lunes 20 de julio de 2026 - Edición Nº522

Sólo el vecino salva al vecino | 19 jul 2026

HOY LLORAMOS TODOS

El último gran tango (que todos bailamos)

Hoy, domingo, a las 16, Argentina no juega una final del mundo. Argentina se despide de un Dios que decidió, contra todo pronóstico, quedarse a bailar un tango más. Y en ese baile, sin saberlo del todo, también nos despedimos un poco de nosotros mismos.


Por: Roberto Díaz

"¿No te gusta el tango? vivi un poco más"

Pichuco.

Hoy los locales cerraron antes de tiempo. No por decreto, no por convenio: por sentido común. Porque hay acontecimientos que no entran en el horario comercial, que se comen la agenda, que convierten una tarde de domingo cualquiera en un fenómeno que ya no es solo deportivo, sino cultural, social y —aunque incomode decirlo— también político. Los patrones dejaron salir a sus empleados. Las calles se vaciaron de obligaciones y se llenaron de otra cosa: de nosotros, yendo a buscar un lugar frente a una pantalla para no perdernos esto.

Y esto, en las últimas semanas, fue todo. Lloramos. Sufrimos como sufre este país, con la angustia instalada en el estómago desde el primer minuto de cada partido. Le ganamos a rivales históricos, de esos que duelen más que los otros, de esos que además de victoria nos devuelven algo de una deuda vieja, de un orgullo pisoteado, de eso que pedimos sin decirlo del todo: que nos devuelvan lo que nos robaron. Y en el medio de todo eso —en el medio del grito, del insulto al árbitro, de la point de fu de la novena camiseta— fuimos despidiendo, partido a partido, a uno de los futbolistas más grandes que dio esta tierra.

Todo eso junto, en un solo acto. Y los actos así, los que concentran tanto significado en tan poco tiempo, no son solamente fútbol. Son una radiografía de lo que somos.

Hay una hora, siempre, en la que los pueblos se dan cuenta de que algo se termina. No es la hora del final: es antes. Es la hora en la que todavía se puede, en la que el cuerpo todavía responde, en la que el nombre todavía llena estadios, y sin embargo ya empezamos a extrañarlo. Los psicólogos le pusieron nombre a esto: duelo anticipado. Nosotros, que somos más simples y más crueles con nuestros afectos, le decimos: la última vez.

Hoy, a las 18, un hombre de 39 años va a entrar a una cancha con la camiseta más linda del planeta. Va a caminar despacio, como camina ahora, cuidando cada músculo que ya no perdona los excesos de antes. Y en algún momento de esa tarde —quizás en el primer minuto, quizás en el último— algo se va a romper adentro nuestro. No porque perdamos. No porque ganemos. Sino porque sabemos, con esa certeza sorda que tienen las despedidas, que no lo vamos a volver a ver así, con esa camiseta, jugándose la vida por nosotros.

Es injusto, claro. Las ganas de que este momento no termine nunca nos roban parte de disfrutarlo. Mientras pensamos en el final, se nos escapa el presente. Pero así somos: nos volvimos expertos en despedir héroes sin haberlos terminado de agradecer.

Un país que fabrica dioses porque necesita creer en algo

Argentina es una rareza antropológica. Un país que se cae, que se levanta, que vuelve a caer —económicamente, socialmente, anímicamente— y que sin embargo, cada tantos años, decide que el fútbol es el lugar donde todavía puede ser el mejor del mundo. No lo somos en casi nada más. Pero ahí, en ese rectángulo verde, fabricamos dioses.

Empezó con Kempes, ese corte setentista goleando bajo una dictadura que necesitaba desesperadamente una alegría prestada. Siguió con el Diego, que le dio a un pueblo entero la sensación —falsa, hermosa, necesaria— de que un pibe de Fiorito podía humillar al imperio inglés con la mano izquierda de Dios. Bilardo lo armó todo con la paranoia de un ajedrecista que sabía que el margen entre la gloria y el olvido es microscópico. Y después, cuando ya nadie esperaba otro capítulo de esta saga, apareció un chico bajito de Rosario que no gritaba los goles como el resto, que casi pedía disculpas por ser el mejor.

