domingo 26 de julio de 2026 - Edición Nº528

El Bardo de Siempre | 26 jul 2026

TECNOLOGÍA CON SENTIDO PEDAGÓGICO

Del libro al celular: la revolución silenciosa de dos docentes que inventaron una app con mirada local

12:20 |​​​​​​​Laura Méndez y Gabriela Miori, dos profesoras de Bariloche, pasaron veinte años contándole a los chicos la historia que los manuales no cuentan. Ahora esa historia tiene una app, un caracol como emblema, y una niña que menstrúa, pregunta y descubre que es mapuche.


Por: Bache3000

Hay una escena que se repite hace veinte años en las escuelas de Bariloche: una maestra abre un libro, y en la tapa hay una nena. Se llama Clarita. Tiene diez años, un abuelo que le cuenta historias por las noches, y una particularidad que no es menor: existe porque no existía nada parecido a ella.

La cosa empezó como empiezan casi todas las cosas necesarias, por una falta. Un grupo de docentes del Instituto de Formación Docente de Bariloche —Laura Méndez entre ellos — buscaba materiales para enseñar historia local y regional y encontraba guías de turismo. Guías de turismo, para explicarles a chicos de nueve, diez años, qué había pasado en esta tierra. No alcanzaba: esas guías en nada reflejaban la complejidad de lo que había sucedido acá. Así que hicieron lo que hacen los que no encuentran lo que necesitan: lo escribieron ellos mismos.

Y ahí apareció algo más, casi sin buscarlo. El registro con el que se le habla a un adulto no sirve para un chico. Las formas de escribir y de comunicar cambian por completo según quién está del otro lado leyendo. Entonces la idea no fue solamente contar historia, sino contarla de un modo que un chico o una chica pudiera hacer propia.

Clarita nació de esa carencia, y creció como crecen los personajes que funcionan: sola, empujada por sus propios lectores. Cuando el libro —"Clarita del Sur", se llama, y este año cumple veinte años desde su primera edición— llegó a las aulas, los chicos y chicas empezaron a preguntar qué pasaba después. Y las maestras, que son de las que escuchan, escribieron un segundo tomo: "Clarita 2: los relatos del abuelo". Clarita en séptimo grado, con viaje de egresados y primer novio —"en clave de séptimo grado", aclara Méndez, y se ríe—, mientras su abuelo la lleva de la Patagonia al país entero, de 1950 hasta el siglo que empieza. Los relatos del abuelo, aclaran, son de Víctor Díaz, y no quieren que eso quede en el olvido: "Le agradecemos muchísimo, muchísimo", repite Miori.

Hay una regla que se respeta en todo el proyecto, y que sus autoras cuidan como si fuera la columna vertebral de todo lo demás: los hechos son reales. Las fechas, los gobiernos, los contextos, tienen respaldo histórico riguroso. Lo que es ficción es la mirada: todo se cuenta desde los ojos de una nena, y no de un adulto blanco con poder político o económico, que es quien solía protagonizar los libros de historia, con contadas excepciones. Ese cambio de cámara —de quién mira, y desde dónde— es toda una declaración de principios. Y hay una tercera parte, más chica, que se llama "Lo que cuenta la historia", pensada para el que quiera ir más allá de la ficción y meterse de lleno en el proceso histórico.

Años después, releyendo el propio libro, fue Gabriela Miori quien encendió la mecha de lo que vendría. Charlando entre amigas —porque así arrancó todo, dicen, "charlando, jugando, soñando"— se dio cuenta de que Clarita, sin proponérselo, ya venía hablando de Educación Sexual Integral todo este tiempo. Crece, menstrúa, descubre que es mapuche por un secreto de familia, guarda cosas y las devela. "Esto es ESI", le dijo a Méndez. Y ahí, en esa charla, apareció también la posibilidad de cruzar las ciencias naturales con las ciencias sociales, que hasta ese momento habían caminado por andariveles separados.

Veinte años después del libro original, ese cruce de ideas se transformó en algo más concreto: una aplicación. La bautizaron "Clarita en la escuela", y no es un gadget suelto ni una ocurrencia tecnológica: está pensada específicamente para segundo y tercer ciclo de la escuela primaria, de cuarto a séptimo grado, y ahí adentro mete todo junto —ciencias sociales, ciencias naturales, lengua, ESI—, unificado de acuerdo a los contenidos curriculares vigentes, porque en la vida de un chico de diez años nada viene separado en materias.

