Por: Bache3000
Son las diez de la noche de un viernes de agosto y en un sanatorio de Rosario se apaga la vida de un hombre que pasó cuarenta años parado al costado de una cancha. Afuera no hay flashes. Nunca los hubo, en realidad, o casi nunca: Jorge Messi se las arregló toda su vida para estar en el centro de la historia sin ocupar el centro de la escena.
Nace un primero de enero de 1958 en Rosario. Se forma como técnico químico, entra a Acindar, la fábrica metalúrgica, y llega a supervisor. Es la biografía de miles de rosarinos de su generación: turno, familia, domingo de fútbol en el potrero. Nada anuncia todavía que ese obrero metalúrgico va a terminar siendo, sin buscarlo, arquitecto de una de las historias deportivas más grandes que dio el país.
La escena se repite durante años en el predio Malvinas de Newell's Old Boys: un padre parado al borde de la cancha, mirando entrenar a un pibe más bajo que sus compañeros. Ese pibe tiene un problema de crecimiento que en el club no saben cómo pagar. Jorge golpea puertas. Newell's no responde. Prueba en River. Tampoco. Y entonces hace lo que hacen los padres que no tienen plan B: inventa uno. Negocia con Barcelona un acuerdo insólito para la época —contrato, sueldo, casa, trabajo para la familia, cobertura del tratamiento hormonal— y a los trece años se sube con su hijo a un avión.
En Barcelona la ciudad los recibe con la indiferencia de lo desconocido. Leo, años después, va a contar en una entrevista el momento exacto en que todo pudo terminarse antes de empezar: "Mi viejo me preguntó qué querés hacer, ¿querés seguir o nos volvemos? Yo quise seguir y él se quedó conmigo." No hay estatua ni título que resuma mejor lo que fue Jorge Messi: la pregunta de un padre dispuesto a volverse a Rosario si hacía falta, y la decisión de quedarse cuando el hijo eligió seguir.
Mientras Celia Cuccittini sostenía la otra mitad de la familia en Rosario, Jorge se quedó del otro lado del océano. Se convirtió en representante sin dejar nunca del todo de ser padre: negoció contratos, discutió cláusulas, blindó a un adolescente de un mundo que lo iba a mirar como mercancía antes que como persona. Lo hizo, además, con un rasgo que en el fútbol —y en el mundo en general— escasea: discreción. Pocas entrevistas en cuarenta años. Ninguna necesidad de figurar.
Ese mismo hombre reservado fue el que, dos meses atrás, durante el Mundial, explicaba desde una clínica de Rosario por qué su hijo no podía contener las lágrimas después de meterle un gol a Argelia. Leo lo dijo con una frase corta: pasó unos días difíciles. Todo el país entendió, sin que hiciera falta explicarlo, que esos días difíciles tenían un nombre y una dirección: la salud de Jorge.
Hay una idea que atraviesa la mejor tradición del periodismo argentino, la de Walsh, la de Borges, la que persigue Bache3000 en cada nota que publica: que el verdadero héroe nacional no es el que brilla, sino el común que sostiene lo extraordinario desde un lugar invisible. Jorge Messi es eso. Un obrero metalúrgico de Rosario que un día decidió que su hijo iba a tener una oportunidad, y se ocupó de que la tuviera. No inventó goles. Inventó las condiciones para que existieran.
Junto a la abuela Celia —la que primero lo llevó a la cancha, la que Messi nombra cada vez que festeja mirando al cielo— Jorge Messi forma parte de esa genealogía secreta que sostiene a los grandes: la de la gente común que, sin saberlo, cambia la historia de un país entero. Argentina no tuvo la Copa del Mundo, la Copa América, ni la historia que escribió con la zurda de Messi porque sí. La tuvo porque un padre, en un club de barrio de Rosario, decidió no rendirse.
Hoy, mientras Rosario despide a Jorge Horacio Messi, esposo de Celia Cuccittini, padre de Lionel, Rodrigo, Matías y María Sol, hay una sola cosa para decirle desde este pedazo de la Patagonia que también entiende lo que cuesta sostener a los propios en un país difícil.
Gracias, Jorge.