Por: Bache3000
Hay una escena que se repite, con variaciones, en las mesas de café de todo el país: un pibe mira el teléfono, duda, escribe algo, lo borra, y termina guardando el celular en el bolsillo sin mandar nada. No pasó nada. Eso es, justamente, lo que pasó. Y ese "no pasó nada" tiene ahora un número: 6 de cada 10 varones jóvenes admite haber evitado alguna vez acercarse a una mujer por miedo a incomodarla o a que lo interpreten mal. No es timidez de toda la vida, la de antes, la que se curaba con un poco de vino y un empujón de los amigos. Es otra cosa. Es un miedo con época.
Un estudio de las consultoras Reyes Filadoro y Enter Comunicación se metió a averiguar qué le pasa a esa generación que tiene entre 18 y 35 años, y salió con una noticia incómoda: nadie la está pasando bien, pero por motivos distintos, y encima no se ponen de acuerdo en de quién es la culpa. El trabajo combina una encuesta a 643 jóvenes de todo el país, seis grupos focales y un rastreo de lo que se dice en YouTube e Instagram. No es una foto, es más bien una radiografía, de esas que muestran huesos que uno preferiría no haber visto.
Empecemos por el clima general, que es el que se respira antes de cualquier cita, de cualquier decisión importante. El 54% dice sentirse bien, sentimientos positivos, pero apenas se cruza el dato con la edad, el cuadro se ensombrece: entre los de 25 a 35, más de la mitad —el 55%— describe su último año con ánimo negativo. Frustración, estrés, ansiedad. La misma ansiedad que un pibe de un grupo focal resumió con una frase que podría estar en cualquier bar: "las redes sociales saturan y abruman... también la incertidumbre sobre el futuro". Nada nuevo bajo el sol, dirán algunos. Pero hay algo nuevo: antes la angustia se cocinaba a fuego lento, en soledad, en la habitación. Ahora se cocina en público, con métricas, con "me gusta" que faltan, con la vida de los demás pasando por la pantalla como una publicidad de algo que uno no tiene.

En materia de amores, el país se divide más o menos a la mitad: 60% está en pareja, de alguna forma —estable, casual, lo que sea—; 40% anda solo. Entre los mayores del grupo, los de 25 a 35, casi 7 de cada 10 tiene alguien. Y entre los solteros, cuando se les pregunta por qué, la respuesta más común no es trágica: "disfruto estar soltero/a y ser independiente", dice el 18%. Ahí no hay drama. El drama aparece más abajo, en la letra chica: 1 de cada 4 mujeres solteras confiesa que no sabe ni por dónde empezar a buscar pareja. Entre los varones, esa cifra es apenas el 5%. Como si a ellas les hubieran cambiado el mapa de la ciudad de un día para el otro y a ellos no.
Y buscar, dicen, cuesta. El 57% de los solteros piensa que hoy es difícil o muy difícil encontrar pareja —65% entre las mujeres, 50% entre los varones—. Las aplicaciones, esas que prometían resolver todo con un swipe, tampoco terminaron de convencer a nadie: más de la mitad de los solteros (51%) nunca las usó. Los que sí las usan son mayoría varones, casi el doble que las mujeres. Como en tantas otras cosas de la vida moderna, la herramienta está, pero la gente no termina de confiar en ella.

Ahí es donde el estudio empieza a mostrar lo más interesante, que no es un dato sino una fractura. El 77% de los jóvenes está convencido de que las relaciones de hoy son más descartables, más breves, que las de sus padres. El 72% siente que vincularse afectivamente hoy exige un esfuerzo emocional enorme, como si el amor se hubiera convertido en un segundo trabajo, uno que además no paga horas extra. Y en las conversaciones digitales que rastreó el estudio aparece una escena curiosa: la del "encare", esa vieja costumbre de acercarse a alguien en un bar, ahora descripta como un examen de alto riesgo. Frente a ese examen, la respuesta de muchos pibes es la retirada táctica: quedarse en el grupo de amigos, ese refugio seguro donde no hay rechazo posible porque no hay riesgo posible.
Pero el corazón del asunto —el verdadero hueso de esta radiografía— está en la masculinidad. El 80% de los jóvenes, sin distinción de género, coincide en que ser hombre o ser mujer hoy significa algo muy distinto a lo que significaba para sus padres. Ninguna sorpresa ahí: el mundo cambió, eso lo sabe cualquiera que haya prendido la tele en los últimos veinte años. La sorpresa es otra: el 68% de los varones admite sentirse, al menos un poco, confundido respecto a qué se espera de ellos. Como si les hubieran cambiado las reglas del partido en el entretiempo y nadie les avisó.

