Por: Por Roberto Díaz
Hay una frase que a Diego Fenoglio se le corta en la boca varias veces durante la charla. La dice, la deja a mitad de camino, carraspea, y recién ahí puede terminarla. Le pasa cuando habla de los chicos. Le pasa cuando habla de lo que necesita su ciudad. Le pasa, sobre todo, cuando alguien le pregunta qué le pasa a él, personalmente, con este proyecto.
—Es raro —dice, y se ríe, como para cortar la emoción antes de que se note demasiado—. De estadíos yo, hasta hace tres años, no entendía nada.
Después vuelve a quedarse un segundo en silencio.
—Creo que a Bariloche le hace falta algo realmente fuerte. Algo que tenga una impronta fuerte y que haga crecer y desarrollar a Bariloche. Eso es bueno.
—¿Te emociona hablar de esto?
—Sí.

No hace falta preguntar más. Un hombre que tiene todo y ninguna necesidad de sumarse un problema más a la vida quiere construir, en Bariloche, el primer estadio de hockey sobre hielo de toda Sudamérica. Y cuando le preguntan por qué no hacerlo en otro lado, en un lugar más lógico, más fácil, mira al entrevistador un poco, con esa mirada dulce de quien no concibe la pregunta.
—No, no. Yo nací acá y creo que tengo que desarrollar lo que... Bariloche lo siento como propio. Así que no hay otro. No hay posibilidad de que sea en otro lado.
El proyecto, dice, está en un 90 por ciento. Ya está el cálculo de estructura. Ya está, sobre todo, la plata: consiguió un crédito del exterior. Podría empezar a construir en dos meses, si el municipio le da la factibilidad de uso de suelo que está tramitando. Eligió un terreno sobre Esandi y Circunvalación, a once minutos del centro, y no fue casualidad. El modelo está tomado de Brunico, Italia, en lo que fue casi una odisea.
—Cuando van a entrenar necesitan que sea fácil el acceso. Los chicos van todos los días a entrenar. Y como tiene que estar en un lugar rápido, de fácil acceso, ese lugar era el ideal. Por eso pusimos todas las fichas ahí.
Construir, calcula, va a llevar dos años.
—Trataré que en dos años esté listo. No sé si se podrá, pero trataré.
Ahí aparece otra vez esa costumbre suya de prometer con cautela, como si tuviera miedo de ilusionar de más —a sí mismo, a Bariloche— y después no poder cumplir. En octubre viaja a China a ver materiales y equipamiento. Ya tuvo una reunión con varios concejales.
—Y la verdad que a casi todos les encantó. Yo diría que a todos. No hay ninguno que me haya dicho que no le gustó.
Todavía no compró nada. No puede: falta el okay municipal. Pero tiene, dice, todos los presupuestos, todo escrito, listo para el empujón final.

El estadio, tal como lo imagina, no es una pista y nada más. Son dos, las dos olímpicas: una para jugar, otra para entrenar. En Brunico, el pueblo del noreste de Italia donde fue a buscar una referencia porque no quería equivocarse, encontró ese modelo. Hizo cuentas con la capacidad de aquel estadio —3200 personas— y decidió que no le alcanzaba.
—Un espectáculo para Bariloche mínimo va a juntar 3800, 4000 personas. Así que hagamos un estadio para 3800.
Lo dice y se ríe de sí mismo, porque sabe que dicho así suena a locura. No existe nada parecido, ni en Bariloche ni en el resto de Sudamérica.
—Pero bueno, como todas las cosas, uno en la vida tiene que apostar. Y apostamos.
Alrededor de las pistas imagina confiterías, gente mirando entrenar a los chicos, entre mil quinientas y dos mil personas circulando un día cualquiera. Imagina shows de luces. Imagina partidos de hockey abiertos al turismo, para que Bariloche tenga, además de montañas y chocolate, un espectáculo propio los fines de semana.
—La idea es armar partidos e invitar al turismo a que vea los partidos. Yo lo vivía cuando tenía veinte años. Me parecían geniales. Muy divertidos. Muy fuertes.
El edificio se llamará BRC Arenas, como en los tickets de avión. Pero lo que de verdad lo desvela no es el edificio. Es lo que puede pasar adentro, con el tiempo. Quiere seis equipos de hockey compitiendo entre ellos. No sabe cuánto va a tardar en tener chicos a nivel competitivo —dos años, tres, no lo sabe— y por primera vez en toda la charla admite no saber algo sin darle vueltas.
—Mientras tanto, apuesto a que sea algo muy divertido, que apasione a los barilochenses.
Y después, sin que nadie se lo pida, deja caer la parte más delirante del delirio.
—Es medio delirio, pero delirio posible: participar en las olimpiadas, en ocho, doce, dieciséis años, para representar a Argentina, a Bariloche, con su gente. Y traer una medalla.
Le preguntan quién va a formar a esos chicos, si en Bariloche no hay tradición de hockey.
—Hay que traer del norte: Canadá, Finlandia, Rusia, Checoslovaquia. Hay que traer entrenadores de todos esos países.
—¿Los vas a traer vos?
—Sí, sí.
—Para armar un núcleo...
—El nivel tiene que ser muy bueno desde la base. Fundamental.
De un lugar parecido salió Fenoglio hace tres décadas, cuando dejó la chocolatería familiar y fundó Rapa Nui con dieciocho empleados y una bañadora de veinticinco centímetros de ancho. Hoy exporta a sesenta países. La entrevista fue ahí, en Rapa Nui, entre las vitrinas de lo que construyó con las manos. Antes de arrancar explicó, con precisión suiza, cómo nace una idea y cuánto tarda —un año y medio de pruebas— en llegar a la góndola. Ese hombre metódico es el mismo que ahora se juega todo en una apuesta sin antecedentes, sin tradición, sin garantías. La diferencia es que esta vez, cuando habla del resultado, no siempre puede terminar las frases.
—Bienvenido a la locura —le dicen al cerrar.
—Gracias —dice él, y se ríe.