Por: Bache3000
Fue pasadas las 19, cuando ya el frío empezaba a pegar más fuerte en la costa del Nahuel Huapi, que Daniel Scioli, secretario de Turismo de la Nación y uno de los dirigentes que más empuja el negocio de los Trappa, llamó por teléfono al intendente Walter Cortés para invitarlo a una reunión con empresarios de todos los rubros de Bariloche. Ahí mismo, Cortés le puso una condición que después cumplió al pie de la letra.
—Dale, Walter, en un rato nos vemos con todos los empresarios de Bariloche —le dijo Scioli por teléfono, con ese tono suyo de invitación que no admite mucho respiro.
—Mirá que si aparece Trappa, yo me levanto y me voy —le contestó Cortés, sin vueltas.
—Dale, no seas así, venite, que así nos reunimos todos —insistió Scioli.
Cortés no dijo más nada. Cortó, ordenó algunos papeles que tenía sobre el escritorio, volvió a ponerse la campera con la que había estado todo el día, y salió directo al Hotel Inacayal, donde ya se había armado el convite.
Cuando llegó, saludó uno por uno a los empresarios, que estaban acomodados en el salón. En el centro de la escena, como anfitrión, estaba Scioli. Entre los presentes se encontraban Helga Salvatelli, gerenta general de Catedral Alta Patagonia (CAPSA), la concesionaria del cerro; Hugo De Barba, dueño del hotel y presidente de la Asociación Empresarial Gastronómica Hotelera de Bariloche (AEHGB); y Ezequiel Barberis, titular de la Cámara de Turismo y presidente de la Federación Argentina de Asociaciones de Empresas de Viajes y Turismo (Faevyt).
Cortés se sentó con algunos de sus asesores y empezó a hablar de nimiedades: la Fiesta de la Nieve, la temporada, cualquier cosa que no comprometiera demasiado. Hubo risas al principio. Hubo buen clima.
Hasta que por la puerta de entrada se vio cierto movimiento. Varias personas rodeando a una, con esa coreografía que se arma cuando entra alguien acostumbrado a que le abran camino. Los empresarios giraron la cabeza, uno por uno, para ver quién era.
Ahí empezó el desfile de caras. Hubo quien sonrió apenas, un gesto chico, casi obligado. Hubo quien exageró la sonrisa, de esas que se estiran de más para tapar la incomodidad. Hubo quien la escondió, mirando para otro lado, como si el café se hubiera vuelto de golpe lo más interesante de la mesa. Y hubo quien se puso serio, sin disimulo, avisando que algo se venía.
Entre todos esos rostros, el más rígido, el más oscuro, fue el de Cortés. Se le cambió la cara entera: la mandíbula tensa, la mirada que minutos antes se reía de cualquier cosa, ahora fija, oscura, clavada en la figura que se acercaba.
El aire se cortaba a cuchillo cuando las dos miradas se cruzaron.
Era Sebastián Trappa. Avanzó saludando con una sonrisa leve pero firme, la de alguien que ya sabe que no todos los saludos van a ser iguales. Uno por uno, los empresarios le dieron la mano, algunos con más ganas que otros, algunos mirando de reojo hacia donde estaba Cortés para ver qué pasaba. A partir de ahí todo sucedió en cámara lenta.
Cuando le llegó el turno de acercarse al intendente, este se puso de pie. Esquivó la mano tendida y caminó hacia la salida.
—Walter, no hace falta, quedate —le dijo Scioli, tratando de pararlo.
—Yo te dije que si venía Trappa, yo me iba —le respondió Cortés, sin frenar el paso.
Y se fue. Trappa quedó con la mano en el aire, esperando un saludo que nunca llegó, con el rostro estupefacto. Todos los rostros del salón se dieron vuelta hacia él, para ver qué hacía con esa mano, con esa cara, con ese silencio que de repente pesaba más que cualquier palabra.
Los asesores de Cortés, sin decir nada, se levantaron detrás del intendente y salieron también. En el fondo del salón, la figura de Cortés se perdía hacia la puerta, y ahí quedaron todos, empresarios y funcionarios, mirándose las caras sin saber muy bien qué cara poner.
Nadie dijo nada durante unos segundos, que parecieron enternos. En Bariloche, a veces, el silencio dice más que cualquier discurso.