Por: Bache3000
El camión pasa y ella se calla. Es un gesto de barrio, de alguien que todavía escucha el tránsito antes que a sí misma. Cuando el ruido se va, retoma la frase donde la había dejado, como si el tiempo político también tuviera semáforos.
—Para mí el tema del vertedero fue el punto de inflexión de mi salida de Juntos Somos Río Negro —dice, y camina un poco más rápido, como si la frase le pesara.
Cuenta que el 2 de abril se reunió con el gobernador y le pidió que resolvieran de una vez el basural a cielo abierto, tal como se habían comprometido en campaña. La respuesta, según ella, fue sacarla de esas charlas y empezar a negociar directamente con el oficialismo municipal. Meses después, en una misma mesa, se sentaron siete bloques de siete partidos distintos. Peronistas, libertarios, del PRO, de Primero Río Negro, ARI, Nuevo Encuentro y Creo Río Negro: todos juntos, convocados por los vecinos, para hablar de basura.
—Fue un hecho contundente. Realmente fue impactante, tan impactante como la foto que se vio —dice, y no aclara si habla del vertedero o de la mesa.
De ahí salió, según cuenta, un proyecto de ley que empezarán a trabajar en conjunto. Ella lo resume con una frase que repite como si la hubiera ensayado, aunque suene sincera: "esto no se trata de un partido o de otro, sino de dirigentes tomando el toro por las astas".
Bariloche, para Marcela González Abdala, no es una idea. Es una clínica.
—Estamos a una cuadra de la clínica donde yo nací —dice, y señala con la cabeza, sin detenerse—. Ahí nací yo.
—¿Hace muchos años?
—Cuarenta y ocho.
No es un dato menor. Toda la entrevista transcurre así, entre veredas conocidas: la placita, el mercado municipal donde su madre tuvo un puesto, las calles que ella recorre "con el amor de haber elegido esta ciudad para formar mi familia y criar a mis hijos". Habla de identidad como quien habla de un domicilio.
Su historia empieza en un camión. Su madre lo manejaba hasta Neuquén para traer la verdura; su padre subió un día como ayudante y ahí, dice ella, "nació el amor y después los hijos y los nietos". De esa verdulería de toda la vida —"todo el mundo los conoce", dice— salió una hija que se recibió de abogada gracias a la educación pública, se fue a estudiar a la UBA y sobrevivió, según cuenta, a puro arroz durante semanas. Volvió a Bariloche, abrió un comercio que está por cumplir veinte años, y se metió en política.

Hubo un quiebre antes del quiebre político. En plena pandemia se separó y le apareció un cáncer. Siguió yendo todos los días a trabajar al municipio, con pañuelo en la cabeza, poco pelo y la idea de la muerte pegada al cuerpo como una sombra que no se despega ni con sol. Salió adelante. Y ahí, dice, descubrió algo que no sabía que tenía: una vocación de servicio que hasta entonces solo había visto en sus padres.
—Mi papá siempre dice que mientras él esté, siempre habrá comida y cama para quien lo necesite —cuenta, y no hace falta que explique más.
El pase a La Libertad Avanza lo cuenta como una separación más, con charlas previas, con condiciones puestas sobre la mesa: el cuidado del ambiente "con mirada regenerativa", la educación pública, la ciencia y la tecnología, un Estado moderno que no sea, dice, "un refugio de militantes pagos" como el que, según ella, se transformó Juntos Somos Río Negro.
De todas formas, rescata dirigentes políticos en todos los espacios. En todos. Y sobretodo señala: nos tiene que unir resolver los problemas, eso no tiene ideología.
De la carta orgánica habla con la misma calma con que habla de todo lo demás, aunque el tema vaya a marcar los próximos veinte años de la ciudad. Dice que hay que discutir la planificación urbana, todavía pendiente, y el control del manejo de los fondos públicos, que según ella "hoy es prácticamente inexistente". Pero hay una palabra que le cuesta encontrar, y se nota.
—Trabajamos mucho con lo que tiene que ver con ficha limpia, porque creemos que tenemos la responsabilidad de que la política deje de ser un refugio de gente que tiene problemas con la ley, que tiene intereses en hacer negocios —dice, y ahí se traba. Busca el verbo con la mirada perdida en la vereda, como si estuviera escrito en algún cartel—. No me sale la palabra. Esperá. Ay, la puta madre. Para depurarla.
La encuentra y sigue como si nada. Depurar la política, dice, es también profesionalizarla: que quien ocupe un cargo esté preparado para eso, y no solo para ganar una elección. Ficha limpia, para ella, no es un eslogan de campaña sino un piso mínimo: que nadie con una condena pueda ser funcionario, sin importar el partido.
Le preguntamos por lo incómodo. Por Adorni.
—Más allá de la persona y del espacio político, ficha limpia tiene que ser transversal a todos los partidos —responde, sin bajar el ritmo del paso—. Cometiste un delito, no podés ser funcionario, punto. Y Adorni hoy está fuera del gobierno. Ahí es tolerancia cero.
Después la conversación se calienta, literal. Subimos una cuesta y ella empieza a agitarse.
—¿No tenés oxigeno para la subidita? —le pregunto.
—No, boludo —dice, y se ríe—. Pero te voy a hablar agitada.
Sigue hablando igual, sin cortar la idea: que ser intendente es el lugar desde donde más se puede ayudar a la gente, pero que la política argentina tiene el vicio de priorizar quedarse , atornillarse, antes que resolver. Que la solución, en todo caso, es no vivir de la política, ejercerla como vocación y saber correrse a tiempo.
Sobre los candidatos para la convencional, todavía no hay nombres. Ella los define con una sola palabra repetida: vecinos.
—El perfil que se busca son buenos vecinos, sin antecedentes, involucrados con la comunidad —dice—. Solo vecinos.
—¿Y del otro lado?
—Casta pura —dice, y se ríe fuerte, como si la frase se le hubiera escapado antes de pensarla. Después intenta bajarle el tono, dice que no, que no quiso decir eso. Pero ya lo dijo, y queda ahí, flotando entre las verdulerías y el ruido de los camiones.
Sobre el gobernador y los rumores de un acercamiento a Javier Milei, no titubea: no lo ve, no lo cree. Dice que dieciséis años en el poder son, justamente, lo que La Libertad Avanza dice combatir.
Se despide con una frase que no suena a spot de campaña, aunque podría serlo: que a ella le gustaría que en algún momento todos pudieran sentirse orgullosos de ser barilochenses. Y que eso, hoy, no lo ve.
El camión ya pasó. La entrevista, también.