Por: Bache3000
En la esquina de Puyehue y O'Higgins, en pleno Barrio La Cumbre, Ana Cheuqueman abrió la puerta de su casa y de su memoria. Es hija de Luis Alberto Cheuqueman Villegas, uno de los pioneros de la zona, cuya familia llegó a Bariloche en 1848. Ana nació en el mismo terreno que su padre compró en 1953, cuando todo lo que hoy es calle, casa y vereda era, según sus palabras, "puro monte".
El barrio no siempre se llamó La Cumbre. Antes fue Quinta Capraro, después Belgrano Sur, luego Barrio Chileno y recién en cuarto lugar adoptó el nombre actual. Ana recuerda haber pasado por esas cuatro denominaciones en sus propios boletines escolares de la escuela 187, la vieja escuela de madera del Mallín, antes de terminar sus estudios en el Comercial Albarracín.
Las primeras familias que poblaron la zona fueron los Bustamante y los Carfuleo, seguidas más tarde por la abuela León y la abuela María Unquén, matriarca de los Montesino. No había red de agua: los vecinos caminaban hasta unos pozones ubicados donde hoy funciona la universidad, o hasta un pozo frente a Adefur, propiedad de un vecino apodado "el gringo de los conejos". Ninguna de las calles actuales existía todavía, ni siquiera el trazado que hoy recorre la línea 70 por Atronador.

El fútbol barrial tuvo un rol central en la vida social: el club Estrella del Sur jugaba en el campo Las Margaritas, terreno que hoy ocupa el Jardín Botánico. Años después, el hermano de Ana, Luis, fundó el club El Trébol, cuyo nombre nació de un pacto con la dueña de un bar en O'Higgins, la señora Delfina, que permitió las reuniones del club a cambio de que llevara ese nombre. Cuando Luis murió, ninguno de quienes después integraron el club se acercó a despedirlo, un gesto que Ana recuerda con amargura.
La política local también dejó su marca en la memoria del barrio. Ana recordó una promesa de campaña del intendente Genuso, que aseguró que la pavimentación llegaría primero a su calle y nunca cumplió. En contraste, valoró la gestión de Héctor Barberi y también la del recordado Beto Icare, ambos con fuerte vínculo con el barrio.
Su vida estuvo además ligada a la parroquia Nuestra Señora del Carmen, donde trabajó treinta años en Cáritas junto al padre Juan Ángel, que —según contó— destinaba parte de su propio sueldo a la obra solidaria. Antes de eso, de niña, su familia participaba de los coros de Navidad en la Inmaculada Concepción y no faltaba nunca a la misa del gallo en la Catedral, una tradición que su padre sostenía como algo sagrado.
Su padre, Luis Alberto Cheuqueman Villegas, era un carpintero mueblista de Puerto Montt, Chile, que fue reclutado para trabajar en Bariloche por falta de mano de obra especializada. Dejó su huella en el revestimiento del Hotel Catedral y del primer Sanatorio San Carlos, y trabajó para familias emblemáticas de la hotelería local como los Testoni, los Poviña y los Bauer. Su madre, María Juana Colquichún, era oriunda de Puerto Varas.
Ana también rescató las tradiciones chilenas que su familia trajo consigo: los curantos de los domingos, compartidos con las familias Águila, Maldonado y Gallardo, y un postre a base de sémola con salsa de vino tinto que su padre solía llevar a los encuentros parroquiales.
Hoy, entre el asfalto que todavía no llega a algunas calles y el crecimiento imparable de la ciudad, la historia de Ana Cheuqueman es, ante todo, el recordatorio de que cada barrio de Bariloche esconde su propio origen, sus propias luchas y a sus propios protagonistas.