Messi tardó en ser argentino para los argentinos. Nos costó perdonarle que no fuera Maradona, que jugara distinto, que llorara en las derrotas en lugar de putear como corresponde. Le exigimos el Mundial como quien exige una deuda impaga, sin entender que nadie le debía nada a nadie. Y entonces, cuando ya lo habíamos casi resignado a la categoría de "el mejor que nunca ganó lo único que importa", Qatar nos regaló la reconciliación. Y ahora, contra toda lógica futbolística, contra el paso del tiempo, contra los periodistas que lo daban por jubilado desde que se fue a jugar a esa liga que mira el fútbol como quien mira un deporte exótico, el tipo volvió a meter ocho goles, volvió a sufrir cada partido con esa cara de dolor que ya es una marca registrada, y llegó otra vez. A los 39. A una final del mundo. Bailando su tango número tres.

Y acá hay que decir algo que quizás sea lo más importante de esta tarde de domingo, más importante incluso que el resultado: en un país partido al medio, atravesado por grietas que ya son parte del paisaje, donde discutimos todo, donde no nos ponemos de acuerdo casi en nada, hoy —solo hoy, solo por un rato— vamos a ser una sola cosa. Vamos a llorar juntos, gritar juntos, putear al árbitro juntos, sin preguntarnos primero de qué lado del mostrador está el otro.

Eso también dice algo de nosotros. Que en tiempos de fragmentación, lo único que todavía nos junta de verdad es ver a once tipos con nuestra celeste y blanca jugándose el alma. Que admirar, que dejarnos representar por ellos, no tiene nada de vergonzoso, por más bastardeada que ande esa palabra en otros terrenos. Representación no es sumisión: es reconocerse en el otro. Y hoy, en Messi, en Cuti, en el Dibu, en cada uno de esos pibes, nos reconocemos.

Hay algo en esta historia que trasciende el resultado de hoy, y por eso hay que decirlo antes de que el marcador nos distraiga: lo extraordinario ya sucedió. Lo extraordinario es que un hombre al que el reloj biológico del fútbol debería haber jubilado hace tiempo, decidió no escuchar al reloj. Que se cayó —lesiones, críticas, la final perdida del 2014 llorando en el Maracaná con la copa ajena tan cerca— y se levantó. Y volvió a caer. Y volvió a levantarse. Otra vez, y otra, hasta que el cuerpo y la fe coincidieron en un mismo punto del tiempo: hoy.

Ese es el verdadero relato del héroe, el que se cuenta desde Homero hasta Fiorito: no el que nunca cae, sino el que se niega a quedarse caído. Y en esa terquedad silenciosa, en esa negativa a irse antes de tiempo, Messi nos devolvió algo que como país necesitábamos con urgencia: la prueba de que insistir todavía sirve para algo.

Circula por ahí una frase que resume mejor que cualquier análisis táctico lo que se juega hoy: no lloremos porque se termina, alentemos porque todavía nos queda una más. Un último tango. Un último abrazo. Una última final para verlo jugar con la camiseta más linda del mundo.

Y es cierto. Pero también hay que decir esto, porque Argentina lo sabe mejor que nadie: a lo mejor lo que viene es mejor que esto. A lo mejor el próximo capítulo de esta saga eterna —la que empezó con Kempes y no tiene por qué terminar hoy— nos regale otro pibe, otra locura, otra final imposible. Porque esto es Argentina: la capital mundial del fútbol, decretada no por un mundial de FIFA sino por la sola presencia, en un mismo siglo, de Diego Armando Maradona y de Lionel Andrés Messi Cuccittini. Dos dioses caminando por el mismo Olimpo, y nosotros, que tuvimos la fortuna indecente de vivirlos a los dos.

Hoy no hace falta festejar si somos campeones del mundo. Hoy alcanza con festejar que somos esto: el país que cerró sus locales para no perderse la despedida, que se une aunque sea por 90 minutos, que los vio nacer, sufrir, caerse, levantarse, y jugar el último baile con el alma afuera.

Hoy, a las 18, alentamos. Después, lo que tenga que pasar, va a pasar. Pero esta tarde, todavía, el tango sigue sonando.

No nos tapa nadie.

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