cargan con el peso de saber que ese mismo grito, en boca de un general en 1982, mandó pibes de su edad a morir de frío en las trincheras. Y está bien que no lo carguen así, en carne viva. Pero nosotros sí deberíamos recordarlo, aunque sea de reojo, cada vez que la bandera vuelve a desplegarse.
Lo curioso de anoche es que el gesto vino de donde menos se lo esperaba el poder. Scaloni había pedido, con esa prudencia que lo caracteriza, que el partido se viviera solo como fútbol. La FIFA había avisado que no dejaría entrar banderas ni consignas sobre Malvinas al estadio, como si la soberanía de un archipiélago pudiera regularse con un cacheo en la puerta. El gobierno, a través de su ministra de Seguridad, confirmó que esos elementos serían retenidos.
Y sin embargo Lo Celso, Lisandro Martínez, Cuti Romero —muchachos que nacieron bastante después de la guerra, que crecieron mirando highlights de Maradona en YouTube en vez de escuchar la radio en un sótano— agarraron esa tela y la desplegaron igual, en la cara de la FIFA, en la cara de su propio gobierno, sin pedir autorización a nadie. Ese detalle, me parece, dice más que la bandera misma. Dice que hay causas que sobreviven a los que las administran, que se cuelan por abajo de los protocolos y las prohibiciones porque están instaladas en un lugar más hondo que el de la agenda política de turno.
Cuarenta años atrás, en México, Diego resolvió este mismo cruce con una mano y con un gol que todavía nadie repitió. Aquella vez tampoco hizo falta que nadie lo explicara: todo el país entendió, sin que se dijera en voz alta, que ese partido no era solo un partido. Anoche pasó algo parecido, con menos genialidad individual y más colectivo, con una remontada de esas que este plantel ya volvió costumbre. Y otra vez, sin que nadie lo planificara, el fútbol terminó siendo el lugar donde una sociedad dice cosas que no se anima a decir en ningún otro lado.
No sé si esta bandera cambia algo. Probablemente no: las Malvinas van a seguir siendo, por mucho tiempo más, un tema de discursos de cancillería y de mapas escolares con un archipiélago pintado del mismo color que el resto del país, aunque no lo administremos. Pero sí creo que estas escenas —espontáneas, incómodas, difíciles de instrumentalizar del todo— sirven para algo: para recordarnos que hay un país por debajo de las grietas de cada semana, uno que no se pregunta demasiado de qué lado de la política estás antes de reconocerse en un pedazo de tela.
Ese país aparece poco. Casi siempre en los peores momentos, o en los mejores. Hoy fue uno de los mejores.