La decisión de sumar el formato digital no salió de una moda ni de una consultora. Salió de volver a las aulas y notar que la tecnología, en general, seguía usándose poco y mal: existen formatos pensados para otros espacios, otros tiempos, y trasladarlos sin adaptación a la escuela rionegrina, patagónica, argentina, los vacía de todo potencial educativo. La apuesta fue distinta: aprovechar lo que una aplicación puede ofrecer —la vertiginosidad, los colores, los estímulos, la interactividad— para que el estudiante deje de ser un simple observador y pase a ser protagonista, construyendo su propio aprendizaje a partir de sus propias elecciones, pero sin perder el anclaje territorial ni la pregunta de fondo: hacia dónde vamos, quiénes somos.

Méndez lo resume con una frase que parece simple y no lo es: "la tecnología puede ser una buena amiga de las prácticas educativas, o una enemiga. Y optamos por la primera opción". Pero no cualquier amiga: una que no reemplace el trabajo docente, sino que lo acompañe, en un país donde buena parte de las maestras hace doble turno y llega a fin de mes corriendo. Por eso insisten en que la app no busca sumar exigencia sino ideas: para que cada docente las tome, las adapte a su escuela, a sus posibilidades, a los intereses de sus propios chicos y chicas. Como dice Miori, tiene algo de devolución: mucho de lo que aprendieron se lo deben a la escuela pública y a la universidad pública, y esto es, en parte, un modo de retribuir.

La aplicación conserva la estructura del libro, pero abre una puerta que antes estaba apenas entornada: la ESI. Cada capítulo, dicen sus autoras, es una oportunidad de trabajar educación sexual integral sin que suene a tema aparte, incrustado en la propia trama, como debería ser siempre. Y no cualquier recurso vale para cualquier idea: cada capítulo parte de un concepto poderoso, y a partir de ahí se elige el material más adecuado, sea un recorte de diario, una noticia, un video o un testimonio oral. Un ejemplo que da la propia Méndez: trabajar la idea de que la mal llamada "Conquista del Desierto" no fue la conquista de un desierto —porque acá vivía gente, mucha gente— sino un genocidio. La propuesta busca, además, tomarse en serio conceptos que solemos simplificar demasiado —como la idea de "familia tipo"— y darles densidad teórica, histórica y territorial, partiendo de una premisa casi filosófica: que las personas somos, en buena medida, en función de dónde están fijados nuestros pies para abajo y nuestra cabeza para arriba.

Por ejemplo, Clarita vive la experiencia de ver a su padre irse a ´pelear a Malvinas. También aprende sobre el voto femenino. Todo, con música, imágenes, audio.

Consultada sobre si la escuela y la tecnología no están, de algún modo, peleadas, Méndez no esquiva la tensión: reconoce que todavía se está en una coyuntura donde hay mucho por debatir y consensuar, y que ahí el Estado tiene un rol que no puede eludir. El punto de partida, para ella, tiene que ser la equidad en el acceso a la información: por eso la app fue diseñada para poder bajarse y usarse íntegramente sin conexión a internet. Antes de discutir qué tecnología usar, sostiene, hay que discutir quién tiene acceso a ella.

Para representar todo esto eligieron un símbolo poco esperado: un caracol. Lo eligieron en un doble sentido. Por un lado, como las personas que llevan su casa a cuestas: en esa casa se lleva el propio mundo, y aunque uno se mueva muy despacio, siempre arrastra consigo su pasado, su presente, los vínculos con quienes lo rodean. Por otro lado, la propuesta pedagógica es en sí misma una "propuesta caracol": no se trata de saltear escalones, sino de tener la posibilidad de parar, tomar aire, repensar, como en una escalera en espiral, donde en cada vuelta se mira lo mismo pero desde otra altura, otra perspectiva.

Méndez es cuidadosa en aclarar algo más: buena parte de las ideas que integran la app no son inventos propios, sino prácticas recuperadas y socializadas de compañeras y compañeros que están hoy mismo en las aulas. "En la escuela se hacen cosas maravillosas", dice. "No está todo inventado." Lo que las entusiasma, insiste, es justamente esa posibilidad de volver a mirar viejos problemas con recursos nuevos, entendiendo que las respuestas, para ser poderosas, tienen que ser compartidas.

Por eso abrieron una casilla de correo, [email protected], para que cualquier docente pueda escribir, mandar sus propias producciones, hacer consultas, proponer cambios. Conciben el proyecto como algo abierto, en revisión constante. Por ahora, dicen, su tarea más inmediata es simple y modesta a la vez: militar Clarita. Que circule, que se discuta, que se elija o no, pero que siga estando ahí, con las puertas abiertas y —como lo dicen ellas mismas, sin ironía— con el corazón abierto también, para seguir mejorando algo que, a esta altura, ya dejó de ser solamente un libro.

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