Por: Roberto Díaz, Bache3000
Hay una foto que no existe, porque en 1850 todavía no había cámaras que llegaran hasta ahí, pero yo me la imagino igual: un hombre viejo, casi ciego, mirando por la ventana de una casa alquilada en Francia, preguntándose si alguna vez alguien se iba a acordar de él en esa cordillera que había cruzado con seis mil hombres y demasiadas mulas muertas en el camino.
San Martín se murió un 17 de agosto, lejos, solo, con una hija al lado y un país entero que todavía discutía si lo quería o no. Así somos los argentinos: primero desconfiamos, después exiliamos, y recién cuando el tipo ya está bajo tierra le construimos el mausoleo más caro que encontramos. A él ni siquiera lo dejaron elegir dónde morirse.
Yo no sé si San Martín pensó alguna vez en Bariloche. Lo dudo. Cuando cruzó la cordillera lo hizo mucho más al norte, por Uspallata, con la mirada puesta en Chile y en Perú, no en este pedacito de lago y montaña que todavía no era nada, que ni siquiera tenía nombre en castellano. Pero la cordillera es una sola, y el tipo que la cruzó para liberar medio continente es el mismo cerro que nosotros miramos todas las mañanas cuando salimos a comprar el pan.
Hay algo de San Martín en esta ciudad que se hizo mirando siempre para el otro lado, hacia la frontera, hacia lo que hay más allá del agua y de la piedra. Bariloche nació de gente que cruzó cordilleras, que dejó atrás algo para venir a buscar otra cosa, chilenos, alemanes, criollos que bajaban del norte, todos con la misma lógica del que atraviesa una montaña sabiendo que del otro lado no hay garantías de nada. San Martín cruzó la suya con un ejército. Los que fundaron este pueblo la cruzaron con una carreta, con una changa, con la nada misma. Pero el gesto es hermano.
Y sin embargo hoy, 17 de agosto, en esta ciudad que le puso su nombre a media cuadra de cada barrio, la fecha capaz pasa como una más. Un feriado para dormir, para esquiar, para no pensar en nada. Y quizás esté bien, quizás el General tampoco hubiera querido homenajes de bronce. Pero conviene, aunque sea un rato, preguntarse qué clase de ciudad estamos construyendo nosotros, los que vinimos después, los que tenemos la cordillera de fondo todos los días y a veces ni la miramos.
San Martín se fue de la Argentina por propia decisión, cansado de una patria que se peleaba entre hermanos mientras él ya no tenía más batallas para dar. Se fue para no ser parte del quilombo, dijo alguna vez, más o menos, que prefería la soledad de Francia antes que ver a los suyos matarse por el poder. Y una se pregunta si eso no es también, de alguna forma, una postal de Bariloche: una ciudad hermosa, cercada de belleza por todos lados, y que sin embargo a veces elige mirar para otro lado en vez de resolver lo que tiene enfrente. El Cerro Catedral, la Cooperativa, el básquet político de la Carta Orgánica, el vertedero, las mismas broncas de siempre disfrazadas con nombres distintos cada temporada.
El general murió sin saber bien qué iba a pasar con este país que ayudó a parir. Nosotros tampoco sabemos bien qué va a pasar con esta ciudad. Pero hay una diferencia: él ya cruzó su cordillera. La nuestra, la que tenemos que cruzar los que vivimos acá, no es de piedra ni de nieve. Es la de ponernos de acuerdo, aunque sea una vez, sobre qué clase de Bariloche queremos dejarles a los que vengan después. Esa cordillera todavía no la cruzamos.
Hoy, 17 de agosto, un poco de silencio no le vendría mal a nadie. Ni para el General, ni para esta ciudad que carga su nombre y que todavía no terminó de decidir, como él en su momento, para qué lado quiere mirar.