domingo 09 de agosto de 2026 - Edición Nº542

Yo no lo voté | 9 ago 2026

"QUE HAYA CLASES"

"Sola soy una más, pero junto a ustedes no hay empresa imposible": la escena que dejó el acto de Soria

10:55 |En Roca, María Emilia Soria agradeció a los intendentes, bajó sus cuatro ejes de gestión y cerró con una frase que se corrió del libreto de campaña. Del otro lado, dijo, la pobreza sigue siendo lo único que crece en la Argentina.


Por: Bache3000

Hay una escena que se repite en la política argentina desde que hay política argentina: miles de personas mirando a alguien que les dice que están unidos. Ayer, en Roca, la escena tuvo nombre y apellido —María Emilia Soria— y tuvo un número, ese número que después todos repiten: tres mil. Tres mil personas que dejaron sus casas, sus pueblos, sus quehaceres del sábado, para escuchar una palabra que ya conocen de memoria: unidad.

Es una palabra rara, la unidad. Se la invoca siempre en el momento en que más falta hace, es decir, cuando se está por ganar, o cuando no existe. El peronisimo deberá develar, con acciones, cuál de las dos es. Soria lo sabe, y por eso construyó su discurso como se construyen las plegarias: con una fórmula que ya funcionó antes. En 2011 nos unimos y ganamos, dijo. Y en 2025 —insinuó, sin decirlo con esas palabras— pasó lo mismo. La historia, contada así, tiene la prolijidad de las historias que se cuentan para ganar elecciones: un poco de verdad, mucho de deseo.

La primera parte del acto no fue para ella. Fue para los demás: uno por uno, Soria agradeció a los intendentes de la provincia, nombró pueblos que la política nacional no sabría ubicar en un mapa, reconoció el trabajo de cada gestión local como quien arma, ladrillo a ladrillo, la evidencia de que el aparato existe y funciona. Es el gesto clásico de la construcción territorial: antes de hablar de una misma, hablar de los otros.

Recién después llegó el diagnóstico, y ahí la voz cambió de registro. «Cuando vemos que lo único que crece en nuestro país es la pobreza y la desigualdad, cuando vemos a un Estado nacional que ya no abraza, que ya no promueve la grandeza de su pueblo, sino que destruye, que golpea a nuestros jubilados y a nuestros jóvenes en la Plaza de Mayo», dijo, y la plaza de Roca respondió con el aplauso que se le debe a una frase escrita para ser aplaudida.

Después vinieron los ejes, dichos con la cadencia de quien ya los repitió muchas veces y sabe exactamente dónde poner el énfasis: salud, educación, seguridad, justicia. «Un gobierno que planifique en vez de improvisar. Un gobierno que tenga profesionales, presupuesto. Un gobierno que priorice a los rionegrinos en vez de los negocios», dijo, y fue bajando cada eje a una imagen concreta, casi doméstica: «Que en las escuelas haya clase. Que en las escuelas haya clase», repitió, como quien golpea dos veces la misma tecla para que no queden dudas. «Que en los hospitales haya profesionales, medicamentos, insumos.»

Es una fórmula hecha para la época: cuando la motosierra es la imagen dominante de un gobierno nacional, decir «mejor Estado» es casi un acto de resistencia semántica. También es, hay que decirlo, una frase que necesita contenido, para un electorado que busca puntos de referencia respecto de cómo será el futuro: explicar qué es lo que se va a mejorar, cómo, y con qué plata. Pero por ahora funciona, y sirve para alambrar los votos propios, porque enfrente tiene un nombre propio al que interpelar: Aníbal Tortoriello, el candidato libertario, convertido por default en el representante de la tesis contraria.

Alrededor de Soria se ordenó, como corresponde, el mapa completo del poder territorial peronista: diputados nacionales, senadores, concejales, gremialistas de sindicatos con siglas que solo entienden los que viven de ellas. Es el ritual de siempre: mostrar que atrás de la consigna hay estructura, que atrás de la palabra hay aparato.

Pero el momento que va a quedar no fue ese. Fue el cierre, cuando Soria bajó el tono político y subió el emocional, y dijo algo que no suena a discurso de campaña sino a otra cosa: «Sola, sola soy una más. Con mi talento y ganas de aprender. Sola soy una más, con mis errores, ganando consciente. Pero junto a ustedes, junto a ustedes, no hay empresa, por difícil que sea, que no podamos alcanzar el éxito.» Y ahí, en esa fórmula que invierte el orden habitual —primero la debilidad propia, después la fuerza colectiva—, está quizás la única honestidad real de la tarde.

Cerró con un pedido, casi una tarea para el que se iba: «No sean espectadores de lo que viene. Quiero que sean protagonistas. Quiero que se transformen en la voz de esta unidad. Lleven este mensaje a la mesa familiar, al club de barrio, al grupo de amigos, al pueblo, a la ciudad. Díganme que ustedes estuvieron acá, que lo vieron con sus propios ojos, que somos muchos, que estamos convencidos, y que esta vez vamos en serio.»

Queda, como siempre, la pregunta que ningún acto responde por más que la plaza se llene: si la unidad de los dirigentes se traduce en unidad de los votos. Ahora el peronismo deberá trabajar para que esa unidad, tan bien mostrada ayer en Roca, se transforme en un proyecto.

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