Por: Bache3000
Hay una foto que se repite cada invierno en Bariloche: la montaña blanca, el lago abajo, un esquiador diminuto bajando una ladera que parece infinita, y arriba —siempre arriba, como corresponde a estas cosas— una frase que quiere ser un abrazo. "Catedral es de los barilochenses", decía ayer el posteo de @cerrocatedralok. Decirlo, que lo diga CAPSA, parece más bien la necesidad de reafirmar algo que evidentemente no está claro. ¿Un lapsus inconsciente? Más de 17.500 residentes, contaba, disfrutan de su montaña cada temporada. Hay un corazón celeste al final, para que no queden dudas del tono. Y sin embargo alguien, en algún lugar de esa empresa, tuvo que sentarse a escribir esa frase, elegir esa foto, programar ese posteo, exactamente ahora. Nadie confiesa por afecto. Se confiesa cuando hace falta.

Porque conviene decir esto despacio, porque la letra chica siempre pide que uno vaya despacio: el Pase Residente no lo inventó Capsa por cariño a la ciudad que la hospeda. Lo inventó, hace treinta años, un contrato de concesión que la obliga a dárselo, de la misma manera que obliga a cualquier concesionario a mantener las luces del camino o a barrer la vereda del frente. El precio ni siquiera lo pone la empresa: lo fija el Ente Autárquico Municipal Cerro Catedral, que este año lo dejó en $640.000, el equivalente a apenas cuatro días de esquí a precio de turista. Es, dicho de otro modo, un mínimo. Y el mínimo, en cualquier idioma, es lo que se da cuando no queda otra.
Lo interesante —lo verdaderamente interesante, lo que ninguna foto de esquiador feliz va a mostrar nunca— es lo que ese mínimo trae adentro. El residente de Bariloche tiene, en su propia montaña, un solo producto disponible: el Pase Residente, sin variantes, sin versión corta, sin nada pensado para cómo esquía realmente la gente que vive acá. Y sobre ese único producto pesa una arquitectura de restricciones que parece diseñada por alguien que nunca esquió un sábado con sus hijos. No se puede usar entre el 19 de julio y el 3 de agosto —las vacaciones de invierno, la mejor nieve del año, el momento en que la montaña se llena de gente que sí puede pagar el pase diario—.
El resto de la temporada alta, tampoco se puede subir antes de las once de la mañana: las horas de nieve fresca y sin cola quedan reservadas, como quien no quiere la cosa, para el que paga aparte. Hay que comprarlo entero, de una sola vez, antes del 31 de diciembre, sin cuotas, apostando a una nieve que todavía nadie vio caer. Y si el residente no llega a subir ni un solo día, hay una escala de reintegro que castiga: 100% hasta el 1 de junio, 50% hasta el 15, 25% hasta el 30, cero después. Si sube una vez, ya perdió todo. Si la montaña no abre por falta de nieve, tampoco hay devolución: ese riesgo, como casi todos los riesgos de esta historia, lo carga el vecino.

Alguien podría decir: bueno, pero al menos es barato. No lo es, o no lo es del modo en que parece. El residente que quiera lo que en cualquier montaña del planeta es lo más obvio —subir cuando se le canta, sin horarios, sin fechas prohibidas— tiene que resignar el Pase Residente y comprar entradas de turista. Quince días así le cuestan cerca de 2.400.000 (unosUS 1.655). Más de lo que cuesta el Epic Pass de Vail Resorts, que abre noventa montañas del mundo entero por US$ 1.089.
Y si lo que quiere es simplemente el abono de temporada sin restricciones —lo que en Andorra, en Austria, en Italia es la oferta estándar—, tiene que pagar el Exclusive Temporada Esquiador: diez millones de pesos, unos US$ 6.900, la misma tarifa que paga el turista que vino de afuera. Con esa plata, ese mismo esquiador podría comprarse seis temporadas completas en otros centros de primer nivel del mundo. El pase residente de Andorra —sin candados, con acceso a tres estaciones enteras— cuesta apenas unas décimas más que el de acá. La diferencia no es el precio. La diferencia es que en Andorra a nadie se le ocurriría cobrarle al vecino un lujo por esquiar temprano en su propia montaña.
Y todavía falta el trámite: seis meses de antigüedad acreditada, carga de documentación en una plataforma, aprobación de la empresa, verificación presencial con foto y datos biométricos para quien lo saca por primera vez, y un recambio de la ChipCard que solo puede hacerse entre el 15 de febrero y el 31 de mayo, ni un día antes ni un día después. Ser vecino de la montaña, en Catedral, es una gestión burocrática con reglamento propio.
Así que volvamos al posteo, a la foto, al corazón celeste. "Catedral es de los barilochenses", dice Capsa, justo esta semana, justo cuando alguien empieza a leer el contrato en voz alta. Puede ser casualidad. También puede ser, simplemente, que las empresas —como las personas— hablen más fuerte de generosidad cuando más caro les está saliendo el silencio.