Porque los mandatos viejos no se fueron del todo, aunque digan que sí. El 41% de los hombres sigue creyendo que un varón debe ser fuerte y no mostrar debilidad —aunque el 92% de las mujeres lo rechaza de plano—. Un tercio piensa que debería poder resolver sus problemas sin pedir ayuda a nadie, como si pedir ayuda fuera una falta grave, casi una traición. Y el 65% siente que necesita tener plata, estabilidad económica, para que lo valoren en una relación, mientras que dos tercios de las mujeres opinan exactamente lo contrario. Es un desencuentro con nombre y apellido: ellos cargando un mandato que ellas, en su mayoría, ya dieron de baja.
El resultado de esa tensión no es abstracto, se nota en la conducta: ese 60% que evita acercarse por miedo. Un tercio de los varones (33%) directamente reconoce sentir presión por cumplir con estereotipos como "ser fuerte", "ser el proveedor" o "no llorar". Y aunque el 80% coincide en que a muchos hombres les cuesta expresar emociones o pedir ayuda por esas mismas expectativas, la costumbre de callarse sigue siendo más fuerte que la costumbre de hablar.

Del otro lado del mostrador, las mujeres tampoco la tienen fácil, aunque el estudio marca que su presión es de otro tipo. El 65% coincide en que hoy se les exige cumplir mandatos simultáneos y contradictorios: ser exitosas en el trabajo, independientes económicamente, impecables físicamente, y encima ocuparse de la casa y del cuidado de los demás, como si fueran cuatro personas metidas en una sola agenda. En redes, uno de los contenidos que más circuló durante el relevamiento —casi dos millones de reproducciones— mostraba a una joven explicando por qué decidió no tener hijos, y generó una ola de comentarios donde predominaban la indignación y la frustración (41,5%), aunque también hubo, como siempre hay, quien le echó la culpa al feminismo por "romper la familia".
Y ahí aparece la grieta más honda de todas, la que no se mide en pesos ni en apps, sino en la mirada del otro. El 73% de los hombres dice sentirse comprendido por las mujeres. Entre las mujeres, apenas el 53% dice sentir lo mismo respecto de ellos. Frente al feminismo, las lecturas se separan todavía más: el 44% de los varones lo vive como "un ataque desmedido" hacia ellos, contra apenas el 19% de las mujeres. Los propios hombres, encima, no se ponen de acuerdo entre sí: el 56% dice estar dispuesto a revisar su forma de vincularse, pero el 60% de las mujeres, con la experiencia de quien ya escuchó esa promesa antes, no les cree.

Con todo esto arriba de la mesa —la ansiedad, el miedo, los mandatos que no terminan de irse, la desconfianza mutua— cualquiera pensaría que a esta generación se le fueron las ganas de armar algo con otro. Y sin embargo no: el 81% de los jóvenes, más allá de todo lo anterior, dice que le gustaría tener hijos y formar una familia. Ahí está, quizás, el dato más sopresivo de todo el informe, el que mejor resume el humor agridulce de esta historia: la gente sigue queriendo lo mismo de siempre —alguien con quien compartir la vida— pero ya no sabe muy bien cómo se llega. El deseo no cambió. Lo que cambió es el camino, que ahora está lleno de pozos, de esos que en esta ciudad conocemos bien.
Como bien resumen los autores del estudio: hombres y mujeres comparten el diagnóstico. Los vínculos son más difíciles, los mandatos pesan, algo se rompió y no hay manual para arreglarlo. Pero cada uno saca su propia conclusión sobre qué hacer con ese malestar compartido. Y esa distancia —entre lo que sienten igual y lo que entienden distinto— es, probablemente, la noticia más importante que deja este trabajo.